OPINIÓN

Leyenda negra

Acabo de regresar de Londres, destino amable de muchos españoles en turismo cultural y/o consumista;

Julio Malo
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Acabo de regresar de Londres, destino amable de muchos españoles en turismo cultural y/o consumista; también lugar de residencia y trabajo para otros tantos compatriotas quienes por lo común resultan muy bien acogidos por una sociedad cosmopolita, liberal y tolerante. Sin embargo, esta vez he leído en los más prestigiosos rotativos británicos severas críticas, no solo contra al gobierno español sino también sobre el carácter más general de nuestros pueblos, debido al conflicto desatado en torno al proceso secesionista en Cataluña; informaciones y opiniones que contrastan con cuanto a mi vuelta he podido leer en El País o El Mundo, donde se destaca un generalizado apoyo internacional a las políticas del Estado español, precisamente en torno al encuentro de Rajoy con Theresa May, presidenta de gobierno en un Reino Unido que organiza su salida de la Comunidad Europea. Dicen que sir Winston Churchill justificó así la no intervención en nuestra guerra civil: «los españoles son gente cruel y sanguinaria y es mejor no mezclarse en sus asuntos». Cuesta creerlo, he leído sus reproches a las elites de países democráticos que antepusieron sus intereses económicos a los de sus propios pueblos, negándose a combatir contra Hitler y Mussolini en el conflicto español.

Esa idea sobre nuestro país que se atribuye a Churchill tiene su origen más remoto en la llamada «leyenda negra española» que el Diccionario de la lengua de la Real Academia define como «opinión contra lo español difundida a partir del siglo XVI», a causa de las luchas de ingleses, holandeses y alemanes contra Felipe II, en torno a ambiciones coloniales, y a la reforma y la contrarreforma en el mundo cristiano. La imagen de una España atrasada e intolerante se utiliza siglos después por los americanos para liquidar los restos del Imperio colonial hispano. Por desgracia encuentra justificación durante nuestra historia más reciente, a causa de las numerosas guerras civiles que asolaron nuestro país, desde «la Francesada» de 1808-14, hasta el enfrentamiento entre nacionales y republicanos de 1936-39, pasando por tres Guerras Carlistas.

Hay datos que revelan como se extiende una notable desconfianza hacía los políticos españoles, pues desde que comenzara el mandato de Rajoy en 2012 no se ha conseguido ninguna plaza relevante de carácter internacional; frente a los cuatro puestos ocupados por italianos en la Comunidad Europea: Draghi en el Banco Central, Tajani en el Parlamento, Enria en la Autoridad Bancaria, y Federica Mogherini como Alta Representante de Política Exterior; pero Italia es un país de mayor tradición democrática y fundador de la Unión, así que más llamativa resulta la comparación con Portugal, desde que el socialista Antonio Guterres alcanzó en enero la Secretaría General de la ONU, y el pasado 4 de diciembre acaba de ser elegido Mário Centeno para dirigir el Eurogrupo, pese a que su país fue «rescatado» tres veces por la troika cuando él era ministro de Finanzas; todo esto después que Durao Barroso presidiera la Comisión Europea durante diez años. Claro que Barroso, Guterres y Centeno hablan con fluidez tres o cuatro idiomas, muy al contrario que esa imagen de un Rajoy aburrido durante el descanso en una reunión de presidentes mientras los demás conversan entre sí. Tal vez a los políticos españoles no les vendrían mal unos cursos en Londres, donde además de aprender inglés y tolerancia, podrían disfrutar las excelentes exposiciones de los Museos y Galerías; en estos momentos muy recomendables: Modigliani en la Tate Modern y Cézanne en la National Portrait Gallery.

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