OPINIÓN

Cuento de Reyes

Cuando llegaba el día, desde la mañana se le alborotaba algo por dentro y salía a quitarse los nervios dando un paseo por la ciudad que aquella tarde sería suya

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Cuando llegaba el día, desde la mañana se le alborotaba algo por dentro y salía a quitarse los nervios dando un paseo por la ciudad que aquella tarde sería suya. Faltaban solo unas horas para que entrara en barco en la Bahía de la Concha y que desde el ‘Aitona Julián’ sintiera el rugido de los gritos de los niños al otro lado de la playa sobre la barandilla. Por dentro se sonreía y ya se los imaginaba saludándole desde el espigón del muelle, cada uno queriendo que lo mirara a él, extendiendo al cielo las manos para trincar algún caramelo en la cabalgata, llamándolo con ese grito que no abandonaría hasta la noche: «Gaspar, Gaspar, Gaspar...».

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