Cartas desde Iwo Jima

«... Nuestro alcalde coge la pluma y a mí se me paran los pulsos»

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Confieso que por uno de ustedes –él sabe quién es, y por qué lo digo- esta semana me había propuesto meterme en almíbar, subirme la dosis de insulina, y ser más amable de lo que acostumbro. Si me releyera alguna vez, además, no tendría más remedio que hacerlo, por aquello de los veintiún días sin quejas ni pensamientos negativos de los que le hablé hace tres semanas, pero ¡qué le vamos a hacer!, las cosas vienen como vienen. Y aquí estoy como la santa de Ávila viviendo sin vivir en mí y en pleno debate conmigo misma.

Verá. Por estas fechas yo debería estar hablando del Festival Manga –que es uno de mis temas favoritos y estacionales- y de la afición al otaku, al yoyosuri y a esas cosas que tanta admiración me producen, fundamentalmente porque no entiendo nada. Tengo delante el programa, y como siempre, supera todas mis expectativas. No decepciona, y mucho menos este año, que vuelve a su lugar de origen ampliando el aforo y evitando, así, las largas esperas en el espigón del castillo –entre otras cosas, porque está intransitable, pero bueno, eso parece que no va con nosotros. El caso es que, mientras pienso si me gustaría más hacer un «Taller de sables láser de gomaespuma» o uno de gorras de Mario Bross, me pasa lo de siempre, que llega el alcalde, escribe una carta y me desarma. Porque nunca me defrauda, al menos en sus prácticas epistolares.

Y en esta ocasión, por partida doble, porque no ha escrito una carta, sino dos. Así que usted me comprenderá, pero ni Festival Manga, ni Pleno extraordinario, ni ordinario, ni exposición de La Caixa, -y eso que el tema del ilusionismo, lo de la magia y lo de cómo engañar al cerebro es algo demasiado tentador como para dejarlo pasar-, ni aniversario de Alcances, ni broncas internas entre socios de gobierno. Nada. Nuestro alcalde coge la pluma y a mí se me paran los pulsos.

«Estimado Fran González» comenzaba la primera epístola, la que escrita como si fuese el vizconde de Valmont retando en duelo al joven caballero Danceny, parece un ejercicio digno de amistades muy, muy peligrosas. El uso indiscriminado de la segunda persona del singular y del plural entronca con la retórica más perversa de la novela de Choderclos de Laclós; ese reiterado «estimado Fran» conjugado con un léxico cortesano tipo «triquiñuela», «clamáis», y ese casi despectivo «concejal» con el que se refiere al portavoz socialista, marcando distancias, me parece sublime. Porque hace mucho que decidí que no me interesa lo más mínimo el contenido de las cartas del alcalde, pero el continente, ¡ay! … y eso que sé, como buena marquesa de Mertuil, que «no se aplaude a un tenor porque se aclare la garganta».

De garganta –y profunda- va la segunda misiva. Una carta que ha dormido casi un año en los cajones municipales –la fecha, al parecer, no era un lapsus-, esperando la oportunidad de «un antes y un después». La oportunidad, esa de la que dicen que siempre la pintan calva, ha llegado y esta semana, mediante carta, nuestro alcalde nos desvelaba los entresijos de las gestiones que han llevado a que Joaquín Sabina sea el próximo pregonero de nuestro Carnaval. Y así como Valmont, que dominaba distintos registros, nuestro alcalde da rienda suelta a su amor, y como si se tratara de Cecile de Volange le escribe una apasionada carta al pregonero «mi violín y yo te gritamos que regreses. Solo así estaré inspirado para volver a tocar para ti…» –esto no lo ha dicho el alcalde, pero lo parece.

«Admirado Joaquín» comienza el apasionadísimo escribidor antes de ofrecerle su más preciado tesoro, ser «el trovador pregonando la fiesta de los trovadores»; a mí me proponen algo en esos términos y me derriten, lo confieso. Y paso por alto que las fechas que me ofertan sean de carnavales pasados o futuros «su pregón el próximo 10 de febrero» –ups, el 10 de febrero fue el pregón el año pasado, el de este es el 2 de marzo-, y paso por alto que la carta esté fechada hace un año y paso por alto hasta lo del «alivio de luto» que es una expresión horrible y que no le pega nada a la cuidada prosa de nuestro alcalde-Valmont, capaz de embaucar a cualquier gentildama.

Aunque si le digo la verdad, y me dejo de tonterías literarias del ayer, con lo que a mí me ganaría por completo es con el último ofrecimiento, “no tiene que ser un concierto ni un monólogo, como te digo. Además, todos los gastos de la producción y demás correrán a cargo del Ayuntamiento. Desde la orquesta del Titanic hasta el Hotel, dulce hotel. Lo que necesites para realizar el pregón, hasta vinagre y rosas». Ole, ¡Cai!

No me dirá usted que no es para enmarcarlo. Vamos, que así Joaquín Sabina es capaz de dar el pregón el 10 de febrero o el 7 de julio, si hace falta.

A mí nadie me escribe cartas así, y ya me gustaría. Por eso me voy al Salón Manga a hacer un taller de varitas y otro de capas y luego a la expo del ilusionismo de La Caixa. Que de ilusiones también se vive.