La escritora mallorquina Llucia Ramis
La escritora mallorquina Llucia Ramis
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«Las posesiones»: Llucia Ramis, cuando somos lo que perdimos

El regreso al lugar donde has nacido y el reencuentro con tu pasado y el de tu familia puede deparar toda clase de sorpresas

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La infancia termina con el descubrimiento de que los Reyes Magos son los padres. La madurez -la verdadera madurez y no la de «los treinta son los nuevos veinte»-, empieza con el hallazgo de que los padres tampoco son los padres. Cuesta casi una vida entender que los que nos trajeron al mundo, antes de ser esos héroes que sentamos en el trono de los padres, fueron otros -son otros- a los que quizás nunca llegaremos a conocer.

Todo esto lo cuenta Llucia Ramis (Palma de Mallorca, 1977) en su novela «Las posesiones», premio de novela en catalán Llibres Anagrama, cuyas páginas están encabezadas por una sugerente cita de Santiago Russinyol: «Los que buscan la verdad merecen el castigo de encontrarla», que es un guiño a los personajes que habitan esta novela, que son, sobre todo, buscadores. Buscan a pesar de que lo que encuentran no siempre les acaba gustando. La narradora, una periodista mallorquina que vive en Barcelona, regresa a Palma unos días porque su adorado padre ha entrado en una espiral de crisis un poco preocupante. Ahí se reencuentra no solo con un padre al que no reconoce, sino con su particular pasado, que tiene un nombre propio, Marcel, en cuya persona se encarna uno de esos amores tóxicos pero apasionados cuya estela sigue enturbiando su presente.

Amores perros

Además, a lo largo de esos días vuelve a su memoria un siniestro episodio que marcó su infancia: el socio de su abuelo mató a su mujer y a su hijo y después de todo se suicidó. En «Las posesiones», cada uno de los personajes viven de sus coartadas y sus espejismos. La protagonista, lejos de la isla que la vio nacer, ha pasado su juventud en Barcelona dedicada a un oficio cada vez más cuestionado: el periodismo. Vive con Iván, también periodista, un hombre del que no está enamorada pero suple, aunque no del todo, la ausencia de Marcel, que, a la vez, sospecho, personifica el miedo al compromiso de la protagonista. Por otra parte está su padre, recién jubilado, convertido en una especie de don Quijote en la cruzada de una verdad universal y justa para todos. Y su abuelo, del que poco sabe, ejemplifica la materia opaca de la que está hecha el pasado. Ni siquiera el pasado nos pertenece, parece decir Llucia Ramis y de ahí el título, «Las posesiones», porque «possessió» en mallorquín quiere decir casa, el espacio que habitamos. Como en Andalucía cortijo o en Euskadi caserío. Pero ni siquiera las casas nos pertenecen ni nosotros les pertenecemos.

En ellas, en nuestras posesiones, proyectamos la ilusión de tener adonde regresar, aunque como dice la madre de la protagonista: «No tener adónde volver: crecer significa eso». Los vínculos, el pasado, una radiografía de este periodismo precario o la imposibilidad de adentrarnos en el otro son los motores que subyacen en esta novela llena de momentos brillantes y personajes, como el del padre o la propia narradora, extraordinarios. Con gran sensibilidad y sutileza, Llucia Ramis hace en «Las posesiones», una oda a los mundos que desaparecen y a lo difícil que es desprenderse de las cosas -ya sean casas, personas o historias. Hacia el final del libro está esa gran frase, la que también clausura la película de González Iñárritu, «Amores perros», «también somos lo que perdimos».

Llucia Ramis añade: «O quizás somos todo eso».