EDITORIAL ABC

Peligroso descrédito de la política

Los populistas aprovechan los tiempos de incertidumbre para lanzar mensajes simples, aunque efectivos, con los que acaparar ese voto de castigo en beneficio de intereses partidistas

Peligroso descrédito de la política
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La histórica crisis financiera que golpeó a buena parte de los países ricos a partir de 2008 se ha traducido en un amplio descontento social que, sumado al azote de la corrupción, ha terminado por plasmarse en un descrédito generalizado de las elites gobernantes, propiciando así un caldo de cultivo idóneo para el resurgimiento de los populismos. No es la primera vez que sucede. La palabra crisis significa, por definición, cambio, y éste puede ser negativo o positivo en función de la nueva senda a seguir, tal y como ocurrió tras el crack del 29, durante el período de entreguerras en Europa, o la caída del Muro de Berlín en 1989 y la posterior liberación de las exrepúblicas soviéticas, respectivamente. Lo que comenzó como una crisis económica deriva hoy en una grave crisis política internacional, cuya extensión afecta ya a varios países importantes. La victoria de Donald Trump en Estados Unidos, el inesperado referéndum británico a favor de la salida de la UE, el gobierno de extrema izquierda en Grecia o el auge de los populismos de distinto signo en buena parte de Europa, como es el caso de Marine Le Pen en Francia, el Movimiento 5 Estrellas en Italia y Podemos en España, entre otros, evidencian que no se trata de hechos aislados, sino de una preocupante tendencia que el resto de fuerzas políticas y la sociedad en su conjunto deben tener muy en cuenta para poder frenar su crecimiento. Las causas de este desapego en busca de nuevas soluciones mágicas son múltiples y variadas, desde el paro y la pérdida de poder adquisitivo hasta el hastío que genera en buena parte de la población la existencia de una parte del establishment que tan solo parece preocuparse por el mantenimiento del poder. Sin embargo, el denominador común que subyace es la falta de un liderazgo claro y la ausencia de una profunda renovación política en el seno de los grandes partidos para volver a conectar con su electorado mediante propuestas sólidas e ilusionantes con las que articular un nuevo discurso de cara a construir un futuro mejor.

Los populistas aprovechan los tiempos de incertidumbre y descontento social para lanzar mensajes simples y maniqueos, aunque efectivos, con los que acaparar ese voto de castigo en beneficio de sus intereses partidistas, culpando a ciertos enemigos de los males que aquejan a la sociedad, desde los inmigrantes y la globalización por parte de Trump, a la UE en Reino Unido y Francia, la troika en Grecia o los políticos en Italia y España. Pese a ello, las crisis también son momentos de oportunidad para corregir errores y seguir mejorando. El populismo acaba fracasando y generando una desilusión aún mayor. Es el momento de que la política, con mayúsculas, vuelva a brillar con luz propia.

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