LA TRIBU

Chismería

La chismería actual ha cambiado el delantal y ha cambiado la casapuerta por un plató de televisión

Antonio García Barbeito
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Y decían que eran chismosas aquellas mujeres que con el delantal recogido o con la lengua con el dobladillo suelto, comentaban cualquier cosilla de alguien de la vecindad, que si vieras lo puerca que Fulana tiene la casa, que si hay que ver que se lleva todo el día en la calle, que si vaya la niña que tiene, que si vaya las borracheras que coge el marido… Decían que eran chismosas porque a lo mejor en el corrillo salía la barriga escondida de una que iba de decente —como si la decencia y la barriga tuvieran algo que ver—; o que si ayer la vi en la tienda y cuando dijo «apúntamelo» no sabes la trampa que tiene allí… Decían que eran chismosas por aquellos comentarios. Sí, lo serían, pero en la comparación con lo que vemos, oímos y leemos hoy, aquellas vecinas del delantal recogido con un imperdible, rezaban más que chismorreaban.

La chismería que hoy vende ha sabido desprenderse del delantal, del pulgar afianzado bajo el maxilar y tres dedos haciendo de cortina —con mucho más arte y gracia con que hoy lo hace la gente del fútbol— ante la boca, para que la palabra saliera como gato entre barrotes de ventana, y, como mucho, aquel chisme corría la calle y quizá alguna otra cercana, pero allí se quedaba. La chismería de hoy no se pone prudentemente en un corrillo aparentemente familiar ante una casapuerta; la chismería de hoy va de traje o con ropa casual, con una carrera o media carrera en el bolsillo, un micrófono y una cámara cercana, y se mete allí donde ni la necesitan ni la llaman, están al acecho como moscas de matadero o como leona de sabana, y en cuanto muerden la presa, a correr a la cueva, al nido, allí donde hambrientos cachorros y adultos aguardan la celebrada dentellada. En aquellos tiempos de la chismería popular, famosos «robados» con habilidad visillera o persianera, la labor de aquellas vecindonas no despellejaba a vista de todos, como candela inquisitorial. Hoy, en cambio, aplaudimos conocer —metámonos todos y sálvese quien pueda— todo lo que consideramos mierda del otro o de la otra, y también infidelidades que tal vez no lo son, romances que no existen, o rumores que se caen por su peso. La chismería actual, como decimos, ha cambiado el delantal, y ha cambiado la casapuerta por un plató de televisión, y, sin taparse la boca, todo lo contrario, a voces, pican para almóndigas a cualquiera y convierten el espacio del chisme en una tribuna de almoneda, sin miramientos, como si un tratante de esclavos mostrara al público no las virtudes de su mercancía, sino los principales defectos. Y además cobran. Y decían que aquellas vecinas eran chismosas…

antoniogbarbeito@gmail.com

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