Carmen de Carlos - En foco

Mamar

Una cosa es lo que hacen los niños de teta y otra, los mayores que secan las ubres del Estado

Carmen de Carlos
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La serie «Sin tetas no hay paraíso» fue tema constante de conversación en Colombia allá por el 2006. El fenómeno se exportaría años más tarde a otros países como España, Perú y Nicaragua. En estos días, unas dos mil mujeres se reunieron en Bogotá, con sus bebés prendidos al pecho, para reivindicar el derecho a dar de mamar en público. María Juliana Ruiz, esposa del presidente Iván Duque, acudió a la concentración de madres y criaturas lactantes para darles su apoyo. La escena se enriqueció con datos nuevos que reflejan el descenso de mortalidad infantil en Colombia por desnutrición.

Dar de mamar es un acto natural y recomendable por el bien de la infancia y de la propia madre. En los aviones, la única manera de evitar el dolor de oídos y el llanto desesperado que acompaña en esos momentos a los bebés es enchufar el niño al pecho. El recurso, conocido, no implica someter al compañero de butaca a ver una escena que quizás le haga sentir incómodo. Basta con cubrirse un poco para evitárselo. El gesto, me parece, es síntoma de respeto al otro y no modifica en nada lo importante, que el niño se alimente y el pasaje se libere de su llanto.

Esto de mamar en público siempre tuvo detractores y defensores. En Argentina, antes que Carolina Bescansa lo hiciera, las diputadas sacaban una «lola» (pecho) en pleno debate para que su bebote succionara a demanda sin que temblaran los cimientos del Congreso. En Perú, Bolivia, Chile, Uruguay o Paraguay, las calles y el campo están cuajadas de madres con niños, a veces talluditos (según la OMS, lo ideal es amamantar hasta los dos años) colgando del pecho de sus madres. En México, algunos estados han legalizado estas prácticas porque era demasiado frecuente que a las mujeres las llamaran de todo menos bonita, que diría Carmen Calvo. Jaime Campmany popularizó el término mamandurria y ahí cambió todo. Una cosa es lo que hacen los niños de teta y otra, los mayores empeñados en secar las ubres del Estado. Las de nuestra América (la hispana) produce comida para miles de millones de personas (según FAO, la región que más exporta alimentos), pero su leche se desparrama por las grietas de los corruptos que siguen convencidos de que el paraíso, y las tetas, son suyos.

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