Doris Salcedo, en el Palacio de Cristal, sede de «Palimpsesto»
Doris Salcedo, en el Palacio de Cristal, sede de «Palimpsesto» - Isabel Permuy
ARTE

Doris Salcedo: «Los humanos son seres incapaces de recordar»

La Premio Velázquez Doris Salcedo convierte la superficie del Palacio de Cristal en un gran palimpsesto desde el que velar a inmigrantes que perdieron su vida en el Mediterráneo

MADRIDActualizado:

Está cansada. Lleva largas jornadas trabajando en su propuesta para el Palacio de Cristal, que a su vez ha sido el resultado de años de investigación, desde que en 2010 recibiera el Premio Velázquez que llevaba aparejada una exposición en el Museo Reina Sofía. Además, Doris Salcedo (Colombia, 1958) es reacia a las entrevistas. Con esta creadora internacionalmente conocida gracias a la «grieta» que introdujo en la Tate («Shibboleth», 2007), casi no sería necesario conversar. En ella se cumple a la perfección la máxima de que la obra se explica por sí sola. Pero es un placer hacerlo, descubrir qué es «Palimpsesto» –su pieza para Madrid– y cómo funciona. Conocer de primera mano su compromiso con aquellos que, como nosotros, no pueden pronunciarse; los que no pueden charlar, como lo hacemos nosotros, tranquilos, una mañana soleada en El Retiro.

–¿Por qué le cuesta tanto hablar a Doris Salcedo?

–Es como si me retorcieran un brazo. Y es porque el lenguaje jamás podrá capturar lo que es una imagen. Siempre se transmitirá una idea equívoca de lo que es una obra de arte. Cada vez que se habla de ellas, se las disminuye.

–¿Por qué decidió hacerse artista? ¿Por qué no solidarizarse con el oprimido como periodista, misionera, activista...?

–Tampoco fue una decisión racional. Siempre fue conmigo. Desde que tengo memoria. El artista no elige: Hay una realidad que se impone. Más bien elige el que quiere hacer una guerra o el que inventa una imagen fantasiosa del enemigo para atacarlo. Ellos son los que trabajan con la imaginación. Nosotros, los artistas, estamos atendiendo a la realidad.

–Así que no podría haber sido escritora, aunque sí recurre mucho a la literatura, a Celan…

–Imposible. Soy muy torpe en el uso del lenguaje. Además estoy trabajando desde un lugar muy precario, desde una experiencia que no es la mía. Eso convierte el relato en algo incompleto, una historia fragmentada, algo que doy pero que borro...

–La realidad social y política de su país se ha convertido en punto de partida de su trabajo, pero no siempre, como aquí. ¿Cómo influyen los contextos?

–Ser colombiana me ha dado una cercanía al horror. Está ahí, no puedes situarlo en un punto ciego. Cuando comencé a trabajar hace treinta años, el contexto colombiano era marcadamente negativo. Eso hoy ha cambiado, básicamente porque el mundial ha empeorado. La guerra civil se desborda y, como decía Hannah Arendt, esta ya está en todas partes; como lo que hemos vivido esta semana en Las Vegas. Por eso considero que no hay diferencias entre contextos. Y me pongo muy enfática con las cuestiones de identidad. No me interesa hacer obras con los que son como yo. No. Desde Colombia, un país pobre del que poco se menciona su dignidad, estamos pensando sobre vidas perdidas que han salido de África, de Siria, del Kurdistán, y que, tratando de llegar a Europa, mueren en el Mediterráneo. No tuvieron un ritual funerario, nadie les llora...

–¿Es esa la mejor definición de «Palimpsesto», su propuesta para el Palacio de Cristal?

–Es difícil definir esta obra. A mí lo que más me interesa es ofrecer una acción de duelo. Esa sería para mí su definición más clara. De esta y de toda mi producción. Solo así podremos recuperar algo de la dignidad que perdemos cada vez que estos actos terribles ocurren.

–Aquí no usa enseres cotidianos. ¿El material de referencia es el olvido, la desmemoria?

–Lo que dice es muy acertado. Por eso el título es «Palimpsesto». Esta es una obra en la que trabajo, sobre todo, con el olvido. Me ocupo del carácter inconsistente de nuestra memoria. Somos seres incapaces de recordar. La tragedia de ayer olvida la de hace un mes, que a su vez borra la de hace dos... Dejamos que todas esas tragedias se apilen sobre nuestros hombros, sobre algo que llamamos «pasado» y que nunca termina de pasar porque forma el presente.

Por eso la obra consta de una capa de nombres escritos sobre la arena que pertenecen a emigrantes que murieron antes de 2000 y, sobre ella, surge una segunda de personas que se ahogaron de 2011 hasta 2016, y que se crea con agua. La obra viene, presenta el nombre y se va. Deja clara nuestra inconsistencia para recordar pero también la persistencia del dolor de la madre que perdió a su hijo. Es la persistencia del duelo, que viene, se repite, y salta en el momento menos esperado.

–Sin embargo, la memoria es selectiva y dulcifica hasta lo terrible. ¿Eso lo tiene en cuenta?

–En el trabajo están las dos cosas: por un lado, la necesidad imperiosa de ser conscientes de que la vida ha de continuar y, por tanto, olvidar, pero queda otro imperativo, que es el de recordar, honrar al ser querido. El arte siempre maneja opuestos que se están negando. Estas vidas fueron robadas en un contexto horrible, siempre. Pero ese ser que murió también tenía aspectos maravillosos que deben ser rescatados. Por eso es importante para mí que la obra rezume cierta belleza. Es importante subrayar la vida.

–En la Tate nos obligaba a mirar al suelo, como aquí. Allí hablaba de la arrogancia del edificio. ¿Ocurre aquí lo mismo?

–Cuando las personas entran en edificios bellos o difíciles de construir, la tendencia es caer en cierto narcisismo que a mí me desagrada. Por eso en la Tate decidimos «no ver» el edificio y colocar en un punto ciego lo que consideramos despreciable. Sabemos que las personas que vienen en las pateras, las que recordamos en Madrid, están vivas, pero, ¿que tengan vida?, ¿que tengan derecho a ser amados, a leer, a disfrutar con un baile? Todo eso lo bloqueamos. Lo que quiero es que, mirando hacia abajo, de pronto, nos situemos frente a esas vidas y reconozcamos esos nombres que dan singularidad a todo un universo que decidimos no ver.

–Dice que la meta de la violencia es dejar marca. La del arte, todo lo contrario. ¿Para qué sirve el arte entonces?

–La violencia lleva aparejada una representación absurda. Y eso lo sabe Hollywood, también los dictadores y asesinos, que dejan una huella sobre el ser que atacan. El arte es todo lo contrario porque opera en el silencio, en lo invisible. Tiene que haber un vacío para que se produzca una comunicación entre el espectador y la memoria de la vida destruida que carga la obra. Pero si esa memoria es explícita, simplemente nos encontramos con el horror y no con la vida que fue destruida. Lo que yo trato es crear un silencio lo más radical posible. Y hacer la obra lo más invisible posible para que se llene de las memorias. Mi labor es puramente técnica. El acto creativo es del espectador y es maravilloso que este quiera hacerlo posible.