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La madurez David Gistau

Rajoy quiere las terceras elecciones y se siente fuerte para afrontarlas solo, cegadas todas las posibilidades de pacto

David Gistau - Actualizado: Guardado en:

Me gusta pensar que el rescate de Soria es un acto liberador de Rajoy. Un arrebato de naturalidad, después de tanto fingimiento, que podría coronarse con el nombramiento de Bárcenas, en cuanto sea posible, como ministro de Exteriores. De otra forma no se entiende que hiciera coincidir la noticia con la extinción del pacto con C’s en la investidura fallida. Se diría que, exhausto por haberse hecho pasar por un «regenerador» lleno de escrúpulos acerca de la corrupción para satisfacer a unos «nerds» repipis a los que desprecia pero necesitaba, Rajoy se dio el gusto de arrojarles a Soria a la jeta ahí mismo. Como consumiendo en público, en plena recaída, después de huir de rehabilitación. En parte, lo comprendo. Tener a Rivera de terapeuta para dejar la adicción al «Luis, sé fuerte» puede llegar a resultar tan enojoso como ser reeducado por la doctora Melfi cuando uno es un Soprano. Y eso que la doctora Melfi se propuso salvar tan sólo a un hombre, no una patria. Una patria, por lo demás, que no desea ser salvada, y menos de inquietudes éticas, pues sólo exige que el Estado no deje de proveer.

Una forma de interpretar esto es como la confirmación de que Rajoy jamás tuvo cuajo para depurar una maraña endogámica llena de amigos suyos o, al menos, de personas con las que se sentía en deuda, con las que convivió en el partido y a la que quería como a Rus: «Yo te quiero, coño». Sólo eso determina que ciertos usos higiénicos que el PP necesita quedarán postergados hasta que los imponga otra generación que no sufra esos impedimentos ni se sienta obligada a solucionar la vida de los cofrades que causaron baja durante el camino. Porque Rivera, que lleva toallitas en el bolsillo cuando se reúne con Rajoy como cuando andábamos todos preocupados con prevenir la gripe porcina después de los saludos, trató de ser el inductor externo y sólo ha logrado que se burlen de él después de usarlo. Tanto sentido de Estado para superar «el veto», tanto asquito por imperativo patriótico, y toma Soria.

En este último sentido, lo de Soria es una declaración de principios: Rajoy quiere las terceras elecciones y se siente fuerte para afrontarlas solo, cegadas todas las posibilidades de pacto. Por eso tomó una decisión que confirma las razones por las cuales la oposición declara al PP un partido tóxico y gangrenado. No sé qué pensarán de ello los vicesecretarios jóvenes y modernos que fueron fichados como coartada de una falsa voluntad de corrección de conducta. Lo significativo de esta apuesta que hace Rajoy es que también de su propio electorado cree que ya se le han pasado los remilgos acerca de la corrupción, y la regeneración -¿y esas polladas?- y no necesita expiar la vergüenza de ser del PP votando a C’s, sino que está preparado para volver a votar al PP tal y como el PP es. Sin fingimientos. Tal vez la madurez consista en esto y los ingenuos sean los que dicen haber venido a la política para cambiar España.

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