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First Dates

El grosero desplante de un heavy en «First Dates» a su pareja

La cita entre Laia y Raúl empezó bastante bien, pero al final fue deteriorándose

Raúl aseguró estar encantado con su oficio como enterrador
Raúl aseguró estar encantado con su oficio como enterrador - CUATRO
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Ni más ni menos que 555 ediciones cumplía «First dates» la noche del miércoles, una cifra solamente a la altura de contadísimos formatos televisivos. Carlos Sobera y su equipo cabalgan sin despeinarse hacia la noche número 1000 del dating show de Cuatro. No parece que haya nada que pueda impedirles alcanzar números incluso más altos, pues la única materia prima que necesita el programa son solteros desesperados y con un punto exhibicionista dispuestos a tener una cita ante las cámaras, algo que abunda en España.

La noche de este miércoles fue de reediciones, y otorgó segundas oportunidades a solteros que ya habían probado suerte en el programa, sin éxito. De vez en cuando el equipo de «First Dates» hace un acto caritativo de este tipo y vuelve a abrir sus puertas a lo que Sobera llamó «solteros reincidentes». El primero que pudo disfrutar de su segunda oportunidad fue Joel, que en su anterior cita era rubio y esta vez compareció moreno.

«Soy un aventurero y busco a alguien que me acompañe en mis aventuras: hoy estoy aquí pero mañana no sé dónde estaré», se presento Joel, un argentino de 28 años afincado en España cuya anterior cita fue un fracaso estrepitoso. Su pareja fue Gina, de solamente 20 años, que ya se llevó el primer corte del argentino nada más conocerse. «¿A qué te dedicas?», le preguntó la joven para romper el hielo, a lo que Joel le contestó que ya habría tiempo para hablar de eso y que no era ese el momento, algo que dejó a Gina descolocada. Pese a que la primera toma de contacto no fue muy prometedora, la cita transcurrió cordial y surgió un amago de chispa entre los dos. Al final la cosa no cuajó y, aunque cualquier hubiese pensado que un gran amor podría haber nacido entre los dos, la muchacha no acababa de verse con el aventurero ocho años mayor que ella.

Otro de los repartidores fue Paco, un barcelonés de 59 años que había tenido una noche fatídica la primera vez que pisó «el restaurante del amor». Su pareja fue una heladera barcelonesa llamada Toñi, que lucía un peinado más propia de adolescente de 15 que de señora de 60 como ella es: la parte lateral de la cabeza rapada casi al cero y un tupé teñido de rosa. Desde el primer momento se cayeron bien y pasaron toda la cena riéndose hasta que casi al final Toñi recordó algo...

«Yo te conozco...», le dijo la barcelonesa, a lo que Paco respondió que no tenía ni idea de qué, que no recordaba haberse visto antes con la heladera. «Sí, sí...», insistió ella, «nosotros hemos hablado varias veces por Badoo y nos hemos visto también bailando, pero tú no te acuerdas». A Paco le incomodó un tanto ese comentario, y de ahí en adelante la prueba fue cayendo en picado hasta que, en el momento decisivo, prefirieron volver cada uno por su propio camino.

Uno de los momentos más «heavies» de la noche, y nunca fue mejor utilizado este adjetivo, ocurrió en la cita entre Laia, una barcelonesa veterana del programa, y Raúl, que llegaba por primera vez a «First Dates» desde Ciudad Real. Él era el tipo de hombre que a ella le gustaba, es decir, un heavy metal de manual: ropa negra, melena hasta donde la espalda pierde su nombre y una perilla tan larga que podría agarrarse con las dos manos.

Laia es operadora telefónica, pero hablaba e interrogaba a su pareja como si fuese una profesora. Llegó la pregunta consabida y previsible sobre la ocupación de Raúl, y su respuesta la dejó ojiplática. «Bueno, soy funcionario, trabajo en un cementerio...», empezó el heavy, «soy enterrador, vaya, y me gusta mucho mi trabajo, es el trabajo que cualquier metalera desearía tener». Laia encajó la respuesta con humor, preguntándole por las vicisitudes del trabajo: «¿Y no te da cosilla? Yo me cagaría viva, vamos...».

No era lo único relacionado con la muerte con lo que disfrutaba Raúl, que también era amante del cine gore y de la música oscura. Pese a ello, la cita fue cordial y los dos se encontraron cómodos sentados a cenar con su pareja. Hacia el final de la cita las cosas empezaron a deteriorarse, hasta que Raúl hizo gala de su mala educación y le dijo que le ponía« la cabeza como un bombo». Así pues, cada uno prefirió volverse soltero a su casa y no volver a ver nunca más a su pareja.