DELIRIUM TOPIC

#Caracoles

En estos tiempos del low cost, el mercado del pienso industrial ha llegado también al caracol

Daniel Ruiz
Actualizado:

Decía bien el maestro García Barbeito hace algunas semanas que cualquier día harán los caracoles de plástico, con tal de servirlos antes que nadie. Creo, de hecho, que ya estamos muy cerca de eso. En estos tiempos del low cost, el mercado del pienso industrial ha llegado también al caracol. Uno puede comprarlo envasado en cualquier quiosco, incluso en gasolineras, como una vulgar chuchería. El sabor es insultante.

Porque al buen caracol hay que buscarlo en los bares de pringue. Sólo un jugador del Sevilla me ha emocionado más que Kanouté: fue Pintinho, mientras daba cuenta con alegre avaricia de una generosa ración en la terraza del Bar Alfonso, en Santas Patronas. La mítica Samba de Nervión se ejercitaba concentrado con la ingesta, acompañado por los dos sonidos obligados en cualquier buen homenaje caracolero: el de la absorción de los moluscos más retraídos y el del arrojo de las conchas sobre el barreño de plástico. Esto del barreño, que se sigue llevando a rajatabla en Córdoba, cada vez es más inusual en Sevilla. El barreño queda feo, y aquí cada vez nos puede más el gastrobarismo y la tontería. El Alfonso, como el Cateto, como el Umbrete, como Casa Diego, como La Rueca, son bares de saludable pringue: descomunales ollas bullendo, como las milagrosas marmitas de Panorámix, tras las obligadas barras de zinc, en su defecto madera, con paredes de azulejo blanco o sevillano. Nada de producto precocinado y calentado malamente al microondas. Nada de cocciones innovadoras ni de veleidades de nouvelle cuisine. Salir a comer caracoles es saber a lo que uno va, saber lo que realmente importa y lo que uno necesita: cerveza bien fría y si acaso servilletas para mitigar los efluvios nasales favorecidos por la piquiña. Todo lo demás es plástico, esnobismo, tontería.

Daniel RuizDaniel RuizArticulista de OpiniónDaniel Ruiz