LIBROS

De la «España negra»a la «España vacía»

La «nada» se ha apoderado de buena parte de nuestro territorio. Lo radiografía y analiza Sergio del Molino

Sergio del Molino, autor de «La España vacía. Viaje por un país que nunca fue»
Sergio del Molino, autor de «La España vacía. Viaje por un país que nunca fue» - Ángel de Antonio

Sergio del Molino ha escrito un libro importante. Parte de esa importancia obedece al título que ha acuñado y que creo define la nueva situación que se vive, en estos momentos, en la vieja España. El concepto de «vacío» se encuentra así llamado a cosechar un éxito a la hora de definir lo que al final ha ocurrido en la piel de toro: que está deshabitada por dentro, que se ha quedado sin relato el que fuera «solar de la raza», que algo parecido a la nada se ha apoderado de una parte del cuerpo territorial; y que ya no lo va abandonar.

Las genealogías del «vacío» son infinitas, se remontan en el curso de la Historia española hasta perderse de vista. Pero hasta que ha llegado Del Molino no se ha visto argumentado el concepto definitivo del mismo aplicado al territorio, una vez que para nada triunfara otra denominación brillante: la de Península pentagonal de Mario Praz. Obsesionados por la idea de una «España negra» y hurdesca, ha pasado en buena medida inadvertido que esta era -lo era sobre todo- también una España vacía, de «anciana habitación hecha [ya] despojo», que diría el clásico desaparecido.

Si esta España «nunca fue», Del Molino ha documentado su tan hiperreal inexistencia

Describir esta situación, que afecta a más de doscientos mil kilómetros cuadrados, requiere un nuevo instrumental conceptual. Se impone establecer «links» con lo inmediato reconocible: Fago (la aldea del crimen) y Fargo (el filme) están próximos. Del Molino se pone a ello y localiza conexiones en orden disperso. Su afán siempre es la actualidad; se guía por la «lógica de lo (más) nuevo»: las páginas finales las ocupan los poetas, los novelistas recientes. Las conexiones ahora saltan y las referencias son ya globales. Del Molino no tiene el temperamento de Regoyos, Baroja (Ricardo), Solana o Buñuel: el drama aparece atenuado. En todo caso, se trata de «un drama de nuestro tiempo». Se debe tomar con serenidad ese desastre demográfico que acompaña al país por su ruta a la fragmentación, a la división, a la desmultiplicación de lo identitario.

El libro es, sobre todo, político pero está disfrazado de libro de autoayuda para intelectuales al objeto de aclimatarse sin residuo de melancolía a la fascinante «vida nerviosa» de las grandes capitales. Es allí donde han ido a parar las energías que antes residían en la «negra provincia». Hay que contar con que allí hoy viven los hijos de los hijos de los oriundos.

Arrojados a la tierra

Varias consecuencias se pueden extraer de este libro iluminador. La primera es que el vacío es aquello de lo que el hombre de las multitudes hoy (como ayer) huye. Lo inhabitado es centrífugo, a despecho de que los neo-rurales asalten ahora ciertas soledades (siempre que estén conectadas). Estar reunidos, «estar juntos» (Seznec) es la necesidad sentida y universal.

De otro lado: faltan, en efecto, los hombres, los «arrojados a la tierra» en estos dominios despoblados, pero en modo alguno se puede decir que escaseen sus tecnologías aplicadas en plan «electroshock» a la España vacía que, entretanto, se ha llenado de pantanos (¡Franco!) y de hélices giratorias («El cielo gira», Mercedes Álvarez). A lo último: el vacío cursa con la luz: los pueblos de la España interior están suficientemente iluminados, pero lo que alumbran es la final desaparición en ellos del hombre, aspirado hacia otro destino por el trauma de la emigración: la Gran Escapada.

Volvemos pues a los fantasmas. Toda la España vacía está llena de esos espectros. Si esta España «nunca fue», lo cierto es que Del Molino ha documentado su tan hiperreal inexistencia.

Toda la actualidad en portada
publicidad

comentarios