Torra y el cordón umbilical

Las relaciones entre la comunidad autónoma y la administración estatal se han reanudado

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Este domingo, el principal periódico de Cataluña publicaba una entrevista realizada por su director, Màrius Carol, a Quim Torra, el presidente de la Generalitat, y la pieza periodística, elaborada con oficio, sacaba a la luz, probablemente sin que el entrevistado se diera cuenta del todo, las contradicciones de fondo que laten bajo la posición actual de la Generalitat, cuya cabeza visible ha de obrar el portento de palpar a diario la realidad, tanto en el ámbito de la gobernación de la comunidad autónoma como en el de las relaciones con las instituciones del Estado, mientras permanece vinculado por un incómodo cordón umbilical al visionario Puigdemont, que, de hombre de paja de Artur Mas para salvar el escollo de la CUP, se ha convertido en iluminado caudillo cuasi de derecho divino, dotado de una excéntrica legitimidad carismática y decidido en todo caso a que su fuga del país no le prive del protagonismo y la capacidad de control sobre las huestes soberanistas.

Así, las relaciones entre la comunidad autónoma y la administración estatal se han reanudado, entre otras razones porque no hubiera podido sostenerse el discurso contrario una vez que el Gobierno español ha cambiado y declara estar dispuesto a una negociación. Pero al mismo tiempo, Torra da plena validez a la declaración de independencia del 27-O, de modo que, según él, ahora falta tan sólo implementar la República (no se dice ni cómo ni cuándo). Es decir, Torra sigue apostando por la vía unilateral, a cuyo extremo sólo hay artículo 155 y desolación. Por añadidura, el presidente de la Generalitat, que considera que el referéndum del 1-O, ulterior a un indecente golpe de mano parlamentario realizado con desparpajo el 6 y el 7 de septiembre, fue suficiente para legitimar la secesión, se lamenta de que nunca Pedro Sánchez (ni ningún presidente español) vaya a sentarse a negociar un referéndum acordado y vinculante con el Estado. ¿No habíamos quedado en que ya no era preciso legitimar más la independencia que, en la imaginación calenturienta de sus promotores, ya se habría producido? De cualquier modo, la previsible negativa le sirve a Torra para descartar la hipotética negociación de una reforma constitucional. Su posición en este asunto es peregrina: «Iríamos a una reforma constitucional si se admitiera el derecho de autodeterminación».

Tampoco la vía de la reforma estatutaria, que es la que lleva Sánchez en cartera aunque no haya formulado todavía una propuesta en toda regla –la que podría proporcionar a los catalanes la posibilidad de votar, y de hacerlo por una vía que generase amplio consenso–, parece tener mucho porvenir en manos de Torra, ya que, aunque el oscuro dirigente ha tenido palabras amables con la bilateralidad con respecto a Madrid –valora y agradece la disposición del Gobierno socialista de hablar claramente y cara a cara del conflicto catalán–, desdeña la ‘vía multilateral’ porque, a su juicio, el Consejo de Política Fiscal y Financiera y los demás sectoriales son «comisiones sin interés». Es absurdo que el desacuerdo general con fines independentistas haya de perjudicar a la ciudadanía catalana, que de esta manera no tiene voz en los foros decisivos en los que se efectúa el reparto de los recursos estatales disponibles. Claramente, se trata de una orden tajante de Puigdemont, que debe considerar una humillación que un catalán soberanista se siente en la misma mesa junto a un extremeño, un gallego o un andaluz.

Lo inquietante del caso es que el absurdo que vive la política catalana está siendo observado por todos, nacionalistas o no, pero el papel heroico que desempeña Puigdemont, elevado a la categoría de libertador de los catalanes, impide que se imponga el sentido común. Si Torra se deslizara lo más mínimo en la dirección adecuada, sería de inmediato descalificado y vapuleado por el caudillo y, acto seguido, por todo el electorado soberanista. El conflicto no se mueve, en fin, por territorios de racionalidad y alta política, sino por las arenas movedizas del nacionalismo romántico y del irredentismo épico. Y en este ámbito, sólo hay soluciones mágicas, de esas que materialmente no existen. De ahí la dificultad.