Cultura - Música

Muere Leonard Cohen

«Como un pájaro en el alambre, como un borracho en un coro, he intentado ser libre», declamaba el maravilloso Cohen, que falleció el 7 de noviembre y ha sido enterrado antes del anuncio

Primero avisó. Luego dijo que había exagerado y el pasado lunes completó su último rasgo de humor negro y se murió. Leonard Cohen, el nieto del rabino sabio de Montreal, el amante de la blonda noruega Marianne bajo el sol reparador de Hidra, el literato minucioso y erudito, el depresivo mágico y químico, el padre de Adam y Lorca, el coleccionista de amantes, que derivó en un monje zen improbable y algo jocoso al que apodaban «El Silencioso», se marchó el pasado 7 de noviembre, a los 82 años, en su casa de Los Ángeles. De hecho, su entierro se celebró en la más estricta intimidad antes de que se hiciera público su fallecimiento, según su estricto deseo. El mundo no será exactamente igual sin el viejo curador de almas y sus salmos de barítono, aunque siempre lo podremos seguir escuchando en esos discos que también se están marchando.

Bob Dylan, «mentirómano» audaz y compulsivo, proclamó un día: «Si no fuese Bob Dylan, me gustaría ser Leonard Cohen». Fue una curiosidad agradable que a Dylan le cayese el Nobel. Pero quedó empañada por el anuncio de que a sus 82 años, Cohen se adentraba el desfiladero que lo reunió anoche con el Dios de Abraham, que es también el suyo, y probablemente el de Dylan (aunque con el nebuloso Bob nunca se sabe).

Leonard había revelado sus urgencias de salud a su modo, con ese humor zumbón que late en muchos de sus hallazgos: «Estoy preparado para morir. Espero que no sea muy incómodo», dijo a «New Yorker» hace menos de dos meses. Todo ocurría en vísperas de que publicase su nuevo disco, «Lo quieres más oscuro», que ha resultado excelente, como su anterior trabajo crepuscular, «Popular Problems». Luego, en la humorada final, concedió nuevas entrevistas para desmentir que estuviese agonizando: «Exageré un poco», mentía con una sonrisa tranquila, tal vez traviesa.

Para saber quién era Leonard Cohen basten tres breves versos de una de sus grandes canciones, «Bird on the wire»: «Como un pájaro en el alambre, como un borracho en un coro de medianoche, he intentado ser libre». Y lo fue. Al menos hasta donde la condición humana lo permite.

Leonard Cohen siempre supo valorar un verso perfecto, un traje bien cortado y la superioridad inapelable -y a veces cruel- de las hermosas. Las persiguió con tenacidad casi maníaca, «a mil besos de profundidad», según apuntó en un poema. A veces fue solo una noche, como su cruce con la frágil Janis Joplin en el Chelsea Hotel, en días en que «corríamos tras el dinero y la carne». El caballero canadiense pecó de indiscreto y lo contó en una gran canción, mezclando chufla y ternura: «Me dijiste que preferías hombres guapos, pero que por mi harías una excepción».

Enfilando ya la curva de los setenta, fue notorio que todavía mantuvo un amorío con Rebeca de Mornay, actriz de hechuras Barbie hoy semi olvidada. En los días en que se asomó a la Factory de Warhol aullaba desesperado por la piel de Nico, la modelo alemana de perfecta envoltura y emociones polares. No le hizo ni caso. No se puede ganar siempre, ni siquiera tú, querido Leonard…

Nieto de un rabino, un sabio talmúdico, sus letras no existirían sin la Biblia y la incierta certeza de Dios, al que buscó en los acertijos del budismo. En los noventa se retiró a un templo de California, a dos mil metros de altura. Su alias como monje era El Silencioso, fino cachondeo para quien tanto honró la palabra. Ha contado que en realidad se recluyó allí solo por beber y charlar con su mentor japonés, un maestro rechoncho llamado Roshi. Se convirtió en su fámulo por la honra de ser su amigo.

Pero cuando bajó de las nubes de Buda, ¡ay!, su contable -y ex amante puntual, como siempre- lo había desplumado. No fue poco: 8,4 millones de dólares. Solo le dejó 120.000 para tabaco. Hubo de zurcir el roto. El Silencioso, con 74 años a cuestas, tuvo que embarcarse a susurrar por los escenarios tras tres lustros de ausencia. El barítono de los calambres del alma arrasó. El mundo quería escuchar a alguien con algo que decir. En este caso era un burgués de tendencias depresivas, con un pasado ansiolítico, graduado en alta literatura, poeta laureado y autor de dos serias novelas, que aprendió a tocar la guitarra de mozalbete en Montreal, con un chacho apodado El Hispano, que se envenenó de poesía con Lorca y le dio las gracias poniéndole su nombres a su única hija.

Sombrero. Terno cruzado y corbata. La prestancia de los clásicos y el poso de quien siempre se quiso viejo. Pasaba ya los 30 cuando muy educado y compuesto -y secretamente febril-, aterrizó en el circo de la Factory, donde Warhol jugaba con sus guiñoles de aguja. En los ochenta, esperanzados y frívolos, envolvió sus versos en bases programadas y el cantante con el mejor sastre se convirtió también el más moderno: «Primero conquistaremos Manhattan, luego tomaremos Berlín», advertía aquel señor extraño en la era-chicle de Madonna.

«Supe de un hombre que dice las palabras tan maravillosamente que con solo pronunciar sus nombres las mujeres se le entregaban», escribió una vez. Nosotros también sabíamos quién era ese hombre. Por fin, Leonard, has conjurado el pánico de vivir. Ya estás en casa. Hallelujah.

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