El Orfeón Donostiarra, durante su concierto con la Orquesta del Festival de Budapest
El Orfeón Donostiarra, durante su concierto con la Orquesta del Festival de Budapest - Iñigo Ibáñez

La Orquesta del Festival de Budapest en la Quincena Musical Donostiarra: rompiendo barreras

La formación, dirigida por Ivan Fischer, ofreció dos conciertos, uno de ellos junto al Orfeón Donostiarra

Actualizado:

Las grandes orquestas europeas están dejando, en los festivales de la cornisa cantábrica sutiles mensajes en sus diferentes comparecencias. La música también puede ser un formidable vehículo para encauzar expresiones políticas, tomas de postura ante los problemas más inquietantes de la realidad.

A la Quincena Musical de San Sebastián regresó una de las mejores formaciones del viejo continente, la Orquesta del Festival de Budapest, con Ivan Fischer, su fundador y director musical, al frente. Lo hizo con dos programas muy diferenciados. El primero de ellos, de carácter festivo y «más ligero», sirvió a Fischer para dar toda una lección de integración a través de la música. Aprovechó el trasvase que, de forma continua, se produce entre la música popular y la académica para reivindicar la tradición de los gitanos húngaros, verdaderos baluartes de un repertorio que los compositores han ido reaprovechando. De esta forma, conceptos como integración, mestizaje y convivencia quedaban bien explícitos en el enriquecimiento mutuo que surge del contraste y del aprendizaje de la cultura del que llega, del diferente.

Toda la primera parte del concierto estuvo dominada por la música zíngara, por el folclore popular, a través de miradas muy diversas: por ejemplo la de Franz Liszt en sus «Rapsodias húngaras números 1 y 3». Fischer introdujo en sus versiones uno de los instrumentos clave de la música popular húngara, el cimbalón -magníficamente interpretado por Jenó Lisztes- y también a un violinista de la tradición gitana József Csócsi Lendvai, que dejó ver cómo se transmite el legado interpretativo a través de las familias, auténticas sagas artísticas, y que, en su caso, tuvo continuación perfecta en su hijo József Lendvay, ya formado en un conservatorio, y que es magnífica síntesis de ambas escuelas. Suyo fue el protagonismo en los «Aires gitanos opus 20» de Pablo Sarasate, y padre e hijo cerraron, junto a la orquesta, el primer tramo del concierto con la «Danza húngara número 11», de Johannes Brahms. Compositor que también fue protagonista en la segunda parte con su magnífica «Primera sinfonía» en una versión rotunda, de gran calado expresivo, por parte de maestro y orquesta.

A la segunda jornada de la orquesta se unió el Orfeón Donostiarra, lo cual marca siempre uno de los puntos culminantes de la Quincena. Las «Vísperas solemnes del confesor, en Do mayor, KV 339» de Mozart se ofrecieron con delicadeza y buen cauce dinámico, especialmente en pasajes como el «Laudate Dominum» o el «Magnificat» final. Correcto el cuarteto solista y, como siempre, en su sitio el Orfeón, con la obra perfectamente asumida en estilo y con precisión interpretativa absoluta. Gustav Mahler, omnipresente en las programaciones veraniegas, cerró la comparecencia de los húngaros con la «Sinfonía nº 4 en Sol mayor», obra de resonancias clasicistas en la que maestro y orquesta demostraron unidad de criterio absoluta. La Orquesta del Festival de Budapest es una formación excelente, tanto como conjunto como en las individualidades, y esto beneficia de forma específica al discurso mahleriano. La tensión dramática que aletea en algunos de los pasajes y que culmina en el hermoso y «celestial» lied, cantado por la soprano Christina Landshamer, remataron dos veladas de gran ambición artística.