Ignacio Ruiz Quintano - VISTO Y NO VISTOSeguir

El paraguas Ignacio Ruiz Quintano

Que no se diga que solo nos fijamos en lo malo: el 12 de Octubre también nos dejó la estampa de Cifuentes con el paraguas de Manolo el del Bombo

Para que no se diga que sólo nos fijamos en lo malo (el amilanamiento patológico en España no ya de cualquier «auctoritas», sino de toda «potestas» con ese mozo de «espás» badalonés que hace papelitos con el papel de barba del juez en la puerta del Ayuntamiento), recordaremos que el 12 de Octubre también nos dejó la estampa de Cristina Cifuentes, Cecé, con el paraguas de Manolo el del Bombo.

Cecé es una mujer un poco Colombine que viste a la mundana y no como cualquier Cenicienta, pero su paraguas de Manolo el del Bombo en Madrid, paraguas gules y gualda, era como el paraguas de Bonafoux en París, paraguas verde y enorme, y detrás de Bonafoux iba, contratado, un negro que gritaba a los transeúntes asustados: «¡Ése que va ahí, el del paraguas verde, es Bonafoux, el gran Bonafoux, el formidable escritor Bonafoux...!»

En Madrid sólo faltó Aguado, el socio de gobierno, gritando Cecé donde el negro de París gritaba Bonafoux.

Todo el mundo sabe que, juntos, Aguado y Cecé, quieren arrebatar la City a los ingleses aprovechando la brecha del «Brexit». Y por eso, cada vez que hablan, sueltan lastre.

Aguado es un centrista español que se hace un lío con el hombre lobo de Hobbes y el hombre bueno de Rousseau. Fuera los dos. Y Cecé es esa derecha «suaviter» que se hace un lío con la teoría de la plusvalía de Marx y el juego de la catalaxia de Hayek. «¡Son del siglo pasado!» Fuera los dos. En sus paseos por los terrenos de Alcorcón (¡los de Adelson!) para la nueva City nadie habrá preguntado a Aguado ni a Cecé por Hayek, Marx, Hobbes o Rousseau. La gente, hoy, va al grano, y el mensaje de Cecé con su paraguas gules y gualda abierto como una carpa taurina en la Castellana era: «¡“Gentlemen” de la City: la rubia Albión soy yo!»

El fallo es que los «gentlemen» de la City no abren el paraguas cuando llueve: lo llevan en sustitución de la espada, y sus trajes de sastre son como la fachada de un edificio imponente por la que resbala el agua.

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