Crítica La gran enfermedad del amor: Romance corriente y su chispazo

Hay momentos, encuentros y desencuentros, en los que se traspasan la gracia y la emotividad como si fuera el convoy del aceite

Fotograma de «La gran enfermedad del amor»
Fotograma de «La gran enfermedad del amor»
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Todo el mundo conoce el hilo de las comedias románticas, y dónde están sus nudos y cómo se atan y desatan. Y tal vez por eso resulta más conmovedor, gracioso y sorprendente que este hilo archisabido (chico y chica se conocen, se atraen, distraen, contraen, retraen…) no contenga ni un solo nudo en su lugar previsto, y que embauque (enamore) a cualquier espectador que disfrute haciendo papiroflexia sentimental y cultural ante la pantalla. La física de la joven pareja protagonista es clave para el desarme de los prejuicios de género, y también de sexo, pues ambos, Kumail Nanjiani y Zoe Kazan, están a mil millas de lo cursi, y poseen una enorme belleza, pero no en el plano, sino en la secuencia.

Hay momentos, encuentros y desencuentros, en los que se traspasan la gracia y la emotividad como si fuera el convoy del aceite, y tienen eso tan difícil de calibrar (y de contener) que se llama desparpajo y transmiten el latido de sus personajes, tan sencillos, tan culturalmente complejos, a un ritmo sin «jazz» pero con el eco woodyalleniano.

Ellos son el centro y la diana, pero sus contornos son formidables, y no sólo la sorprendente Holly Hunter o el filosófico Ray Romano, sino todo el extraordinario corte de secundarios, que forman una trama paralela familiar (las cenas con los padres musulmanes de él) y profesional (las veladas de los monologuistas «graciosos») que tiene tanto empuje como el hilo principal.

Una gran cita con el cine cercano, de calle, de barra y local, en la que lo gracioso atempera lo dramático y conmovedor, y lo conmovedor subraya lo gracioso.

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