Editorial

Tarea pendiente

La conmemoración hoy del Día Mundial del Sida ha de servir de esperanzador recordatorio de los avances conseguidos para frenar la expansión de la epidemia, disminuir sus mortíferas consecuencias y favorecer la comprensión social de una enfermedad que padecen 33,2 millones de personas en todo el planeta. Pero el reconocimiento de los logros alcanzados en la prevención del mal y en las terapias que tantas vidas han ayudado a salvar debe actuar, ante todo, como imprescindible acicate para seguir combatiendo el virus y las fuertes desigualdades que provoca su contagio. Aunque el impacto del Sida es global, el compromiso para hacerle frente dista de ser igualmente común y eficaz. La constatación de que el mal empieza a adquirir el rostro de las mujeres que viven en las áreas más deprimidas; que el 88% de los niños infectados procede del África subsahariana, o que dos tercios de la población afectada carece del imprescindible acceso a los tratamientos antirretovirales, demuestra que la epidemia se ha convertido en un nuevo elemento de condena para los países más pobres o con gobiernos menos dispuestos a adoptar la medidas necesarias para prevenir el contagio.

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La insuficiencia de las terapias en el Tercer Mundo contrasta llamativamente con los progresos logrados en los países desarrollados para cronificar la enfermedad. Sin embargo, ese innegable éxito no puede conducir, en ningún caso, ni a comportarse con deliberado descuido en las conductas de riesgo, ni a eludir la propia responsabilidad en la detección precoz del virus si existe la sospecha de haberlo contraído. El Ministerio de Sanidad calcula que los contagios podrían reducirse en España un 30% si todas las personas infectadas contaran con el diagnóstico de que lo están. Una cifra tan relevante exige una intensificación de las campañas institucionales, pero también un mayor arropamiento social que evite el estigma y la discriminación que, aún hoy, se asocian al virus.