Despedida de soltero

Me da exactamente igual donde la gente celebre sus despedidas de soltero. Lo que no me da igual es que no haya día en que no desayunemos sin un escándalo de corrupción

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Será cuestión de género, o de números, quién sabe, pero nunca se me habría ocurrido ir a un club de alterne –puticlub, para entendernos– a celebrar una despedida de soltero. Claro, dirá usted, porque un club de alterne, es un club de alterne, con todo lo que ello implica. Pues se equivoca, y mucho, porque como ha defendido Fernando Villén, exdirector de la Fundación Andaluza Fondo de Formación y Empleo (Faffe), «a los club de alterne no solo se va a lo que se va» –sea lo que sea, ese «a lo que se va», que no lo deja muy claro– sino que se puede ir a otras muchas cosas. Desconozco a que otras muchas cosas se puede ir a un club de alterne, y descartando las que imagino y otras que no logro encajar bien en ese ambiente, no tengo más remedio que creer a Villén, y aceptar que un club de alterne es un sitio más que aceptable para celebrar una despedida de soltero, incluso aceptar que un club de alterne es un sitio más que aceptable para una despedida de solteros, sin llegar a utilizar los servicios que ofrece habitualmente un club de alterne. Para entendernos, como si usted y yo celebramos una despedida de soltero en el bar de un gimnasio, pero sin pasar por la sala de ejercicios, ni siquiera por el calentamiento. Tal cual. Y lo más inquietante es que, sin llegar a utilizar esos servicios, la factura de la fiesta ascendiera a 538 euros, que entre dos o tres personas –vaya despedida de soltero sosa, por cierto– hace aún más interesante la cuenta que pagaron Villén y sus amigos.

Porque a un club de alterne se podrá ir a otras cosas, pero insisto, la carta de servicios que suelen ofrecer estos lugares –si no se va a lo que se va- es más bien cortita–. Y no es necesario entrar en más detalle. Porque para detalles, ya están los que Villén ha tenido que dar, excusando el apunte económico cargado primeroy devuelto después en una tarjeta oficial. Y es que, como decían los romanos, que de estas cosas de las apariencias sabían mucho más que nosotros, «excusatio non petita, accusatio manifesta». Se equivocó de tarjeta, se equivocaba.

Vera usted. A mí me da exactamente igual donde celebre la gente sus despedidas de soltero –que dicho sea de paso, me parece más una ceremonia de la confusión que otra cosa; me da exactamente igual que la gente tenga muchos amigos solteros dispuestos a ir a clubes de alterne –sin ir a lo que se va a estos sitios–para celebrar sus despedidas de solteros; y me da exactamente igual que la gente se gaste lo que se quiera gastar en benjamines de champán malo –una no ha frecuentado clubes de alterne, pero ha visto muchísimas películas de Pajares y Esteso– en la barra de un club de alterne. Lo que no me da igual, y a usted tampoco, es que no haya día en que no desayunemos, almorcemos merendemos o cenemos con algún escándalo de corrupción, blanqueo, malversación o fraude de fondos públicos por parte de políticos o altos cargos administrativos.

Y esto empieza a ser la historia interminable. Desde gente que duerme y lee el periódico por dos mil doscientos euros al mes, hasta gente que termina las carreras universitarias en cuatro meses –listos, demuestran que son, desde luego–; pasando por gente que destroza con su ejemplo lo que predica con sus palabras –las hemerotecas son muy malas para la memoria y para los áticos de seiscientos mil euros-, y gente que se aferra al sillón político porque es el único medio que tiene para pagar la luz y el agua a fin de mes. Un asco. Repítalo conmigo que le hará mucho bien. Un asco de clase política. Un asco de dirigentes y un asco de sistema el que tenemos, que nos hace creer que somos los protagonistas, cuando a lo máximo que aspiramos es a una entrada de anfiteatro con visibilidad reducida.

Nos hicieron creer que la culpa era nuestra, porque queríamos vivir como los ricos –como ellos, por ejemplo–; nos hicieron creer que el despilfarro económico de este país era culpa nuestra, porque nos llevábamos las gasas de los hospitales a casa; nos hicieron creer que nuestros jóvenes tenían que ir a buscar trabajo cualificado fuera, porque había un exceso de universitarios en este país –tanta universidad y tanta opinión–; nos hicieron creer que los desahucios también eran culpa nuestra, por habernos embarcado en comprar viviendas en los pisos más altos de nuestras posibilidades, y nos hicieron creer que todos tenían el as en la manga, la fórmula perfecta para sacarnos de la crisis, del paro, de la exclusión, de la corrupción –nuestra, también– y de la miseria en la que estábamos hundidos, si les vendíamos nuestro voto.

Víctimas de violencia política, eso es lo que somos. Y así se nos debería tipificar en alguna parte. Nos quitaron la autoestima, nos acosaron, nos ningunearon y encima se rieron de nosotros. Maltratadores de manual. De los que, encima, se justifican.

Afortunadamente, también nos proporcionaron la orden de alejamiento. Porque no recuerdo ninguna época, en la historia reciente, en la que la ciudadanía haya estado más lejos de la política. Y me alegro.

Me alegro tanto, que lo mismo me voy a celebrar esta despedida a un club de alterne. Al fin y al cabo, a estos sitios no solo se va a lo que se va, ¿no?