Una imagen de la producción de «Faust» que presenta el Teatro Real
Una imagen de la producción de «Faust» que presenta el Teatro Real - Ruth Walz

«Faust»: Steve Jobs contra Mefistófeles

El Teatro Real inaugura la temporada el próximo miércoles con el estreno de la ópera de Gounod basada en el mito creado por Goethe, con la dirección de escena de Àlex Ollé

Madrid Actualizado: Guardar
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La más alemana de las óperas francesas. Así define el director de orquesta Dan Ettinger «Faust», la obra de Charles Gounod con la que el Teatro Real inaugura el próximo miércoles su temporada operística, en una velada que contará con la presencia de los Reyes Don Felipe y Doña Letizia. Se trata de una coproducción con De Nationale Opera & Ballet de Ámsterdam, que dirige escénicamente Àlex Ollé, uno de los miembros de La Fura dels Baus. Los tenores Piotr Beczala e Ismael Jordi comparten el papel titular de la ópera, mientras que Luca Pisaroni, Erwin Schrott y Adam Palka se alternan en el papel de Mefistófeles, y Marina Rebeka e Irina Lungu interpretan a Marguerite.

«Faust», una ópera inspirada en el mito creado por Goethe a principios del siglo XIX, se estrenó en París el 19 de marzo de 1859 (seis años más tarde llegaría al Teatro Real). «Fue recibida con cierta frialdad –relata Joan Matabosch, director artístico del coliseo madrileño–, y su éxito le llegó cuando se estrenó en Alemania, bajo el título de «Marguerite». Pronto se convirtió en una de las óperas más populares del repertorio;en el Covent Garden de Londres se representó con tanta asiduidad que Bernard Shaw llegó a escribir que estaba harto de ella.

Ese éxito en tierras germanas lo explica Ettinger por su estilo alemán, «casi wagneriano en la composición, en las armonías;aunque no deja de ser, como es, una gran ópera francesa, pero con el estilo tan personal que tiene Gounod».

El éxito de la ópera, añade el director de orquesta alemán, tiene también que ver con el tema mítico que aborda. Y es que, dice Álex Ollé, «Fausto somos todos y todas. La insatisfacción es inherente al ser humano, y el público se siente inmediatamente identificado con esta obra;cómo un hombre sabio que lo tiene todo llega a una edad avanzada siendo consciente de que no ha vivido todo lo que tenía que vivir. Eso le genera una insatisfacción capaz de llevarle al suicidio. Entonces, aparece Mefistófeles, al que yo he visto siempre como el alter ego de Faust, el motor de sus deseos ocultos;son las dos caras de la moneda, y ahí está su lucha, que es la que tenemos todos. Y a lo que nos anima la obra es a que vivamos el momento, a que seamos felices y no esperemos a llegar a viejos para arrepentirnos de lo que no hemos hecho».

Faust es, desvela Matabosch, «un científico que trabaja en un proyecto que traba de construir un cerebro electrónico capaz de reproducir las funciones completas del cerebro humano». Completa Ollé que «es una especie de Steve Jobs, que busca darle sentimientos a las máquinas, humanizarlas. Y a partir de aquí pensamos: ¿Y si Mefistófeles y el resto de personajes son arquetipos? Por eso hemos convertido a los estudiantes en “hooligans”, a las jóvenes en barbies, a las matronas en mujeres operadas». El resultado es, continúa Ollé, «una tragicomedia». «Creo que es una propuesta muy divertida. Tiene partes fuertes y partes en las que te ríes por lo grotesco». Concluye el director de escena que «todos tenemos que escuchar a nuestro Mefistófeles. Es parte de nosotros, no deja de ser el que nos da el coraje para no tener miedo, el que nos anima a atrevernos, a tener la voluntad de arriesgar». «El mal –añade Valentina Carrasco, colaboradora de Ollé– es lo que nos pone en marcha».

Goethe

Dice Joan Matabosch que el «Faust» de Ollé muestra claramente que «su origen es Goethe, cosa que no ocurre en otras puestas en escena. Esos arquetipos de los que habla el director de escena, añade, «permiten que el espectáculo, pese a estar articulado por el severo conflicto metafísico goethiano, no deja de ser el “gran espectáculo” que siempre ha sido y será la ópera más popular de Gounod. Ese Goethe sentimental travestido no deja de formar parte del cliché de lo que durante años ha sido el paradigma de la opera-you-love-to-hate, la ópera que te gusta odiar, encarnación de la fosilización y de la irritante predecibilidad del repertorio, con Bianca Castafiore, el ruiseñor de Milán, repitiendo hasta la extenuación su Aria de las joyas en las viñetas de Tintín, de Hergé».

Estas funciones de «Faust» tienen el atractivo de contar como protagonista, en el primer reparto, con el tenor polaco Piotr Beczala, uno de los grandes intérpretes de este papel en nuestros días, y que debuta en el Teatro Real dentro de una producción operística (ya ha cantado en conciertos). Señala Beczala que la principal dificultad vocal de este personaje es el carácter totalmente diferente que presenta en el primer acto y en el resto de la ópera. «Al principio se necesita un tenor muy dramático, capaz de expresar toda la frustración del personaje. No hay que mostrar la belleza de la voz, sin desvelar esa insatisfacción que le lleva a firmar el pacto con Mefistófeles. Es un carácter vocal totalmente distinto del que exige el resto de la ópera, y desde luego es un personaje totalmente distinto al resto de los papeles de tenor en la ópera francesa». Se muestra de acuerdo con Beczala el tenor jerezano Ismael Jordi, que se alterna en el papel de Faust. «Hay una dificultad añadida y es tener que mostrar vocalmente el paso de un hombre viejo a un hombre joven. Nicolai Ghiaurov contaba que en Rusia existía la costumbre de que lo interpretaran dos tenores».

Y también Mefistófeles tiene sus propias exigencias: «Se necesita un gran artista, un actor camaleónico –dice Ettinger–. Es a la vez cómico, dramático y trágico, incluso desde la partitura».