Inexplicable

No es lo mismo irse a que te echen

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Si uno comenta con cualquiera, o escucha las controversias suscitadas por los últimos acontecimientos políticos en nuestro país, existe un término que se repite con la insistencia de una rotunda conclusión: inexplicable.

Nadie acaba de explicarse (ni siquiera el mismo perjudicado lo ha hecho) cómo un político con la experiencia del defenestrado Rajoy ha sido capaz de permitir que el torpedo de la moción de censura impactara en su línea de flotación, cosa evitable con el movimiento de cintura de un anticipo electoral. No es lo mismo irse a que te echen. Como perdedor no le ha quedado otra que escenificar el harakiri. A no ser que de esta forma de aceptación del martirio se piense extraer jugosos réditos electorales.

Tampoco se le encuentra explicación, por la parte que corresponde al triunfador (si no es por alimentar al ego personal de tener cama en la Moncloa), a cómo Sánchez ha llevado a cabo su operación de demolición del gobierno con la ayuda de unos aliados que van a ser cualquier cosa menos leales. Si a esto se añade la falta de control sobre su propio partido, donde la puñalada trapera se presume más probable que desde las filas de Podemos o del propio independentismo catalán, Pedro lleva todas las papeletas para intitularse El Breve. Su figura recuerda la del entrenador de las categorías inferiores que, tras la caída del míster titular, coge la patata caliente del primer equipo hasta el final de temporada.

Todo esto no se explica si consideramos que los líderes políticos actúan al dictado de su exclusiva voluntad y que poseen, por tanto, la prerrogativa de permanecer al margen de los poderosos engranajes de los sistemas que los encumbran. El sistema político, como sistema social, funciona en base a las comunicaciones derivadas de su propio código binario gobierno/oposición. Cualquier otra comunicación que no surja de esta alternativa le resulta extraña o está al servicio de la confusión. El hecho de que a los políticos, de uno u otro lado, no se les caiga ahora de la boca el argumento de que actúan en interés primordial de la nación debería levantar serias sospechas sobre la sinceridad del alegato.

El sistema político escribe su propio texto en su idioma particular, y cualquier comunicación que produzca es fruto en exclusiva de las comunicaciones anteriores. Ningún tipo de consideración ética, idiosincrática o jurídica puede incrustarse en dicho texto si no ha sido previamente traducida a su lengua. En este sentido, también los discursos de sus líderes, ya sea para jurar el cargo de Presidente del Gobierno o para anunciar su retirada de la vida política, están predeterminados, vistos en de forma retrospectiva, por los mecanismos de elaboración de sus comunicaciones, y en ningún caso manifiestan la voluntad de una conciencia individual que no encuentra expresión en el entramado social.

Las acciones de los políticos no son otra cosa que lo que manifiestan. Sus actos son siempre actos de habla, del modo en que los actos de un pintor son sus pinturas, en el sentido de que establecen las bases de una comunicación en busca de un cierto orden social sustentado sobre este mismo entramado comunicativo. Todos formamos parte de los mecanismos comunicativos de aquellos sistemas a los que servimos y de los que nos valemos para continuar sobreviviendo. Los políticos, a pesar de su arrogancia y de los aires de independencia que pretender dotar a sus discursos, tampoco pueden escapar de los férreos mecanismos de los sistemas que los nutren.