Portada del Diccionario de la Real Academia Española
Portada del Diccionario de la Real Academia Española - RAE

¿Por qué desaparece una palabra del Diccionario de la RAE?

Entre 1914 y 2014, 2.793 palabras desaparecieron del Diccionario; ¿cuál es el criterio?

Madrid Actualizado: Guardar
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No respiran, pero mueren cuando caen en el olvido. Nadie las entierra, porque nadie las recuerda. Son las palabras desusadas, caducadas, desterradas. Las que se quedaron sin entrada en el Diccionario y que encontraron la nada en su salida. De ellas solo quedan sus huellas: rastros de tinta en papeles ajados por el tiempo, o en ficheros digitalizados y perdidos en la inmensidad de internet. Dicen desde la Real Academia Española (RAE) que se trata de un proceso muy raro, que se da muy poco. De hecho, en la última actualización del Diccionario solo se eliminaron dos. Ya no saben cuáles. No hay ninguna lista pública que las recoja.

Movida por esa anomalía, y siguiendo su interés por la incomunicación (qué gran época esta para reflexionar sobre esto), la artista Marta PCampos se puso a escarbar en ese territorio de voces muertas. Para desenterrarlas siguió una metodología sencilla, pero efectiva: comparó el Diccionario de 1914 con el de 2014, y así descubrió que en ese siglo habían desaparecido 2.793 palabras. Palabras como «cocadriz» (femenino de cocodrilo), «camasquince» (metomentodo) o «cuñadez» (ocurrencias del cuñado). También «libredumbre» o «lugarejo», dos casos de sufijos descartados. Con todas ellas ha hecho un libro -«Diccionario cementerio del español»- y ha montado la exposición «1914-2014», que ayer martes se presentaba en el Instituto Cervantes de Madrid.

El proyecto busca evocar esos palabros y, por qué no, darles una segunda vida. Pero sobre todo despierta preguntas. ¿Cómo salen las palabras del Diccionario? ¿Por qué lo hacen? ¿Quién lo decide? Es un proceso muy parecido al de cómo entran en el Diccionario. Primero se detecta una anomalía, se señala y se pide la documentación de esa voz. A veces, solo aparece un registro, es decir, que solo se tiene una constancia de su uso. A ese caso se le llama hápax, y suele resolverse con el destierro del Diccionario, porque ni siquiera se tiene la seguridad de que esté bien escrita.

Cuando aparecen dos registros también se considera algo muy escaso, y a esa palabra solo la puede salvar un valedor: si la utilizó un clásico (pongamos que Cervantes, por ejemplo) se mantiene. Si no, al hoyo. Con cuatro registros se convierte en intocable. Aunque el criterio no es del todo numérico. En síntesis: que la frecuencia de uso es la que manda, pero con permiso de los clásicos.

«Hay mucho miedo a quitar palabras. A la gente le gusta encontrarlas. Además, el Diccionario se precia de que con el vocabulario que describe se pueden leer los clásicos», explica Paz Battaner, académica y directora del Diccionario. «Todo depende de la documentación que tengamos», añade. En las dos actualizaciones que ella ha vivido al frente del Diccionario las palabras muertas no llegan a la decena… «Son palabras extrañas, que se han caído del uso. No tienen interés», asevera. Lo que más hay, en cambio, son modificaciones ortográficas, como pasar de «leción» a lección.

¿Puede haber palabras que resuciten, que vuelvan al Diccionario después de haber salido? «Es posible», responde Battaner. Los desajustes, claro, son posibles, pero no comunes. Y subraya que «es una utopía pensar que se puede tener recogido todo el vocabulario del español» porque este «se crea cada día». Lo que se registra es lo escrito. Y con eso se toman las decisiones.

Aunque el resumen es rápido, el proceso es lento, en consonancia con el resto de liturgias de la RAE. Los casos se estudian en comisiones de académicos, se elabora un informe, este se envía a las Academias americanas, que emiten sus opiniones. Después se vuelve a estudiar en la RAE. Es solo tras ese viaje transatlántico de ida y vuelta cuando se puede dictar el veredicto. Y siempre con cautela, porque más allá del Diccionario no hay nada. Tan solo el olvido, ese «lugarejo».