Crítica de Detroit (**): Quedarse en las afueras de Detroit

«Es una película muy dura, sí, porque la historia no permitiría otra menor intensidad, pero la mano de Bigelow la tergiversa y nos cuenta lo que no es, dejándose sin contar lo que es»

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Kathryn Bigelow tiene vocación testimonial de la historia: ese yo lo he visto y yo tengo una opinión, que le ha permitido hacer películas complejas como «En tierra hostil» o «La noche más oscura», y que ahora viaja con su cámara hasta los disturbios raciales, terribles, apoteósicos, durante finales de los años sesenta en el Estado de Michigan y concentrados en la ciudad de Detroit.

Sin duda, la intención de Bigelow es confrontar a la sociedad americana con su complejo y turbulento pasado de brutal racismo. Nunca está de más echarle un vistazo hoy a monstruosidades de la sociedad de hace medio siglo, siempre y cuando se conserve el rigor de la mirada y la intención no sea amplificar la indignación y adosarla al presente, que en el caso de los EE.UU. significa a la generación post Obama.

La película de Bigelow es funcional en su estructura y delirante en su esencia, pues arranca de la categoría (injusticia, violencia, disturbios, caos…) para instalarse en la anécdota, que el guion banaliza en la actuación de dos o tres policías malos y una decena de ciudadanos negros convertidos en víctimas de una noche psicótica.

El retrato de los policías es caricaturesco y primario, y tan limitado de trazo como todo el relato del proceso, y el de las víctimas y sus hilos narrativos es torpe y edulcorado. Es una película muy dura, sí, porque la historia no permitiría otra menor intensidad, pero la mano de Bigelow la tergiversa y nos cuenta lo que no es, dejándose sin contar lo que es: ¿alguien sabe algo más de aquel Detroit cuando sale de verla?

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