DOMINGOS CON HISTORIA

Américo Castro y España como existencia

Escribió uno de los grandes libros de interpretación de la larga génesis de la nación española

El historiador Américo Castro
El historiador Américo Castro - ABC
FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR - Actualizado: Guardado en:

Del ser de España, comentábamos en la anterior entrega de esta serie, a la existencia histórica de España. Los trabajos académicos de fines de la primera década de la posguerra huían de la idealización de España como entidad estática y perfecta a través de los siglos, y analizaban el desarrollo dinámico de una nación decidida a hacerse un hueco entre los pueblos.

Describían el proceso de toma de conciencia, la condición terrenal de individuos de carne y hueso y la evolución de sus sentimientos de pertenencia a una comunidad. En esta actitud, que propinaba un manotazo intelectual a las bobas visiones de falsa trascendencia y ribetes folclóricos, se escribió uno de los grandes libros de interpretación de la larga génesis de la nación española.

En 1948, se publicó la primera edición de «España en su historia», con el significativo subtítulo de «Judíos, moros y cristianos». El texto tenía la garantía del prestigio, brillantez expositiva, sentido de la historia y capacidad de síntesis de Américo Castro e implicaba una especie de obligación cívica, el compromiso con su tiempo de un auténtico intelectual.

«En 1948, se publicó la primera edición de "España en su historia"»

Porque Castro escribió para un tiempo en el que ya se tambaleaba la presunta superioridad de las ideas de aquella Europa que arrinconó la cultura española en los siglos de decadencia. Para un tiempo que dudaba del significado de la civilización occidental tras las experiencias de genocidio y totalitarismo. El rescate del pasado de España, de su razón de ser pero, sobre todo, de su forma de existir, es la causa del éxito del libro que Castro no dejó de modificar en sucesivas ediciones.

«Una forma de vida nacional solo puede medirse históricamente atendiendo a los valores que ha creado y no a la lluvia de "felicidades" que haya vertido sobre sus participantes». Examinando lo que quedaba, tras la Segunda Guerra Mundial, de las ilusiones del progresismo y la soberbia del materialismo burgués, Américo Castro defendía la herencia imperecedera de una nación que se había despojado siempre de fervores economicistas y se había constituido sobre unas creencias que vinculaban al hombre con la salvación.

La España inconformista

Esa nación era incapaz de parar a mirarse, porque estaba demasiado ocupada en sentirse vivir cumpliendo la voluntad de Dios y ajustándose a la moral inherente a la trascendencia de nuestro ser y la magnitud redentora de nuestros actos.

«Ha desaparecido la dimensión de eternidad, incluso entre los profesionales cuyo oficio sería mantenerla viva», se dolía Castro al referirse a las condiciones espirituales de mediados del siglo XX. Por ello costaba entender la historia singular de España, la crónica de una nación inconformista, agotada por la fiebre de la insatisfacción.

España «vivió desviviéndose», insegura de sí misma, sumida en un quehacer incesante, sin dar respiro a sus moradores que jamás disfrutaron de los «gozosos eurekas de quienes descubren objetos universales e inmutables».

De ahí que España resultara problemática e incompleta para quienes, como el propio Ortega, lamentaban su desvertebración, la carencia de una idea común de patria en torno a la que agruparse. Lo que en Ortega era frustración, en Castro manifestaba la realidad estimulante de una pasión sostenida desde la invasión musulmana hasta el Renacimiento.

La tensión espiritual

Todos esos siglos encauzaron energías y costumbres e hicieron que el hombre sintiera la vida como misión y la tierra como exhalación de la divinidad. Una de las afirmaciones de Castro que provocó las mayores críticas, tanto en el exilio como en la España de la victoria franquista, es la de que la mentalidad de los españoles había nacido con la invasión musulmana. Y que la Reconquista había sido el escenario histórico en el que tres religiones se mostraron como imperativos morales, como voluntad imperial, como justificación de todos los actos de la vida .

Los españoles vincularon su existencia a una tensión espiritual que les impedía detenerse a contemplar una obra terminada, porque les obligaba a una conducta, no a una perspectiva; a una acción, no a un concepto. El español estaba obsesionado por la eternidad, que «no les vino del cielo, sino que fueron a buscarla en el cielo, cuando hace doce siglos se encontraron sin más patrimonio que el cielo y la tierra que se les escapaba».

«Los españoles vincularon su existencia a una tensión espiritual»

Vivir con los ojos fijos en esa promesa inmensa de realización y salvación, vivir con el cuerpo tendido hacia la redención, vivir en la lucha y el contagio beneficioso de cristianos, moros y judíos, era el modo español de existencia cuyo brío, fortuna y agonía no experimentaron ninguna otra nación de Occidente.

Ese mestizaje está muy lejos de las frívolas y oportunistas consideraciones actuales sobre la multiculturalidad. No fue la renuncia a la propia cultura la que creó España como realidad histórica. Fue la presencia ineludible de comunidades de creyentes cuya confianza absoluta en su propia fe les permitió convivir, porque previamente habían afirmado su propia vida.

Hasta la tragedia de las expulsiones, esa fue la tersa inspiración de la España medieval. Una nación que no dejó de buscarse, de aprenderse, de hacerse, de sentirse, de vivirse, mientras otras se limitaban a fijar el símbolo de su rey, las armas de sus nobles y la bolsa de sus burgueses en la iconografía desfigurada del arte al servicio del poder.

Aquel largo aliento de quienes se sentían poseedores de un destino por cumplir recorrió siglos enteros hasta alcanzar tal plenitud, que fue precisa la alianza de todas las naciones modernas para derrotarla en los tiempos posteriores al imperio de Carlos y Felipe.

No era una España mítica, sino una España real, la descrita por Castro en su aventura conmovedora, en su compromiso radical, en su fe invencible, en su proclamación de la igualdad de los hombres ante Dios y en el convencimiento de que nuestra vida en la tierra tiene un sentido moral del que se nos juzgará algún día.

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