Álvaro Cervera, entrenador del Cádiz CF.
Álvaro Cervera, entrenador del Cádiz CF.

Cádiz CF

Cervera, de catequista a Dios

El entrenador que sacó del lodo al Cádiz CF para llevarlo al olimpo de los dioses

Por  16:51 h.

Llegó como catequista un 18 de abril de 2016 al templo del cadismo. Y este domingo 12 de julio de 2020 se ha proclamado Dios por la obra y gracia de su lucha constante, su trabajo meticuloso y su confianza.

El nuevo Dios del cadismo nació en Santa Isabel (Nueva Guinea), un 20 de septiembre de 1965 en la entonces colonia española. Dentro de su carácter apocado, al creador del último sueño cadista apenas se le puede señalar una tierra con cierto arraigo para él. Podría decirse que el nuevo Dios de esta afición que tiene su templo en Carranza es apátrida, pero con el tiempo él mismo podrá decantarse por ser de Cádiz. Entre otras cosas porque en su infancia también le dio tiempo a vivir en San Fernando debido al trabajo de sus padres. Fue ahí donde conoció los Carnavales y ha sido aquí donde conoció a otro Dios, pero este con pase directo al Cielo de los Carnavales. Además de San Fernando, guarda con cariño su estancia en Tenerife o Cantabria, donde comenzó a enomarse del fútbol antes de vestir las camisetas de Rancing, Mallorca o Valencia, entre otros, equipos donde mostró al mundo su fabuloso manejo del balón con una zurda echada a la cal que enamoraba.

Más allá de su sincera devoción y amistad con Juan Carlos Aragón, Álvaro Cervera lleva saboreando gaditanismo desde que consiguiera ascender al equipo en apenas dos meses a Segunda División en unos ‘play off’ donde muchos de sus parroquianos ni siquieran se subieron hasta no ver como el Cádiz CF superaba la primera eliminatoria en A Malata (Ferrol).

Fueron aquellas parábolas en Carranza ante el Racing de Ferrol, Racing de Santander y Hércules con las que comenzó a edificar una Iglesia que ha metido en el olimpo de los Dioses.

Cervera se ha ido abriendo paso entre la muchedumbre como lo hacen los grandes profetas, es decir, sin levantar mucho la voz, sin darse relevancia alguna, con timidez y con prudencia. Así se llevó los dos primeros años. Y es que comparar a aquel entrenador reservado y con gafas que se presentó para comerse el marrón en su primer ‘play off’ de ascenso a Segunda con el que hoy representa ser el jefe de una banda que no ha perdido la humildad pero que ha ganado en porte y saber estar es comparar una persona de otra.

Porque Cervera ha cambiado en Cádiz. De aquel entrenador timorato en sus inicios y hasta cierto punto con falta de conexión con su afición, ha pasado a ser el icono de una tribu. Su rostro ya se deja ver por todos los rincones del estadio, cuando no ciudad, y sus comparecencias se siguen como si se tratasen de auténtica palabra del señor.

‘La Lucha No Se Negocia’ es su sello y con él este Cádiz CF se ha ido creando una leyenda que lo ha llevado a Primera. Y este éxito no es flor de un día. Porque el ascenso de este año ha sido regado temporada tras temporada con la misma paciencia y trabajo solo que sin el acierto necesario que este año sí se ha dado.

El ascenso, además, y puestos a optimizarlo, llega en el mejor momento y después de cuatro bonitos años en Segunda donde Cervera ha podido ir esculpiendo cada vez mejor su bloque y su línea de trabajo. Se llega a Primera con las ideas muy claras, con un entrenador que cuenta con el respaldo de la afición y de los jugadores, y que con ese no ha tenido más remedio que ganarse el de una directiva que no ha podido negar la evidencia. Su renovación por los cuatro años venideros tan solo es una señal de la enorme autoridad que tendrán sus decisiones comulgue o no con la línea deportiva de su director deportivo.

Y es que Cervera se ha ganado con creces el hecho de ser algo más que un entrenador. Su mala relación con el presidente Manuel Vizcaíno no será óbice para que el equipo que se conforme de cara a la elite mantenga su razón de ser y su estilo. Son cuatro temporadas en Segunda y aquellos ocho encuentros en Segunda B de garantía y aval para que este Cádiz CF pueda sentirse de lo más confiado a la hora de saber en que manos descansa. Y lo hace en las mismas que en 2016 titubeaban en sus inicios y que ahora en 2020 son de hierro. Es lo que tiene pasar de ser catequista a Dios en apenas cuatro años y medio.