El octavo pecado capital de la televisión: así se convierte la política en un espectáculo

Ya no importa que lo que cuente sea verdad, sino que parezca que la televisión es la propia verdad, y que lo que cuenta se dé por hecho que lo es

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Hubo una época, a finales del siglo XX y con la consolidación de la televisión en todos los hogares, en la que los programas de información que se emitían intentaban ser un reflejo fiel, y neutral, de la realidad. Sin embargo, el desarrollo del medio catódico, en lugar de integrar las innovaciones tecnológicas para ganar en calidad manteniendo su esencia ha evolucionado en otra dirección. Ya no interesa representar la realidad, sino crear una propia; crear contenidos dentro de la televisión, en lugar de buscarlos fuera. Por tanto, ya no importa que lo que cuente sea verdad, sino que parezca que la televisión es la propia verdad, y que lo que cuenta se dé por hecho que lo es.

Sucede, sin ir más lejos, con muchos de los programas que integran las parrillas actuales. No solo con los realities, que imponen una forma de vida haciéndola pasar por real, siendo como son cantera de personajes famosos que luego terminan reciclando las mismas cadenas. También pasa con otro tipo de espacios que, en principio, se consideran más serios, como los debates o tertulias políticas.

Es tal la incidencia de este tipo de programas que incluso Sálvame ha reinventado su Deluxe, invitando por ejemplo a Gabriel Rufián líder de ERC. También «El Chiringuito de Jugones», conducido por Josep Pedrerol, ha debatido sobre la independencia de Cataluña, dejando a un lado su especialidad, el deporte. Incluso «Mad in Spain», experto en frivolizar contenidos serios, se ha concebido como altavoz de rostros televisivos que conversan, y agitan el debate, sobre temas de la actualidad más inmediata y polémica. También incluyen al público presente. Su abanico de invitados es de lo más ecléctico: tuvo «Terelu en plan tertuliana del Estado de Derecho. "Siempre es malo generalizar y siempre es malo radicalizar", decía tan pancha», a Sofía Cristo o a Salvador Sostres, pero como asegura Hughes en su columna, «a "Mad in Spain" le sigue faltando algo. Se queda a medio camino del "Sálvame" y las tertulias. Un guirigay muy confuso que al rato marea. No se sabe a qué portería chutan. Es un todos contra todos soltando lugares comunes a quemarropa. ¿Qué le falta? Puede que los partidos políticos. Sus consignas. Lo que compacta una buena tertulia. Ahora es un limbo de seres entre el colaborador y el tertuliano».

La política... del espectáculo

Pero fue La Sexta Noche una de las que inauguró esta dinámica. Su estrategia, como la del resto de programas de este tipo, resulta obvia: a través de perfiles marcados y diversos se pretende crear un vínculo con el espectador, que sentirá más afinidad con cada uno de los tertulianos gracias a su ideología fácilmente identificable. En lugar de canalizar la actualidad política, cada invitado representa un papel digno del más laborioso casting. Uno realiza aspavientos, exaltando su punto de vista mientras su contraparte le rebate de forma sosegada; otro se limita a alimentar la polémica, tirando dardos y siendo a su vez la diana de todos. La política, en televisión, va más allá de vertebrar la vida de los ciudadanos que asisten al debate desde su casa: se convierte en un puro espectáculo.

«Si tomamos consciencia del programa, podemos ver que no se habla de política, sino de la apropiación de la política por la televisión, que se alza como sujeto productor de ideas políticas. La televisión, como vemos, se ha apropiado, incluso, de las realidades que son externas a ella, acomodándolas al relato de su verdad; un relato medido previamente, analizado, por tanto, en cada detalle, y que ofrece una verdad pulcra, de fácil asimilación por los espectadores, que, por su parte, cada vez dudan menos de la verdad de la televisión», explica José Luis Pérez Torre en un ensayo de la revista literaria «Ocultalit». Así se pasa de informar sobre la verdad a producirla. Y, por tanto, a frivolizar sobre ella.

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