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Crítica de «El gran baño»: Al agua, gansos

El tono general del relato es el de la comedia mezclada con el amargor vital de sus personajes

Imagen de «El gran baño»
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No hay ningún argumento que se haya hecho película que no lleve dentro un mensaje de superación: ni los héroes, ni los villanos, ni el tipo corriente, galán, pistolero o funcionario que no entre a una pantalla con la idea de superarse. Y a pesar de ello, hay películas, dramas o comedias, cuya existencia solo tiene sentido si se escucha ese recado, y esta francesa es una de ellas. Un grupo de hombres ya entrado en años y en devastación física, prácticamente inservibles socialmente, patéticos en su vida matrimonial o de pareja, auténticos perdedores y, por lo tanto, atractivos para una «hazaña» cinematográfica: formar un equipo de natación sincronizada, un deporte tan tradicionalmente masculino como el encaje de bolillos. Y esa distorsión con lo socialmente extravagante acerca a la historia de Gilles Lellouche a los alrededores de aquel «Full Monty» de Peter Cattaneo.

El tono general del relato es el de la comedia mezclada con el amargor vital de sus personajes, tan dotados para la sincronía en el agua como para las sensatez fuera de ella, aunque el director no escarba en la sustancia de sus personajes más que lo necesario para que quede un relleno de, digamos, crema pastelera: no deberían ser convencionales, pero lo son, y responden a clichés de corto recorrido. Afortunadamente, el equipo de actores está muy por encima de sus personajes, y Mathieu Amalric, insoportable siempre, consigue hacer del suyo algo comprensible y cercano; o Guillaume Canet, con la gracia en la matrícula, que le saca algo de punta al suyo; y mejor aún Jean-Hugues Anglade, que le inocula sentimiento a su papel de padre y rockero ridículo. Hay superación, hay cierta conexión con el de la butaca de enfrente, hay catarsis y también hay ralladura de limón en los personajes femeninos, especialmente en la entrenadora borde que interpreta Leila Bekhti. No es ni para partirse de risa, ni para partirse el alma, ni para tirarse a una piscina en sincronía con nadie, pero consuela verla.