José Javier Amorós - Pasar el rato

Felicidad José Javier Amorós

Hace tiempo que el ideal de felicidad de la Declaración de Independencia no se alcanza en los Estados Unidos

Lo más llamativo de las elecciones americanas le parecieron a uno los esfuerzos exagerados de la señora Clinton para reírse a carcajadas. En los mítines daba la impresión de necesitar más bocas y más dientes. Parecía una imagen risueña del estreñimiento americano. Por la boca debió morir Trump, pero se perdió Hillary. Ninguno de los dos irradia felicidad. En comparación con la candidata perdedora, el presidente electo se muestra más comedido de regocijo, como si despreciara la risa excesiva, él, que desprecia tantas cosas. Ambos guardan en el almario «una tristeza vaga y lujuriosa», mucho más Trump, que impresiona poco a los votantes, familiarizados con el psicoanálisis. Hace tiempo que el ideal de felicidad de la Declaración de Independencia no se alcanza en los Estados Unidos, si es que alguna vez se consiguió. Quizá el Kennedy del principio, con los niños jugando bajo la mesa del despacho oval, y cosas así. Bill Clinton le cambió el destino a los bajos de la mesa, y ahí empezó su mujer a perder las elecciones. Después, añadió sus propios méritos.

Para poner un poco de orden en el tráfico internacional de malos sentimientos, un español ha proyectado, para el próximo mes de marzo, la primera Cumbre Mundial de la Felicidad. Sólo un español puede exagerar tanto. Casualmente, la reunión tendrá lugar en Miami, y no en Bangladesh o en Haití, donde hay más dificultades para el transporte. Y para la felicidad. En la Cumbre estarán psicólogos, líderes espirituales, economistas, sociólogos, profesores y otras personas desgraciadas, encargados de «dar a conocer soluciones para ser más feliz». Está previsto que las conclusiones se envíen a Córdoba, a los distritos Sur y Poniente Norte, donde, según los datos que maneja el Secretario General de Cáritas Diocesana de nuestra ciudad, Salvador Ruiz Pino, la miseria ha vencido a la alegría. A ver qué dicen en Miami. También esperan con ilusión los resultados las doscientas mil personas a las que viene dando de comer la Iglesia católica cordobesa en sus instituciones, para comentarlos a la hora del café. Las conclusiones serán las de siempre, y estamos familiarizados con ellas desde Epicteto y Séneca: que no somos felices porque no queremos, que los bienes materiales no tienen nada que ver en eso, que lo importante es aprender a cambiar el pensamiento, y otras vaguedades de curso de verano. Nada nuevo bajo el sol del infortunio.

Para los hermanos Fuster, Valentín y Joaquín, grandes de la Medicina -Cardiología, Psiquiatría y Neurociencia-, «la felicidad es dar, más que recibir. Todas las demás felicidades son típicas de anuncios de televisión y promesas sintéticas». Las personas felices saben, porque se han empeñado en saberlo, que con la felicidad pasa como con el sueño: se escapa si se la busca directamente. Hay que ir a ella dando un rodeo por los demás. Hacer lo que podamos para la felicidad de los otros, y la nuestra vendrá por añadidura. Cuando no se tiene más compañía que el ruido de las tripas desconsoladas, resulta muy difícil aceptar que la felicidad es un estado del alma. Y sobre la relación con las cosas materiales -los rascacielos, las casas de cien habitaciones, los aviones particulares, los deportivos para cada día de la semana-, el mejor tratado de Psicología son estas pocas palabras de San Francisco de Asís, que no dejó obra literaria, casi como Bob Dylan: «Yo tengo poco, y lo poco que tengo, lo necesito poco». Donald Trump, en cambio, tiene mucho y lo necesita mucho. Habrá que ampliar la Casa Blanca.

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