Cultura - Libros

Esconder para vender

La revelación de la identidad oculta detrás de Elena Ferrante, el seudónimo más comercial del mundo literario, abre un debate sobre la utilización de la máscara como arma de márketing

Stephen King tuvo que buscarse el seudónimo de Richard Bachmann ante el rechazo de sus editores, que consideraban que escribía demasiado
Stephen King tuvo que buscarse el seudónimo de Richard Bachmann ante el rechazo de sus editores, que consideraban que escribía demasiado - Jim Spellman

Ocurre que cuando un autor triunfa con una novela, editores, libreros y lectores le piden que repita el éxito con novelas parecidas hasta el hartazgo. El nombre del autor es el factor más decisivo en la compra de un libro, según un estudio de 2014, que afirmaba que el 90% de la decisión se tomaba en el punto de venta simplemente mirando la portada.

Hay escritores que no dejan de vender nunca, porque el éxito llama a más éxito aún. Y hay otros que, si la han pifiado con sus primeras novelas, tienen cada vez más complicado despuntar. Tal fue el caso de Glen Duncan, que decidió que iba a llamarse Saul Black, y a partir de ahí multiplicó sus ventas por tres.

Glen Duncan
Glen Duncan- ABC

Francisco González Ledesma publicó de joven decenas de novelas de a duro bajo el seudónimo Silver Kane, que él mismo me confesó que escribía en menos de una semana. «El lunes me ponía y el viernes por la tarde iba a entregar y cobrar». En los cincuenta nadie quería leer novelas de vaqueros escritas por un señor que se llamaba Paco. Ledesma llegó a publicar alguna hace pocos años bajo el seudónimo de Enrique Moriel, destapando la verdad en una rueda de Prensa.

Claudio Cerdán
Claudio Cerdán- ABC

El dinero es importante, pero no es el único motivo, y muchas veces tiene más que ver con el ego o con la percepción que el público vaya a tener del autor. No hay mundo con prejuicios más marcados que el editorial. Autores como Claudio Cerdán, cuya estantería está repleta de premios, tienen que cambiarse el nombre por el de Arthur Gunn –combina el nombre de su hijo (Arturo) con un guiño al género (Gun con doble N)–. Tiene la esperanza de que el público se olvide de que un thriller como «El club de los mejores», con un aire crudo al mejor Denis Lehane, lo ha escrito un señor de Murcia.

John Banville
John Banville- IGNACIO GIL

Con la misma premisa, autores literarios como John Banville se refugian bajo el seudónimo de Benjamin Black, intentando perdonarse a sí mismos las incursiones veleidosas en el género negro, como el que se camufla bajo la gabardina al entrar en casas de mala reputación y copas a treinta euros. En otras ocasiones, el mercado simplemente no admite los cambios. Es el caso de J. K. Rowling, la ultramultimillonaria creadora de Harry Potter.

J. K. Rowling
J. K. Rowling- ABC

Cuando escribió «Una vacante imprevista» (2012), su primera novela para adultos, Rowling recibió una enorme bofetada de la crítica y del público, aunque la novela no era mala. Simplemente no estaba a la altura de las expectativas. Por eso siguió escribiendo, esta vez bajo el seudónimo de Robert Galbraith, la serie de Cormoran Strike. Sus editores, que no son idiotas, filtraron a la prensa que era ella la autora real, y tanto ese libro como los dos siguientes de la saga fueron auténticos éxitos.

Rowling no necesitaba el dinero. Solo quería seguir tecleando. Como Stephen King, que aporreba las teclas a una velocidad excesiva para lo que los editores consideraban prudente publicar. Por eso decidió comenzar a sacar libros bajo el seudónimo de Richard Bachman. Su razón es la de un autor de raza: «Yo era como ese marido permanentemente cachondo al que la agotada mujer le da dinero para que se vaya con una prostituta». Dudando que haya existido jamás tal personaje, no me negarán que la imagen es oro puro.

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