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Los nuevos partidos José María Carrascal

Si nos fijamos bien, pueden resultar más viejos que los dos tradicionales

Han bastado un par de elecciones y poco más de un año para que nos diéramos cuenta de que los «nuevos partidos» no son tan nuevos como ellos alardeaban y nosotros creíamos. Incluso, si nos fijamos bien, pueden resultar más viejos que los dos tradicionales y, hasta ahora, hegemónicos. Sólo la poca memoria, el afán de la novedad que nos domina y su parafernalia -atuendo, imagen, retórica- pudieron hacernos creer que eran modernos.

Como conozco lo audaz de mi afirmación, me apresuro a respaldarla. Comencemos por el más exitoso de los dos, Podemos. ¿Qué es, en el fondo, la formación de Pablo Iglesias? Pues la última versión del más antiguo comunismo. Tan antiguo que se remonta al mismísimo Karl Marx, con algún toque hippie, algo que nunca se le habría ocurrido a don Carlos, que era un hombre serio y leído. Pero tienen el mismo discurso de la explotación de la clase trabajadora por parte de los plutócratas capitalistas, la misma autoproclamación de defensores de «la gente», como llaman ahora a sus potenciales seguidores -pues ya no se dirigen sólo a los obreros, sino también a la clase media, la gran perdedora de esta crisis-, las mismas consignas de revolución universal y las mismas ganas de «conquistar el cielo». Ni siquiera se han molestado en cambiar de gestos, el puño en alto, ni de apariencia, como hizo Carrillo con su peluca y su eurocomunismo. Si alguna novedad traen son las gotas de caudillismo hispanoamericano castrista-chavista-sandinista, que da color al gélido marxismo-leninismo.

En cuanto a Ciudadanos, se parece cada vez más al viejo partido liberal europeo, dispuesto a pactar con conservadores y laboristas en Inglaterra o cristianodemócratas y socialdemócratas en Alemania y otros países europeos, según las circunstancias. Un partido bisagra, «comodín» y cómodo que interpretó un importante papel, e incluso crucial, en los siglos XIX y XX.

Pero eso es pasado. La globalización y la gigantesca crisis económica han cambiado todo. Empezando por la misma derecha y la izquierda y terminando por la «lucha de clases» convertida en «lucha de civilizaciones», de «generaciones» y de bloques de naciones. Hoy, el trabajador occidental no compite con los del mismo ramo en su país, sino con los asiáticos o hispanoamericanos. Nada de extraño que voten a Le Pen y a Trump o a la extrema derecha en Alemania. Echar mano del marxismo para resolverlo es como usar aspirina contra el cáncer. Como pretender que el liberalismo resuelva los conflictos planetarios de nuestros días. O el nacionalismo, demasiado estrecho y falto de recursos para tamaño desafío, como estamos viendo con la avalancha de refugiados. Sólo en un país como el nuestro, que ha vivido durante siglos al margen de los acontecimientos mundiales, puede creerse en ello. Les ofrezco la más contundente de las pruebas: Ciudadanos y Podemos alardean de ser capaces de desbloquear el impasse político en que nos encontramos. ¡Y son incapaces de entenderse entre sí!

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