Oro - Película

Raúl Arévalo: «En el rodaje de "Oro" había mucho ego y más testosterona»

El cineasta madrileño interpreta al conquistador Martín Dávila en la película de Agustín Díaz Yanes sobre la búsqueda del Dorado

Raúl Arévalo, con Agustín Díaz Yanes al fondo, posan para ABC antes de la entrevista
Raúl Arévalo, con Agustín Díaz Yanes al fondo, posan para ABC antes de la entrevista - Ignacio Gil
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Cuando Raúl Arévalo (Móstoles, 1979) recogió el Goya como mejor director novel por «Tarde para la ira», recordó a todos los directores para los que había trabajado. Un gesto de un cineasta que atiende a cada detalle para no dejar de evolucionar. Ahora se estrena con Díaz Yanes en una película de época en la que da vida –y pone voz engolada– al conquistador Martín Dávila. La aventura de la conquista –cinematográfica– no ha hecho más que comenzar.

P - ¿Qué piensa al ver la escena en la que Martín Dávila clava el pendón real en el Pacífico y dice que todo ese mar es suyo? Sólo con poner una bandera ya eran los amos del lugar...

R - No lo sé… Igual que todos los que ponen ahora banderas en el balcón. Fíjate que no lo había pensado por ahí. Para ellos, en aquella época, el pendón era un símbolo. Y pensaban que por poner una bandera esa tierra te pertenece. No quiero hacer aquí ninguna analogía barata entre una historia y otra. Pero el tema de las banderas no es lo mío. No soy nacionalista de ningún tipo, ni de banderas de ningún otro.

P - ¿Ha cambiado protagonizar la película su forma de ver la Conquista?

R - No, mi opinión no ha cambiado en nada.

P - ¿Y cuál es esa opinión?

R - Lo que veo que fue, y simplificando mucho, es que aquí en España había gente con una esperanza de vida de 40 45 años que se moría de hambre y trabajaba en el campo como mulas, o mercenarios, o soldados... Y les decían que en aquellas tierras había Oro y los ríos llevaban perlas. Y ante la vida que les esperaba aquí se embarcaban en esa aventura, y cuando llegaban no había oro ni perlas, lo que había era una tierra por explotar, chicas por violar, indios que mataban y a los que matar. Arrasaban, imponían una religión... Y al final morían entre enfermedades, guerras o matándose entre ellos. Eso lo cuenta muy bien la película, y es algo muy diferente a lo que el cine español había hecho hasta ahora.

P - ¿Es, pese a todo, una película épica?

R - Hay una épica pero sin buscarla. Es épica formalmente, pero no son épicos ellos. No hay grandes héroes ni batallas. Me gustaba mucho de Tano (Agustín Díaz Yanes) que al ensayar con el maestro de armas a coreografiar le decía que no quería las típicas batallas. Él dice algo muy real: ¿Tú te crees que después de estar meses comiendo hojas y de vez en cuando algún bicho que pillaras, que habías pasado una gripe, que apenas dormías, que te habían picado miles de mosquitos, te viene un indio y te pones en guardia a hacer esgrima? Ahí imagino que la pelea sería que el primero que golpea te abre la cabeza y te mata. Ahí no había ni épica ni leches. Ahí no tenías ni fuerza para luchar. La película es un poco épica pero buscando la contra, esa cosa sucia, seca y realista de lo que debió ser.

P - Hay casi más muertos a manos de «compañeros» que de enemigos...

R - Tano dice que el ser humano, aunque hayamos dado pasos de gigante en algunos aspectos, no ha cambiado tanto a lo largo de los siglos. Hay cosas que son inherentes a nosotros, y en el caso de los españoles hay cosas que vienen de esos siglos y que se fueron potenciando a lo largo de los años, las guerras...

P - Hay mucho en «Oro» de eso tan español del quítate tu para ponerme yo...

R - La película es una historia de ambición, de quítate tú para ponerme yo, sí, pero se da en todos los países. Desgraciadamente es algo que va en nosotros.

P - Con sus compañeros, todos ganadores del Goya, ¿había también de esa tensión, de esa lucha de egos?

R - Sí. Había mucho ego y más testosterona. Pero yo pensaba que iba a haber más para luego poder contarlo en las promociones, que vende bien. Pero ayudó mucho que empezamos a rodar fuera de casa las cosas más duras y eso nos unió. Cuando leí el reparto y vi José Coronado, Óscar Jaenada, Juan Diego, Luis Callejo… Yo me dije: "Con estos no me las quiero ver a malas con ninguno". Pero cuando estábamos allí, siendo unos tan diferentes de otros, ya no solo era una cosa de respeto, estuvimos muy unidos… Era un poco Gran Hermano pero para bien. Tenía la fantasía de contar batallas, anécdotas. Pero no, tengo más de otros rodajes que ni te lo olerías que de este.

P - ¿Cuándo nota más la presión, al dirigir o al actuar?

R - Son diferentes tipos de presión. Y no es mayor una que otra, es diferente. A veces me decían: "Ya verás cuando dirijas lo duro y cansado que va a ser". Luego me di cuenta, cuando lo hice, que los que me lo dijeron eran directores que ninguno había sido actor. Y me di cuenta lo poco que valoraban el trabajo del actor.

P - ¿En qué sentido no lo valoran?

R - Esto que se dice a veces de que el actor se toca los huevos, pues a veces se los toca, pero a veces haces películas como «Oro» o «La isla mínima» en la que te dejas la piel de tal forma que no es diferente el agotamiento al que llegas que cuando diriges. Es de diferente en la forma, pero igual de agotador.

P - Cuando recogió el Goya recordó a todos los directores con los que trabajó y dijo que de todos había aprendido algo. ¿Qué ha aprendido de Díaz Yanes?

R - A Tano no lo conocía, pero «Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto» fue uno de mis mayores referentes para preparar «Tarde para la ira». Con él comparto gusto por un tipo de cine y por la forma de trabajar en algunos aspectos. Y he aprendido la templanza. Él, que le gustan los toros, tiene algo de torero, de saber manejar todo tipo de vicisitudes sin alterarse. O al menos aparentar que no le da miedo, como los toreros, y por dentro estar cagado. Digo que he aprendido, pero más que aprender es admirar, porque en mi carácter soy mucho más «atacao», mucho más «arrebatao».

P - Hay un salto generacional entre ambos. ¿Ha pensado en qué cosas usted hubiera hecho diferente al rodar?

R - No, desde que dirigí nunca me pongo en la piel del director cuando actúo. Yo sueño con contar mis historias, me gusta mucho dirigir, es lo que más me apasiona, pero cuando trabajo con un director nunca me planteo cómo lo haría. Es curioso, no es que no quiera hacerlo, es que no me sale. Es como que de repente cambio el chip y me pongo actor y no me da por pensar cómo lo haría. Veo que cada decisión es parte del estilo de cada uno y no entro en ese tipo de debates.

P - ¿Cómo es para un actor eso de viajar al pasado?

Es muy divertido hacer películas de época. Esa cosa de jugar, de actuar, tiene más sentido que nunca aquí porque te disfrazas de verdad y juegas a ser otro de verdad.

P - ¿Cree que se criticará cómo aparecen retratas las mujeres del filme? ¿Le gusta cómo aparece la mujer en la película?

El personaje de Bárbara tiene carácter, es luchadora. Y por sobrevivir, como cualquier ser humano, hace lo que sea. Por desgracia, en aquella época, la mujer era tratada como un objeto. Igual que los indígenas, que para los soldados no tenían alma, por lo que eran animales y por eso hacían las barbaridades que hacían. La mujer en aquella época era lo que era…

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