Cultura

Oscar Wilde vuelve a la cárcel entre aplausos

La prisión victoriana de Reading, donde el escritor cumplió una dura pena de dos años por homosexualidad, acoge una exposición de homenaje y desagravio

Reading, al oeste de Londres, acoge «Dentro», una muestra-homenaje a su prisionero más ilustre, Oscar Wilde
Reading, al oeste de Londres, acoge «Dentro», una muestra-homenaje a su prisionero más ilustre, Oscar Wilde - ABC
Luis Ventoso Londres - Actualizado: Guardado en:

Tenía 41 años y era uno de los escritores más populares de su tiempo. En el West End londinense se saludaba cada noche con llenos y aplausos el encanto de «La importancia de llamarse Ernesto». Oscar Wilde, el escritor irlandés, casado y padre de dos hijos, era el paradigma del ingenio, el mago del epigrama: «La vida es demasiado importante como para tomársela en serio», proclamaba. Políglota, afable, famoso, un conversador amenísimo. También un esteta amante del amor griego, en una época en que la homosexualidad estaba penada por las leyes victorianas.

El 25 de mayo de 1895, Wilde y su joven, guapo y retorcido amante, Lord Alfred Douglas, al que llamaba Bosie, entraron en la cárcel para cumplir una pena de dos años de trabajos forzados por «conducta indecente», condenados por «sodomitas». Wilde había sido denunciado por el marqués de Queensberry, el inventor de las modernas reglas del boxeo y padre de Bosie. La cárcel de Reading, 48 kilómetros al oeste de Londres, destrozó a Wilde, aislado, sin poder siquiera hablar y con su reputación destrozada. Tras salir libre el 18 de mayo de 1897, se exilió en Francia bajo el seudónimo de Sebastian Melmoth. Tres años después muere de una meningitis en un hotel de París, con 46 años, roto, alcoholizado y solo.

Pocos literatos han tenido un final tan triste. Ahora, a modo de muy tardío desagravio, se ha organizado una exposición en su recuerdo en la prisión de Reading, cerrada hace tres años. Si todavía hoy las cárceles británicas resultan durísimas, tal y como revelaron con gran escándalo recientes documentales televisivos, a finales del XIX eran inhumanas. Reading ocupa hoy un solar céntrico, codiciado por los constructores. Pero todavía intimida, con su alambre de espino, sus celdas estrechísimas de bóveda de cañón y su austero ladrillo rojo.

La muestra se titula «Dentro» y continuará hasta finales de octubre. Treinta creadores han ennoblecido los tétricos muros de Reading, invitados por la asociación Artangel, que promueve intervenciones artísticas en lugares improbables. No falta el ya inevitable artista chino Ai Weiwei, quien también padeció el hecho de verse preso arbitrariamente. Se pasan vídeos del cineasta Steve McQueen y las angostas celdas están ocupadas con fotografías, esculturas e instalaciones. Cantantes como Patty Smith, o actores como Ralph Fiennes, leen cada domingo en lo que fuera la capilla de la cárcel paisajes de «De Profundis», la larga y lacerante epístola que Wilde le escribió desde su celda a Alfred Douglas. Lo hizo con papel pasado bajo cuerda por sus carceleros, donde se desahogó en 50.000 palabras cuando ya lo había perdido todo.

Cuando ingresó en Reading, Wilde estaba en la cima, según recuerda James Lingwood, codirector de Artangel: «Sus obras triunfaban en el West End, tenía una vida social palpitante. Tres meses después, está en la cárcel bajo un régimen de castigo brutal. Fue insoportable».

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