EL RECUADRO

Ratas y peste

Traer ratas a Sevilla es como llevar bacalao a Escocia. En La Buhaira hay ratas de verdad que hasta te van por café

Antonio Burgos
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Desde que se inventó el sonoro e incluso antes, Sevilla fue un continuo plató natural para el cine. No hay que remontarse a las escenas de Semana Santa tomadas a lo vivo, en la calle, en la versión muda de «Currito de la Cruz» que dirigió en 1925 Fernando Delgado de Lara adoptando la novela de Pérez Lugín. Basta pensar en las «españoladas» de los años 30 a 70 del siglo XX para comprobar que de Benito Perojo a Luis Lucia, las calles de Sevilla, sus topicazos, la Semana Santa, la Feria, sirvieron de plató natural y baratito. Durante decenios, Sevilla fue plató callejero para las «españoladas» del cine. Y ahora lo es para las «sevillanadas» históricas. Está de moda la novela histórica, con todas sus faltas de rigor en cuanto a anacronismos y lenguaje de cada época, y está de moda el cine histórico. Y lo mismo que nuestra ciudad era carne de cañón para la españolada del cine, ahora lo es para la «sevillanada» histórica que digo.

Por ejemplo, «Juego de Tronos».

Por ejemplo, «La peste».

Antes la gente iba como novedad y curiosidad a los escenarios sevillanos que habían salido en las películas folklóricas, poco menos que buscando que Estrellita Castro se hubiera dejado olvidado por allí su famoso rizo. Ahora va a los escenarios que han salido en «Juego de Tronos». Para muchos, el Alcázar no es el Palacio Real en uso más antiguo de Europa, ni el del Emperador Carlos, ni el de Don Pedro el Cruel. Para muchos es donde rodaron «Juego de Tronos». Como ahora unas ratas doradas, qué asco, señalan al cateterío local (que haberlo haylo) la «Ruta Dorada de la Peste», marcando los lugares relacionados con esta serie basada en la devastadora epidemia de 1649, que diezmó a la población sevillana y que llenó los alrededores de las iglesias de cruces de carneros (fosas comunes para las víctimas mortales), como la del Baratillo o la que aún puede verse en los jardines de la iglesia de San Sebastián en El Porvenir.

Yo creo que de todo esto tiene la culpa Pérez Reverte, que desde que Eslava Galán y el difunto y querido Rafael de Cózar lo volvieran loco con nuestra ciudad, puso de moda en sus novelas históricas de Alatriste a la Sevilla del Siglo de Oro, a la de la novela picaresca, que es la misma que ahora sale en «La Peste», de las Gradas de la Catedral al Hospital de las Cinco Llagas. Donde las ratas doradas de guardarropía señalan el itinerario. Pero traer ratas a Sevilla, aunque sean doradas, es como llevar bacalao a Escocia. En la avenida de La Buhaira hay ratas de verdad que hasta te van por café y te hacen mandados. En Los Remedios hay ratas de hermosas como para ser declaradas BIC. Que levante la mano el sevillano en cuyo barrio no haya ratas de verdad, que lo van a sacar en el trailer de «La Peste».

Y de pestes, ni te cuento. Mucho hablar de la peste de 1649 que ha inspirado la serie de Alberto Rodríguez y Rafael Cobos, o de la de 1865, que se llevó al derribista alcalde García de Vinuesa en justo castigo a su perversidad de demoler puertas y murallas. Pero en Sevilla sigue habiendo pestes. Epidemias. Lo que pasa es que aún no han hecho películas de ellas. Pero ya caerán. Hay una peste importante de veladores. Hay una peste de peatonalizaciones. Una peste de pisos turísticos. Una peste de turismo chungalé que no deja un duro. Una peste de hoteles nuevos. Una peste de pasemisí, pasemisá a los políticos de la Junta acusados de la mangoleta de los ERE, que se irán de rositas. Una peste de franquicias que se han cargado al comercio tradicional. Una peste de coronaciones y procesiones extraordinarias en las cofradías. Una peste de pregones de todo. Una peste de carteles de todo. Y así todas las pestes que quieran. Ahora que para peste, peste, peste, lo que se dice peste, el olor a sudorina de ese guarro que te cae el lado en el autobús de Tussam y que se lava menos que la coleta de Pablo Iglesias.

Antonio BurgosAntonio BurgosArticulista de OpiniónAntonio Burgos