Festival de Bayreuth: Del espacio sagrado y del público

La actual edición ha llevado hasta el altar de la regeneración a «Los maestros cantores de Núremberg»

Una escena de «Los maestros cantores de Núremberg» AFP

ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE

El Festival de Bayreuth es una suerte de tradiciones dispuestas al sacrifico. La actual edición ha llevado hasta el altar de la regeneración a «Los maestros cantores de Núremberg» , cuya alemana grandeza y latente antisemitismo fueron usados hasta el hastío por el régimen nazi y varios miembros de la familia Wagner. Se destaca que la nueva producción, presentada en la inauguración de la edición 2017, se confía por primera vez a un director teatral de origen no alemán y que la propuesta supone alejar la obra del dominio de la propia familia, históricamente responsables de su escenificación, ya fuera de facto o por mandato intelectual. Para que todo quede claro, el director australiano Barrie Kosky , actual responsable de la Komische Oper de Berlín , llegó a Bayreuth definiéndose como «canguro, gay y judío» . Esta última condición también se resalta sin recato, quizá buscando la alegría de la mercadotecnia. A Bayreuth también le viene bien llamar la atención, como demuestra la anunciada presencia de Plácido Domingo en 2018, invitado a dirigir varias funciones de «La valkiria», en la primera ocasión en que la obra se interpretará segregada de la «Tetralogía».

Es obvio el proceso de aseo del legado wagneriano , en concreto de sus muchas adherencias, ya sea de la obra o de sus circunstancias. Lugar de peregrinación, Wahnfried , tumba y casa del maestro durante su estancia en Bayreuth, está a punto de concluir su larguísima restauración. El interior ha quedado tan pulido y aséptico (expositivamente actual, sin duda) que es difícil distinguir la presencia del fantasma de Wagner entre el blanco inmaculado con el que se han pintado la paredes en las quirúrgicas habitaciones reconstruidas del piso superior. En realidad, el espíritu del maestro quedó muy maltrecho cuando la gran guerra dejó a Wahnfried tiritando. No sucedió así con la casa de su hijo Siegfried , en una lateral de la parcela, donde vivió su viuda, la cavernícola Winifred. En uno de los salones, el más desvirtuado actualmente, se filmó en 1975 el documental de Hans-Jürgen Syberberg en el que muy orgullosa no ocultó su admiración por Adolf Hitler , huésped en la casa. En el ala contraria, permanece intacto el comedor en el que tan alegremente comía el «Führer» para revoltijo estomacal de quienes ahora lo visitan. La posible ignorancia del hecho se subsana gracias a la exhibición de un video históricamente informado en el que una y otra vez se ve a Hitler besando la mano de la señora a las puertas del Bayreuyher Festspielehaus .

Debería interpretarse que el mito se está desdibujando al convertirse en estricto y científico objeto de estudio si no fuera porque la obra wagneriana solo puede terminar de entenderse en un entorno teatral y musical, inevitablemente vecino a sentimientos difícilmente pasteurizables. La carpintería de Kosky es, en este sentido, emocionante y extraordinaria. «Los maestros cantores de Núremberg» son una sucesión de hallazgos teatrales que, en perfecta sintonía musical, hacen de la obra un espectáculo grandioso. Formidables cambios de escena a la vista, transformaciones espaciales inauditas, movimientos escénicos milimétricamente sincronizados, posiciones, perspectivas. El salón de Wahnfried, donde a escala doméstica todo tiene su origen, se perderá al fondo del escenario cerrando el acto primero mientras se sugiere la aparición de la sala principal del proceso de Núremberg. En una pradera utópica, rememoración de aquel paraíso que Wagner quiso ver en la ciudad , transcurre el segundo. La sala de juicios acaba por acoger el quinteto antes de que se llene con las cofradías, se celebre el concurso y Sachs, solo, desde el podio de oradores, defienda el arte alemán.

En un gesto de refinada inteligencia, Kosky se encargó de aclarar que él no era nadie para enseñar a los alemanes cómo deben entender a Wagner, menos aún algo tan característico como «Los maestros cantores de Núremberg». Pero el mensaje de fondo es tan evidente como inapelable , gracias al hábil uso de la ironía. Al finalizar el segundo acto algunas pocas voces intentaron silbar la ridiculización de Beckmesser revestido con un enorme cabezón de judío mientras al lado una cabeza hinchable amplificaba la acción antes de perder el aire y acabar vuelta hacia el público mostrando la kipá con la estrella de David. Los muchos aplausos enmudecieron las pocas disidencias: ¿qué puede afeársele a Kosky cuando se ríe de su propio tópico?

En el primer acto, en el salón de Wahnfried se encuentran Wagner, Liszt, Cosima y el director judío Hermann Le vi, responsable del estreno de «Parsifal» . De inmediato se transmutan en Sachs, Pogner, su hija Eva y Beckmesser. Del piano salen los cantores. El juego entre el vestuario de época y el entorno moderno definirá la metáfora. Cuando al final la multitud alce las manos como si de manifestantes se tratase y Sachs (Wagner) se vuelva para dirigir una orquesta que surge desde el fondo del escenario, la colectividad wagneriana apelará a la tolerancia y el bien común. Kosky ha entendido que en «Los maestros» importa que los personajes sean de carne y hueso , y que viviendo una realidad ficticia a partir de una tradición interpretativa cuestionable alcancen a convertirse en objeto de generosa confraternización (después de haber echado a Beckmesser de la sala). Para aproximarse a ello, nada mejor que valerse del sentido del humor, primera capa de una propuesta que entronca en el interior muy sutiles significados.

La superposición de intereses implica además una notable carga poética, asociable a buena parte de una música de pujante contrapunto. «Los maestros cantores» no es la obra que mejor suena en Bayreuth porque el «foso místico», pese a su acogedora transparencia, prefiere un juego armónico más dilatado. De ahí el encanto alcanzado en el melancólico arranque de tercer acto que el director Philippe Jordan (futuro director de la Ópera de Viena en 2020) hizo suyo con extraordinaria calidad, el valor semántico de tantas pausas y la elocuencia ante la canción de Walther en el contexto de una interpretación dirigida con magnífica autoridad y jerarquía. Con su canto bien delineado, Klaus Florian Voigt ejemplifica la candidez, honradez y bonhomía del personaje. Es norma actual la presencia de cantantes de carácter lírico. Michael Volle enfoca a Hans Sachs desde esa perspectiva, particularmente elocuente a la hora de reconstruir el sentido discursivo del papel. Contrasta con la voz de Günther Groissböck , Pogner de profunda entidad. La capacidad actoral de Johannes Martin Kränzle ante Beckmesser es muy destacada, pero también su dúctil presencia vocal. No se recibió con demasiado entusiasmo a Anne Schwanewilms, cuya Eva alcanza momentos tímbricamente interesantes pero que sin redondear el perfil más intenso. Para todos, sin excepción, la ovación final es importante. Demuestra la calidad del reparto, la integridad de la versión musical y, sin duda, el acierto de una escenificación inteligente, documentada, sensata y cáusticamente penetrante.

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