Los masivos bombardeos españoles a Argel que erradicaron el problema de la piratería musulmana

Con la Armada en un momento de moral alta, desde Madrid se estimó que era el instante idóneo para una operación definitiva contra Argel, la más díscola regencia turca

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La piratería berberisca fue a principios de la Edad Moderna el gran escollo al que cualquier navegante cristiano debía enfrentarse en el Mediterráneo. Hubo que esperar a la pérdida de interés, y de fuerza, del Imperio otomano en el Mare Nostrum, para que las bases piratas en el Norte de África perdieran adeptos y apostaran por negocios más legales. A mediados del siglo XVIII eran pocos los puertos que seguían protegiendo a estos bribones, pero el problema seguió lastrando al comercio en la zona hasta que un mallorquín lo remedió. El marino ilustrado menos ilustrado, Antonio Barceló, cambió para siempre esta tendencia histórica con métodos muy alejados de la diplomacia de salón.

Antonio Barceló y Pont de la Terra nació en Palma de Mallorca la última noche del año 1716, el mismo en el que José Patiño, ministro de Felipe V, inició una serie de reformas de la marina española que dio lugar a los grandes almirantes ilustrados que de Jorge Juan y Alejandro Malaspina a Dionisio Alcalá Galiano elevarían este brazo de las Fuerzas Armadas a una condición elitista de científicos e ingenieros civiles. Por fecha de nacimiento, a Barceló le correspondía por derecho propio pertenecer a esa generación ilustrada de marinos, pero él incumplía todo lo que se esperaba de los ilustres reformadores. En un tiempo en el que se exigía la hidalguía para ser oficial de la Armada, el mallorquín ascendió por méritos propios, con escasa formación académica y pocos intereses intelectuales, hasta lo más alto de este cuerpo. Valiéndose de estrategias poco convencionales, Barceló combatió de frente a los piratas berberiscos y redujo, con su labor como corsario de corsarios, los peligros que acechaban el Mediterráneo.

La estrategia de las lanchas bombarderas

Con la Armada en un momento de moral alta —incluso obviando el enésimo fracaso en Gibraltar—, desde Madrid se estimó que era el instante idóneo para una operación definitiva contra Argel, la más díscola regencia turca. Así, cuando la hostilidad hispano-turca estaba anocheciendo, con el establecimiento de relaciones diplomáticas y la firma de un tratado comercial a partir de 1782; la regencia de Argel, que aún dependía nominalmente del sultán otomano, se colocó de perfil en lo que al corso se refiere. El tráfico de cautivos y el abordaje de mercantes europeos seguía siendo el eje económico de Túnez, Trípoli y Argel, que desoyeron las instrucciones turcas de iniciar un periodo de paz con España. La Armada española buscó convencer a Argel con métodos más persuasivos de que acatara las recomendaciones de su soberano. Lejos del desastroso desembarco de 1775, ahora el objetivo de la flota española se centró en bombardear Argel hasta que se aviniera a la paz o pereciera en un amasijo de ruinas.

El tráfico de cautivos y el abordaje de mercantes europeos seguía siendo el eje económico de Túnez, Trípoli y Argel, que desoyeron las instrucciones turcas de iniciar un periodo de paz con España

La flota de castigo estaría encabezada por el navío de Antonio Barceló, El Terrible, junto a otros tres buques de altura. El resto de la escuadra lo conformaban cuatro fragatas, tres bergantines, 12 jabeques y toda una suerte de pequeñas embarcaciones, entre ellas 22 lanchas bombarderas y 19 cañoneras marca de la casa. A estos efectivos se sumaron dos fragatas de la Orden de Malta, dedicada a una cruzada naval contra los musulmanes desde antes de que Carlos V les cediera Malta con este fin. Una fuerza modesta comparada con la del infausto 1775, pero que el mallorquín había seleccionado con celo, a sabiendas de las particularidades que presentaba el Mediterráneo y, en concreto, el puerto de Argel, cuya ciudad se tendía desordenadamente por toda una colina.

Barceló rechaza con su jabeque correo a dos galeotas argelinas en 1738, pintura de Ángel Cortellini y Sánchez (1858-1912)
Barceló rechaza con su jabeque correo a dos galeotas argelinas en 1738, pintura de Ángel Cortellini y Sánchez (1858-1912)

El mal tiempo complicó la navegación hasta Argel. Pero, al fin, Barceló alineó el 1 de agosto de 1783 las 18 lanchas bombarderas en una formación recta frente a la costa, y situó en los flancos 13 cañoneras y 10 lanchas de abordaje. Las lanchas cañoneras eran unos grandes botes a remos con un palo para su reducido aparejo, armado en su proa con un pesado cañón de 24 libras, de tal manera que se trataba de pequeños barcos con un impresionante armamento. Los españoles no tardaron en montar en los barcos también morteros y obuses con granadas explosivas. Los jabeques y otras embarcaciones más ágiles permanecían a expensas de asistir a estas lanchas y remolcarlas si fuera necesario en caso de quedar demasiado expuestas.

Todo ello mientras los navíos de más altura se colocaban en una segunda línea, a resguardo de las temidas «balas rojas » que tantos quebraderos habían causado en Gibraltar. Al mediodía, tronó Argel con un primer bombardeo hasta la caída del sol. Humedecida la pólvora por el viaje, el fallo de algunas piezas trasladó la impresión de que la ráfaga había causado pocos daños. Desde los barcos españoles resultaba imposible escuchar los gritos de horror en la ciudad. Tampoco confiaron en su puntería los defensores, que necesitaron 1.075 balas para causar dos muertos y dos heridos.

Segundas partes nunca son buenas

Al siguiente día se repitió la operación, a lo que los argelinos contraatacaron con una flotilla de embarcaciones a remo. Las lanchas situadas en los flancos hicieron trizas los bajeles mediterráneos. El paso de los días, los incendios y el bombardeo constante, solo interrumpido por el mal tiempo, desmoralizaron a los defensores. Estaban a merced de Antonio Barceló, quien, embarcado en una falúa, insistió en colocarse en primera línea de fuego para calcular mejor los efectos del bombardeo. Según las cifras manejadas por el historiador Agustín R. Rodríguez González en su excelento biografía, los argelinos lanzaron desde la ciudad fortificada ¡11.284 balas y 399 bombas! para provocar 23 muertos y 13 heridos. Los españoles, por su parte, arrojaron 3.833 balas y 3.752 bombas, con un resultado que es difícil de estimar dada la opacidad de las autoridades musulmanas. Al parecer de un observador extranjero, se destruyeron unas 200 casas, incluida la mezquita mayor y el Palacio del Dey de Argel, que se salvó por escasos segundos de morir en un bombazo.

Plano español coetáneo al bombardeo
Plano español coetáneo al bombardeo

En los últimos días de bombardeo, las tropas otomanas suplicaron permiso para izar la bandera del parlamento al dey, lo cual solo frenaron las inclemencias y la retirada al fin de los españoles. El 9 de septiembre, Barceló ordenó levantar anclas a la vista del mal tiempo, el cansancio de las dotaciones y que poco más se podía destruir. De vuelta a España, la recompensa fue bastante pobre para el mallorquín, al que se le concedió el sueldo de teniente general empleado. Lo inesperado hubiera sido lo contrario: el antiguo corsario vio a lo largo de su carrera como a otros oficiales les colmaban de premios por ser «hijos de algo». Para acallar el runrún compartido por la opinión pública, el rey le entregó poco después la distinción de Caballero de la Real Orden de Carlos III.

El bajo coste de la expedición de castigo convertía una segunda visita en algo demasiado tentador. A principios de 1784, el incansable Barceló le daba vueltas a qué podía mejorar en su escuadra para otro asalto. Lo primero fue aumentar el número de cañoneras. Todo ello mientras mantenía su fino oído mediterráneo puesto en cómo pretendía responder esta vez Argel. Al célebre Federico Gravina, subordinado de Barceló en innumerables contiendas, le destinó a la zona para que recabara información y entrara en contacto con algún testigo cristiano sobre el terreno. Extraña forma de actuar para alguien considerado analfabeto y descuidado por los petulantes y sectarios ilustrados que poblaban la Armada. Pronto supo por sus fuentes que los argelinos estaban construyendo un nuevo reducto para aumentar sus plataformas de cañones y, a imitación de Barceló, fabricaron sesenta cañoneras. Asesores ingleses y franceses ayudaron a los defensores a salvar su atraso tecnológico.

El tráfico de cautivos y el abordaje de mercantes europeos seguía siendo el eje económico de Túnez, Trípoli y Argel, que desoyeron las instrucciones turcas de iniciar un periodo de paz con España

El Conde de Floridablanca dio el visto bueno a la nueva operación y Barceló calculó que a principios de verano podría estar listo el bombardeo. A favor de la causa española jugó esta vez que el Reino de Nápoles y Sicilia, Portugal y los caballeros de Malta se unieron a la expedición deseosos también de terminar con la piratería berberisca. Los 130 buques, sin contar los barcos extranjeros, navegaron entre vientos y mares adversos hasta llegar a Argel el 9 de julio, menos de un año después del anterior ataque.

La última acometida

La principal novedad frente al año anterior fue que las 55 lanchas cañoneras construidas por Argel se desplegaron en una larga línea frente a la costa, muy cerca de tierra. Los españoles hicieron lo propio con sus lanchas cuando las mareas permitieron el primer bombardeo el 12 de julio. Así las cosas, el ataque pareció ser menos efectivo que en la otra ocasión, debido al incómodo duelo artillero con las lanchas enemigas, el peor tiempo y la dificultad de coordinar escuadras de países distintos. Durante una de las acometidas, la falúa de Barceló y uno de los marineros que la pilotaban fueron alcanzados por los disparos de una de las lanchas cuando inspeccionaba las operaciones. El «Capitá» pudo ser rescatado antes de que se hundiera la embarcación o fuera capturado.

Vista del bombardeo, en el extracto de un grabado
Vista del bombardeo, en el extracto de un grabado

El resto de ataques transcurrieron sin sobresaltos bajo el telón de fondo de la persecución, gato contra ratón, de las lanchas de ambas escuadras. El mallorquín trató por todos los medios de envolver la colmena enemiga, si bien chafó su propósito la escasa diligencia de algunos oficiales de la coalición. Tres cabezas piensan mejor que una, pero no tan rápido.

Se desistió de los bombardeos a finales de julio, con la sensación de que el daño había sido menor que el otro año. No obstante, los españoles dispararon el doble de proyectiles que el pasado verano y, aunque registraron 141 bajas, entre muertos y heridos, las mejoras introducidas a los proyectiles por el mallorquín en su taller particular aumentaron la precisión. En Argel cundió el miedo a que aquellas visitas inoportunas se hicieran anuales. Tras haber dejado la escuadra en Cartagena, el oficial mallorquín acudió a la Corte para exponer al rey los planes de un tercer bombardeo de Argel de cara al verano de 1785.

De regreso a Mallorca esperó en vano que el monarca autorizara el ataque, lo que nunca ocurrió porque al fin el nido de piratas accedió a negociar la paz con España. Los propios corsarios presionaron al dey para que firmara la paz. Las visitas anuales habían viciado sus guaridas y arruinado el negocio. En un efecto domino, Túnez también pidió un respiro, mientras que Trípoli lo hizo antes de que comenzaran los bombardeos.