CARDO MÁXIMO

Descalabros

Tengo sobre mi mesa de trabajo dos libros que me han descalabrado últimamente

Javier Rubio
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Hay palabras de otra época, que te devuelven a un tiempo pasado, no sé si mejor pero desde luego más feliz. Por auténtico o, mejor todavía, por la autenticidad que nuestra mirada ingenua descubría entonces. Me ha pasado con «descalabro» a propósito del terrible suceso de la anciana de 79 años golpeada en la cabeza por un rótulo luminoso desprendido del techo. Ya nadie dice descalabrar, que suena como a herido chorreando sangre por la calle llevado en volandas —o en una batea con ruedas de la plaza de abastos— hasta la casa de socorro. Ahora, el aséptico traumatismo craneoencefálico opaca toda esa riqueza semántica capaz de diferenciar entre descalabrados, chocados y descoyuntados sin necesidad de recurrir a la jerigonza técnica tan aseadita.

Pues bien, tengo sobre mi mesa de trabajo dos libros que me han descalabrado. De diferente factura, de distintos autores y de alcance también divergente pero unánimes en su capacidad para herir en la cabeza. Uno es el catálogo de la exposición de Jesús Martín Cartaya en el Cicus con imágenes recuperadas de su archivo por Álvaro Pastor y Pepe Morán. Otro, un voluminoso ensayo de Rocío Plaza Orellana sobre los orígenes modernos de la Semana Santa editado por El Paseo.

Por las páginas de Martín Cartaya desfila una parte no desdeñable de la infancia y adolescencia de la generación del «babyboom»: muchos derribos, cartelería sujetando los caliches de las paredes de establecimientos finiquitados, carteles de cine S, soldados sin graduación paseando la tarde libre, hombres —sin ninguna mujer— en camisa de manga corta alternando en los bares, descampados y desconchones, taxis negros, rótulos luminosos pobretones, el doble puente arriostrado del Patrocinio —cuya voladura contemplaron estos ojos desde la terraza del bar Vicente— y muchos coches, por todas partes, aparcados de cualquier manera, colapsando la calle Tetuán, procesiones muy claritas de público...

Aunque más claritas serían a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX a tenor de lo que publica la historiadora Rocío Plaza después de revisar archivos de hermandades y actas del concejo (que no Consejo). El mérito de la profesora está en documentar, por encima de opiniones infundadas, el trampolín que las juntas de gobierno supusieron para la carrera de no pocos personajes que escalaron posiciones sociales (hoy llamaríamos políticas) desde las hermandades. En su libro, queda documentado cómo la burguesía fue apoderándose de las hermandades mientras fraguaba la paulatina retirada de la aristocracia en modo análogo a cómo las clases medias conquistaron el poder en el ámbito cofradiero justo en los años que Martín Cartaya mejor ha documentado con su inseparable cámara. Pero ese descalabro está aún por contarse.

Javier RubioJavier RubioRedactor jefeJavier Rubio