Isabel Ambrosio, durante una rueda de prensa reciente en la calle
Isabel Ambrosio, durante una rueda de prensa reciente en la calle - VALERIO MERINO
PRETÉRITO IMPERFECTO

Ambrosio y el Más Allá

Si hemos de morir, mejor que nos coja cerquita. Que pueda llegar Aucorsa y podamos aparcar

CÓRDOBAActualizado:

Hemos sido persistentes en el error sin caer en la cuenta de la verdad: nadie ha velado tanto por el Más Allá en Córdoba como nuestra alcaldesa doña María Isabel Ambrosio. Esa doblez mística de su gobernanza no es baladí, ni tampoco zen como equivocadamente intuíamos. Su tímido tránsito por el mundo de los vivos cordobeses, ese sutil roce con el pueblo —que ahora parece más encarnado—, no era desapego ni incomodidad adherida al cargo. Ella está sin estar, porque su regio mando discurre por los mundos de las almas becquerianas que «ansían la vida de la muerte», y esa bilocación política no es fácil de llevar. Ello explica su afán por la memoria histórica, por ejemplo, ungida por la fecha simbólica del 18 de julio..., que ya se sabe la trascendencia de los números en todas las religiones, y hasta en el ateísmo más burgués. Por la vida de los otros que fueron y ya no están aunque nos pertenezcan en el callejero y ahora les demos infinita ausencia. Hasta la batalla por cercar a Cosmos encierra una viaje metafórico por otros mundos estelares. O su pacto con la marca podemita Ganemos Córdoba, una especie de encuentro en la tercera fase. O su filosófica relación de gobierno con Pedro García: doña María Isabel es el alma aristotélica que ordena al cuerpo, su pecaminoso compañero de cogobierno. ¿Para qué preparar el futuro materialista de la ciudad si aún podemos ordenar el nuevo pasado y mirar al Más Allá...?

A doña María Isabel le preocupa cómo deben morir sus vecinos, y qué mejor dicha que la anticipada por nuestro lúcido paisano Séneca: «La vida entera del hombre no es otra cosa que un camino hacia la muerte...». Y qué mejor que nos coja cerquita de casa, no camino del cementerio que linda con Alcolea. Que pueda llegar Aucorsa, o que podamos aparcar. Es por ello que nuestro Ayuntamiento quiere plantar un tanatorio veladamente en el Cementerio de San Rafael y dejar de criar malvas. «Una medida de gran calado y privilegiada situación», que dice la empresa municipal de cementerios Cecosam en su informe de viabilidad. No admite discusión.

Y en esta disyuntiva, los vivos se han revelado al magisterio funerario. Por si no lo sabían hasta ahora, el Ayuntamiento tiene una empresa de cementerios y servicios necrológicos desde 2006 que pierde dinero cada ejercicio a mansalva (unos diez millones de euros en suma) que hemos de cubrir de manera solidaria todos y cada uno de los presentes. Regenta los camposantos y presta cualquier necesidad que usted precise, hasta un pacto de gobierno si fuera menester. La fundó Doñarrosa en medio de una exigencia sindical que convirtió el salón de plenos en una tanatosala con ataúdes y plañideras. Sirvió para engordar la plantilla municipal y abrir agujeros negros. Lo que no mata, engorda. La ley de sostenibilidad pública ha invitado varias veces a Cecosam a echar el cierre por esos números rojos, pero desde el Consistorio se le inyectan cada año miles y miles de euros para enterrar el déficit y no toparse con otro serio problema interno y político.

El nuevo tanatorio incumple normas por doquier pero no la divina. Dicen que es un velatorio donde contar los mejores chistes (en sí, la idea es uno genial). Pretende copar el sesenta por ciento del mercado funerario, subir los precios, derivar un millar de cremaciones a las instalaciones de Alcolea y cubrir los miles de nichos liberados en San Rafael para un eterno descanso en pleno casco urbano. Este pasadizo a la eternidad dejará un millón de euros al año en Cecosam, que seguirá recibiendo sus transferencias para solapar pérdidas y tomar mando en plaza en el tránsito al Más Allá. Acosta, eso sí, de los iracundos vivos que llevan años intentado sobrevivir y trabajar de los entierros de manera honrosa. Hasta los muertos cuentan ya en unas elecciones.