Santos M. Mateos Rusillo

Normas del siglo XX

«Es sorprendente que el Prado sea de los últimos grandes museos internacionales que todavía no permite a sus visitantes fotografiar en las salas»

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Cuando el nuevo director del Museo del Prado tomó posesión de su cargo el pasado mes de marzo, en las entrevistas concedidas a los medios repetía que uno de los retos de la institución era rejuvenecer su base de visitantes, siendo capaz de atraer a los más jóvenes. Algo muy necesario, ciertamente, que entra en contradicción con una norma mantenida por el Sr. Miguel Falomir: la prohibición de tomar fotos en sus salas.

Tal y como ha evolucionado la fotografía en los últimos años, es sorprendente que el Prado sea de los últimos grandes museos internacionales que todavía no permite a sus visitantes fotografiar en las salas. En nuestro entorno más inmediato, Francia vivió hace escasos años un debate serio sobre el tema, que se concluyó con el levantamiento en los equipamientos públicos de la prohibición y la publicación de una carta de buenas prácticas fotográficas y fílmicas.

La experiencia de visitar un museo, hoy, incluye la posibilidad de tomar fotografías de las obras o las salas. Y seguramente, para los más jóvenes, es algo imprescindible para disfrutar plenamente durante la misma.

Desde el museo se apela a la preservación de la calidad de la visita y a la integridad física de las obras de arte. Un equipamiento público que impone, pues, su propio criterio de lo que hay que hacer cuando se visita una pinacoteca, dejando al margen una práctica tan habitual como la fotografía.

Un buen gestor, del siglo XXI, debe aceptar el mundo en el que vive, incluso no gustándole. Y en el nuestro, los «smartphones», la foto y los «selfies» son el pan nuestro de cada día. Si preocupa que los visitantes abusen de las fotografías o puedan generar problemas al hacerlas, hay muchas maneras de convencerles para que no lo hagan o para evitarlos: ninguna pasa, obviamente, por prohibírselo.

Si el Museo del Prado y su director quieren realmente conectar con nuevos públicos, deberían plantearse si es buena idea mantener una prohibición que rema a contracorriente no sólo de la realidad museística internacional, sino del mundo en el que vivimos. Y un museo con normas del siglo pasado no tiene muy buena imagen en el actual.

SANTOS M. MATEOS RUSILLO