Diego Urdiales, en un derechazo al quinto toro
Diego Urdiales, en un derechazo al quinto toro - Julián López

Ni ha habido pacto ni han «interlocutado»

Los toros de Alcurrucén apenas dan opciones en un cartel de gran expectación

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La deslucida mansedumbre de los toros de Alcurrucén –salvo el encastado primero– da al traste con las ilusiones que había despertado este cartel. Ferrera y Urdiales sólo apuntan algunos detalles de su torería; Ginés Marín se queda inédito.

Aunque la tarde no ha sido buena, conviene recapitular un poco. La gran entrada ilumina algo nuevo que está sucediendo, en la Fiesta. Durante algunos años, la primera fila indiscutida la han ocupado media docena de matadores (que, por sus méritos, se lo habían ganado, por supuesto). Cualquier aficionado conoce de sobra sus nombres. En la última temporada, se había incorporado a ese grupo el arrollador Roca Rey. El empresario Simón Casas rompió esa rutina al inventar el sorteo de ganaderías (incompleto, no total, como muchos aficionados desearían). Por desacuerdo con ese sistema, decidieron no torear en San Isidro tres de las primeras figuras, Morante, Manzanares y El Juli (a última hora, este último aceptó sustituir al lesionado Ponce). Algunas voces pronosticaron una Feria plúmbea, sin interés alguno. Se equivocaban: se han venido sucediendo los triunfos rotundos, las tardes apasionantes –cuando ha habido toros bravos–, las polémicas… Respetando su categoría, muy pocos se han acordado de las figuras que no han querido torear en San Isidro. Ellos sabrán si les compensa ese olvido. Ninguna de esas figuras se anuncian, esta tarde, y Las Ventas casi se llena. ¿Qué quiere decir eso? Que, después de mucho inmovilismo, las cosas están cambiando, como canta Bob Dylan. Ahora mismo, Ferrera y Urdiales son ídolos de esta afición; también ilusionan Ginés Marín, Pablo Aguado, Emilio de Justo (que está pagando su entrega con percances y no podrá venir el domingo), Paco Ureña…

Nadie olvida la originalísima faena de Antonio Ferrera al primero de Zalduendo. No pudo repetirlo con la mansada del Puerto pero sigue viva la ilusión de volver a ver algo semejante. El primero sale algo dormidito, lo propio del encaste Núñez. Lidia bien con el capote Ferrera, sin hacer el poste. Una vez más, brilla Fernando Sánchez; a mi lado, gritan: «¡Eres un fenómeno!». En la muleta, el toro va a más. Cerca de toriles, sin probaturas, Ferrera liga muletazos con emoción, porque el toro embiste fuerte. Un diestro sin su experiencia lo hubiera pasado mal, con las encastadas embestidas. Cuando atempera un poco su fiereza, fluyen los naturales, más suaves. El toro ha tenido casta y el torero, también, además de mucho oficio. Aprovechando la arrancada del toro, deja arriba una estocada y lo ve morir, sentado en el estribo, en una bella estampa clásica. La petición no se concede; debió dar la vuelta al ruedo. El cuarto, al llegar al capote, pega unos saltos de campeón; en el caballo, la cabeza es una devanadera. Aunque le han bajado los humos, sigue rebrincado, embiste de lado, con querencia a tablas. Brinda a Antonio Briones, ganadero de Carriquiri (que acaba de ceder a la Comunidad una importantísima biblioteca taurina). A media altura, intenta meterlo en el canasto pero el toro canta la gallina, huyendo descaradamente. Sólo cabe una lidia aseada y corta, lo que hace. Luce su oficio al machetear con la izquierda pero la espada cae baja. (Por lo menos, hace gestos pidiendo perdón, no da saltos de entusiasmo, como ahora suele verse, en esos casos).

No tuvo suerte Diego Urdiales con los de Fuente Ymbro pero sigue situado en el corazón de muchos aficionados. El segundo saca genio, puntea la muleta; los enganchones deslucen los correctos muletazos y un desarme acaba de truncar la faena. Logra una estocada de rápido efecto. El toro no era fácil y no ha logrado imponer su dominio. En el «politiqués», como llama Amando de Miguel a la actual jerga de los padres de la patria, toro y torero no han «interlocutado». El quinto sale enterándose, huyendo. Urdiales apenas esboza unas verónicas suaves. En la muleta, el toro embiste con sosería pero sin graves problemas. El diestro traza muletazos con naturalidad y gusto pero escasa emoción. La faena va a más, al final, con unos limpios muletazos de frente, aunque el toro acabe derrumbándose. Mata con gran facilidad. Aunque el toro tarda en caer y llegan a sonar dos avisos, le hacen saludar. Le queda todavía el cartucho de la Beneficencia.

División de opiniones

Protestan al tercero por poca presencia y porque renquea de atrás. Va de largo pero flaquea y eso impide que se valoren los correctos muletazos de Ginés Marín, en unadivisión de opiniones típica de esta Plaza. Mata con facilidad, igual que la tarde anterior, y quedan las espadas en alto (igual que la suya). El sexto sale suelto, distraído, va de un caballo al otro, a su aire, huyendo. Los esfuerzos de Ginés Marín por sujetarlo no tienen éxito, ni en un terreno ni en otro, por ninguno de los dos pitones. Se lo quita de encima con facilidad.

La corrida, tan esperada, ha defraudado. En términos que ahora están de moda, toro y toreos han «interlocutado» muy poco; no ha habido acuerdo ni pacto, en esta cumbre. A los habituales gritos del público, se ha sumado uno nuevo: «¡Viva el 155!». Pues ya veremos si revive o no…