OPINIÓN

Lejos de España

En nuestra conversación recordamos aquel verso de Neruda: «Debajo de España, late España»

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Recuerdo la anécdota que hace tiempo me contó un amigo quien como yo ejercía por entonces docencia en la Politécnica de Madrid. Vivíamos la última etapa de la dictadura del general Franco y él acababa de regresar desde Nueva York, donde había conversado largamente con una joven y cualificada profesora universitaria.

Ella se había interesado por las circunstancias y vicisitudes de la vida académica y cultural en nuestro país, que mi amigo describió citando inevitablemente el nombre del anciano militar, y la muchacha exclamó: ¿Franco, quién es Franco?

Esa situación a mi compañero le pareció extremadamente liberadora; en aquellos tiempos, para los intelectuales españoles el personaje que aquella hermosa discípula de Emmy Noether ni siquiera conocía, representaba una losa cuya pesadez nos abrumaba hasta convertirse en una obsesión.

Recién llegado a Sao Paulo, la metrópoli más extensa y populosa de Sudamérica, he almorzado con Mariana Da Silva Duarte, profesora en la universidad privada Anhembi Morumbi. Nuestra conversación se ha desenvuelto en un lugar particularmente sugestivo: uno de los viejos cargueros oxidados que se hallan varados en la ribera del pantano Billings, y sirven como restaurantes o merenderos, en un área de ocio frecuentada por los ciudadanos de tan dilatada aglomeración.

Este embalse representa el mayor espejo de agua del subcontinente americano. Y se terminó de construir en 1925 por el ingeniero Kenney Billings para abastecer de energía hidroeléctrica al Estado de Sao Paulo.

En sus agradables establecimientos flotantes se pueden degustar exquisitas ‘moquecas’, guisos marineros procedentes del norte de Brasil y que ahora son plato muy apreciado por todos los habitantes de la Republica Federal y por sus abundantes visitantes. Aunque desde luego no me he encontrado por allí a los componentes del Foro de Davos, el cual se reúne durante estos días en la capital paulista, una organización de carácter financiero y comercial más atenta a los intereses de la minoría que controla las riquezas de la tierra que a las necesidades de la gente.

Mariana, que es hija de un exilado de la guerra civil española, me contó que hasta una edad avanzada no supo que la bandera actual de nuestro país es la rojigualda, para nada la enseña tricolor presente en el hogar de sus padres, otra anécdota semejante a la relatada hace años por mi compañero en su gira neoyorquina. Hechos que hablan de la relatividad de nombres y símbolos conforme nos alejamos del lugar donde adquieren relevancia.

Mariana nunca visitó la patria de su padre fallecido hace mucho tiempo, pero habla con fluidez castellano castizo, rivaliza con los argentinos, «esos italianos que hablan español», y es partidaria de Lula, pendiente de condena e inhabilitado para unas elecciones que según las encuestas ganaría.

Se interesa por las escasas noticias que llegan desde España, así que hablamos del cambio producido después de cuatro años de gobierno con mayoría absoluta conservadora, el cual a golpe de decretos desmanteló servicios y recortó libertades.

Comentamos los lentos cambios que un parlamento plural puede y debe introducir; con esperanzadoras novedades recientes, como la previsible revocación de la ley que introdujo la cadena perpetua, pese a la exhibición morbosa de un sórdido crimen en Almería; y las sentencias del tribunal de Luxemburgo que van a permitir también la derogación de medidas que limitaron la libertad de expresión. Pregunta por Oriol Junqueras, y le informo: rezando en la cárcel; finalmente citamos a Neruda en nuestro brindis a las orillas de rio Grande: «Debajo de España, late España».