Rocío Molina
Rocío Molina - ABC

Diez butacas vacías para los políticos separatistas en el festival Temporada Alta de Gerona

La bailaora Rocío Molina y la cantante Silvia Pérez Cruz brillan con su espectáculo conjunto «Impulso»

GeronaActualizado:

Fue el prodigioso encuentro entre la danza y el canto, una coreografía de cuerpos revueltos con una voz como brújula y el taconeo insolente marcando el compás. La concreción de un impulso que avanza a tientas, prueba y confirma, se regodea en el capricho y vuela. «Impulso» se llama precisamente, al menos hasta el momento, la pequeña joya escénica que bordaron el pasado domingo, en la iglesia del monasterio de San Pedro de Galligants, la bailarina/bailaora Rocío Molina (Málaga, 1984) y la cantante Silvia Pérez Cruz (Palafrugell, Gerona, 1983), dos espléndidas creadoras que explicitan en su complicidad sobre el escenario en un espectáculo en marcha, al que irán añadiendo y quitando cosas con la supervisión de Carlos Marquerie (Madrid, 1954), otro gran creador largamente vinculado a exigentes y luminosas propuestas teatrales de vanguardia, que ya ha colaborado en otras ocasiones con Molina y en esta se ocupa del planteamiento artístico de la experiencia, presentada en el marco de la vigésimo sexta edición del Festival Internacional Temporada Alta, que dirige con buen tino y excelente gusto programador Salvador Sunyer.

Rocío Molina es una criatura singular que hunde sus raíces en la jondura flamenca y alimenta su vuelo en la investigación artística contemporánea completando una perfecta alianza entre esencia y vanguardia, siempre en continuo desarrollo, jugando con el riesgo y bailando con desparpajo en territorios multidisciplinares. Premio Nacional de Danza en 2010 por «su aportación a la renovación del arte flamenco y su versatilidad y fuerza como intérprete capaz de manejar con libertad y valentía los más diversos registros», es desde 2015 artista asociada al Teatro Nacional de Chaillot en París. Su encuentro con Silvia Pérez Cruz, otro ejemplo de versatilidad y alquimia con mundos diversos (tiene sendos goyas a la mejor canción original por sus trabajos en «Cerca de tu casa» y «Blancanieves»), es una esas felices y raras concomitancias con que el arte –término generoso en el que caben teatro, danza. música y demás disciplinas del ramo– nos sorprende.

En la iglesia de la antigua abadía benedictina que es desde 1857 sede en Gerona del Museo de Arqueología de Cataluña, ambas artistas protagonizaron un hermoso ritual de ternura, expresividad, atrevimiento, genio, sensualidad y belleza, mecido en el vértigo asombrado de la improvisación, con el acompañamiento a ratos de la percusión de Pablo Martín Jones y la guitarra de Eduardo Trassierra, amén del Coro de Cámara de la Diputación de Gerona, que interpretó varias piezas de Anton Bruckner. Mientras Rocío Molina bailaba, Silvia Pérez Cruz se dejaba vencer por el ritmo en una coreografía sonámbula y, a su vez, acariciaba las notas de un fado, se deslizaba por pasajes musicales religiosos o se dejaba embargar y embargaba de emoción a su cómplice con el «Pequeño vals vienés» de García Lorca musicado por Leonard Cohen. No se trata de un espectáculo ajustado, sino de una sesión de experimentación para redondear una propuesta que se estrenará en julio del próximo año y en cuyo proceso de creación la bailarina comentó que piensa implicar a su propia madre, aunque la interesada no lo sabía cuando Rocío lo reveló a quienes la entrevistaban tras la estupenda entrega matutina de lo que promete ser un maravilloso artefacto escénico.

La brasileña Christiane Jatahy (Rio de Janeiro, 1968) ofreció en el Teatro Municipal una originalísima y rotunda aproximación a «Macbeth», «A floresta que anda», que mezcla filmaciones, cámara en directo, la interacción del público y la interpretación de la actriz Julia Bernat en un sugerente juego de espejos y referencias diversas. Los espectadores deambulan sobre el escenario, con una barra de bar al fondo, entre las pantallas de una instalación cinematográfica que ofrece fragmentos documentales sobre problemas sociales en Brasil. Al cabo, todas las pantallas se juntan en el proscenio y los asistentes pueden reconocerse en las imágenes grabadas momentos antes. Julia Bernat, lady Macbeth sumida en sus oscuras pesadillas, se mueve entre ellos y la pantalla ofrece un primer plano de sus manos teñidas de rojo. Todos podemos ser Macbeth y también formar parte del bosque de Birnam que avanza hacia el castillo donde se ha refugiado el despiadado antihéroe shakespeariano. Unos breves textos de la tragedia leídos por espectadores resumen la esencia literaria de un espectáculo complejo y perturbador que salpica el ánimo de preguntas sobre la realidad política y social en que vivimos.

También intención política supura «Guerrilla», espectáculo de la compañía El conde de Torrefiel, comandada por Tanya Beyeler (Lugano, Suiza, 1980) y Pablo Gisbert (Onteniente, Valencia, 1982). Presentado en el Teatro de Salt, el montaje se desarrolla en tres contextos distintos: una conferencia de Romeo Castellucci, una clase de taichí y una fiesta de música electrónica, que transcurren, se supone que en la misma ciudad a diferentes horas de un mismo día de 2019, ajenos e independientes a la sucesión de textos que se proyectan sobre la pantalla colocada en la parte superior: una distopía sobre una posible guerra mundial en 2023, detalles personales de varios de los voluntarios que participan en esta iniciativa, referencias a la Guerra Civil, a la represión franquista y a niños robados en la posguerra, entre otras cuestiones. El objetivo es, según se aclara en el programa del festival, «visibilizar con el lenguaje del teatro documental las incendiarias tensiones que laten en nuestra confortable Europa». He de decir que la cosa me aburrió bastante.

Entre el tráfago de propuestas escénicas contemporáneas, la dirección de Temporada Alta ha encontrado hueco para expresar su preocupación por la reclamación por parte de la Agencia Tributaria, a escala estatal, del IVA de las subvenciones de los últimos cuatro ejercicios. Y también para dar acogida a la matraca separatista: en todas las salas o espacios en que los espectáculos lo permiten, hay diez localidades vacías con carteles en los que aparecen los nombres de los políticos catalanes encarcelados por presuntos delitos asociados al proceso independentista. Otra forma de hacer teatro.