Ignacio Camacho

El verdeo catalán Ignacio Camacho

A despecho de la interpretación científica del pasado, los nacionalistas han instaurado su propia leyenda y le han dado carta de naturaleza mediante la eficacia de la propaganda

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En el mes de septiembre, cuando las localidades olivareras andaluzas celebran la fiesta del verdeo, el soberanismo catalán sale a recoger en la calle su cosecha de mitología emancipadora. La Diada contiene en su propia formulación la doble esencia –victimista y embaucadora– del nacionalismo: conmemora una derrota y falsifica su interpretación histórica para crear un bucle de nostalgia ficticia. A despecho de la interpretación científica del pasado, los nacionalistas han instaurado su propia leyenda y le han dado carta de naturaleza mediante la eficacia de la propaganda. En ese sentido sí se trata de una efeméride simbólica porque solemniza, como todo el discurso de la independencia, una enorme patraña. Una superchería. A pesar del esfuerzo divulgativo de todo el aparato de comunicación oficial, este año se percibe una cierta deflación sociológica.

La agitación secesionista, de carácter incansable, empieza sin embargo a provocar un cierto hastío. Algunos ciudadanos se están cansando de tanta matraca o constatan el atasco institucional con un palpable desaliento. Aunque pervivan en ellos la convicción del agravio y la voluntad de separarse de España, es imposible que desatiendan la evidencia de que el sistema político catalán está en quiebra y es incapaz de dar respuesta incluso a su mismo programa de ruptura. El partido-guía de la burguesía nacionalista se ha deshecho, el Gobierno territorial vive con respiración asistida en manos de un grupúsculo de radicales estrafalarios y el populismo de izquierdas ha irrumpido en el statu quo alterando el tradicional equilibrio de fuerzas. Los servicios públicos han colapsado en buena medida y en este momento no es fácil saber quién tiene el poder en Cataluña, un factor de incertidumbre e inestabilidad que desconcierta a una sociedad de marcado perfil pragmático.

La fractura o atomización del establishment es tal que incluso le impide aprovecharse de la oportunidad estratégica que ofrece la manifiesta debilidad del Estado. La dirigencia independentista trata de contrarrestar su desestructuración con la clásica crecida retórica y una huida hacia delante que llegará hasta donde permita la negligencia contemplativa de las autoridades españolas. Pero una parte de sus seguidores comienza a pensar que la vía de la «desconexión» está cegada por falta de cohesión política. Las movilizaciones, ciertamente masivas, de los últimos años no han provocado avances esperanzadores en la liberación del pueblo cautivo, y la gente se puede cansar del folclore, de ejercer de figurantes fotogénicos para manifestaciones de la llamada «cultura de estadio». Quizá aún no hayan llegado a interiorizarlo, pero ya muchos intuyen que la aventura de la secesión tenía más soflama que chicha. Y que la cosecha más visible de tanto vértigo es una parálisis administrativa, un vahído de liderazgo y una crisis sistémica.

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