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El mito de Caronte, el barquero infernal en el que se inspiró Harry Potter

Casualidad o no, J.K. Rowling pudo beber, sin saberlo, del ambiente que recrea la historia de la manida leyenda

El mito de Caronte, el barquero infernal en el que se inspiró Harry Potter

¿Qué pueden tener en común Harry Potter y la mitología griega? Aparentemente, nada. Las diferencias son más que evidentes. El niño mago, filón inagotable de la literatura contemporánea, difiere, tanto en forma como en contenido, de la tradición inoculada generación tras generación en la cultura helénica.

Sin embargo, puede que inspirada por el misterio que sugiere la mitología griega, la creadora del universo mágico, J.K. Rowling, pudo beber, sin saberlo, del ambiente que recrea la historia del barquero infernal, una de las leyendas más manidas, referenciada hasta la saciedad en películas (incluso animadas, como «Hércules») y protagonista involuntaria de «discusiones» dialécticas entre Virgilio y Dante.

Según el mito, Caronte guiaba a los muertos de un lado a otro del río Aqueronte (o la laguna Estigia tal y como precisaba Virgilio en su «Eneida»).

Si bien es cierto que ninguna de las figuras de la saga mágica replica la figura del barquero de Hades, una escena de la película «Harry Potter y el misterio del príncipe» (y también del libro) recuerda sustancialmente a ese inframundo por el que Caronte navegaba, guardián tacaño del Dios de los infiernos.

Un lago oscuro, tétrico, una barca hundida, y muertos.

«Ante ellos surgió un panorama sobrecogedor: se hallaban al borde de un gran lago negro, tan vasto que Harry no alcanzó a divisar las orillas opuestas, y situado dentro de una cueva tan alta que el techo tampoco llegaba a verse. Una luza verdosa y difusa brillaba a lo lejos, en lo que debía ser el centro del lago, y se reflejaba en sus aguas, completamente quietas. Aquel resplandor verdoso y la luz de las dos varitas eran lo único que rompía la aterciopelada negrura, aunque no iluminaban como Harry habría deseado. Por decirlo de alguna forma, se trataba de una oscuridad más densa de lo habitual».

Así recrea Rowling la visita de los dos magos a la Cueva del Horrocrux, donde Voldemort había escondido una parte de su alma en el guardapelo de Salazar Slytherin. No tenían que pagarle al barquero de Hades un óbolo por el viaje, la ida en esta ocasión era gratis. Sin embargo, una vez obtienen el objeto que andaban buscando, el mal se cobra su precio. La muerte acecha y a punto está de acabar con la vida del director más mítico de Hogwarts, y de repente los problemas se multiplican. Multitud de cadáveres emergen del agua. Los inferi, criaturas revividas a través de la magia oscura, atacan a Harry Potter y ni su bullir de hechizos primerizos, «Petrificus totalus, sectumsempra... —tantas aventuras para acabar empleando siempre los mismos sortilegios— logran neutralizarlos.

Y, como en todo inframundo, el simbólico fuego.

Entonces, cuando la esperanza se escurre como la luz en la sombría cueva, «el fuego surgió en la oscuridad, un anillo de llamas rojas y doradas rodeó la isla y provocó que los inferi que sujetaban a Harry oscilaran y perdieran el equilibrio, sin atreverse a cruzar las llamas para llegar al agua». Un moribundo Albus Dumbledore susurra un hechizo que salva, cómo no, la vida del niño que sobrevivió, y sigue haciéndolo. A los superhéroes de moda, al realismo, a la literatura... y a su propia saga, ahora con «Animales fantásticos y dónde encontrarlos», un spin-off que se estrena el próximo 18 de noviembre.

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