Ignacio Ruiz Quintano - Visto y no vistoSeguir

Feijóo Ignacio Ruiz Quintano

Feijóo, pues, se convierte en nuestro rey don Sebastián. «Ése era el hombre. ¡Si estuviese aquí…!» Miedo me da. Por él, claro

Hay un «dictum» de Heidegger que Rajoy habrá leído en el «Marca» y que dice que «sólo un dios puede salvarnos». No sé yo si para Rajoy, que no reconocerá otro dios que Álvaro Pino, uno que peleaba a Perico Delgado los puertos de montaña, pero para el partido ese «dios» es hoy Feijóo, que conserva brillantemente la cabeza de puente del charrán (la golondrina del mar) en Galicia.

Como de Calvo-Sotelo, un gallego, dijo otro gallego, Fernández Flórez, en los campos de España, muchos girasoles vuelve hacia él su corola radiada de esperanzas.

-Se habla de él, se confía en él, se supone que si él estuviese…

Y es que ahora, como entonces, la revolución tampoco ha traído ningún hombre nuevo («llegaron apenas ciertos energúmenos que creen que cambiar un régimen requiere los mismos procedimientos que deshacer una romería»), salvo que por hombre nuevo tomemos a Martiño, el alcalde compostelano que logró al cargo en plena «rave» de Tsipras con parpusa y una cogitación de c… para los santiagueses, resumida en la frase «la pelea de Grecia (pedir prestado, se entiende) es mi pelea».

En cuanto a los correligionarios de Pepiño Blanco, todo es aún un poquito peor (más para los correligionarios que para Pepiño Blanco):

-Lo que había de malo se conserva, y se han añadido dolores nuevos.

¿Y qué decir del parche Sor Virginia contra la corrupción que ofrecía Ciudadanos? En Vascongadas, con el hálito savaterino, han perdido el escaño-verso suelto de Rosa Díez, y en Galicia, con una candidata educada para la democracia en las madrasas trotskistas de la LCR, los votantes han visto pasar el Jugo de Naranja (así llamaban los juanistas a Carlos Hugo, en vez de Hugo de Orange) tan flipados como Rafael Dieste («¡Que non hai inferno, que o dixo Rafael!») el paso de una niña y una vaca (inocencia y mansedumbre) una tarde en Rianxo.

Feijóo, pues, se convierte en nuestro rey don Sebastián.

-Ése era el hombre. ¡Si estuviese aquí…!

Miedo me da. Por él, claro.

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