María Siaca ha participado en una huelga de hambre como medida de protesta por la rescisión del DACA
María Siaca ha participado en una huelga de hambre como medida de protesta por la rescisión del DACA

Dreamers: «La decisión de Trump es una concesión a los racistas»

Estas son las historias de algunos de los 800.000 jóvenes que pueden ser deportados de Estados Unidos

CORRESPONSAL EN NUEVA YORKActualizado:

María Siaca se encuentra atrapada en una paradoja triste. Quienes fueron sus compañeros en la academia de la Policía de Nueva York podrían tener dentro de poco la orden de detenerla para su deportación. Esta joven de origen mexicano es una de los cerca de 800.000 jóvenes inmigrantes sin documentos que fueron regularizados durante la presidencia de Barack Obama a través del programa de Acción Deferida para Llegada de Niños (DACA, en sus siglas en inglés) y cuyo estatus migratorio ha sido puesto en cuestión recientemente por Donald Trump. Se les conoce como «dreamers» -soñadores-, y la mayoría son mexicanos y de países centroamericanos como El Salvador, Honduras o Guatemala. Vinieron en la infancia, siguiendo los pasos de otros familiares, que emigraron al vecino del Norte en busca de un futuro mejor. Muchos apenas recuerdan los barrios y los pueblos en los que pasaron sus primeros años. Es habitual que se encuentren más cómodos en inglés que en español.

Gracias a DACA, María pudo regularizar su situación y buscar una vida digna, fuera de trabajos de segunda en negro y sin la amenaza de que cualquier traspiés legal o con la policía acabe en una deportación. Fue aceptada en la universidad para estudiar Criminología en CUNY, un centro público de Nueva York, y uno de los requisitos del programa de estudios es el paso por la academia de policía.«Fue una experiencia increíble», recuerda a ABC por teléfono desde Washington, donde con otros jóvenes activistas ha participado en una huelga de hambre para presionar a los legisladores sobre el futuro de DACA. Trump ha dado a los congresistas un plazo de seis meses para elaborar una solución para estos «dreamers». La que él defendió durante la campaña es su deportación masiva, como la del resto de cerca de once millones de inmigrantes indocumentados.

«Me sentí muy agitada», reconoce María sobre el momento en el que se confirmaron los planes de Trump. «Pensar en empezar desde cero, buscar un plan B, que todos los logros y las oportunidades se terminen… Regresar a nuestro país también supone un conflicto, hay mucho rechazo a la vuelta, hasta nuestro español es diferente», cuenta.

Moneda de cambio

Isaac Montiel es otro «dreamer» activista en la defensa de DACA. Trabajaba limpiando un gimnasio y no se atrevía a presentarse a posibles ascensos por miedo a que miraran sus papeles. Se apuntó al proceso de regularización y acabó como supervisor en su trabajo, que después abandonó para ingresar en la universidad, donde estudia informática. Critica que el presidente de EE.UU. le utilice a él y al resto de «dreamers» como «moneda de cambio» dentro de una maniobra de «cálculo político» para contentar a sus bases en medio de fracasos legislativos. «No somos un número. Somos seres humanos afectados por esta decisión, con vidas y familias que dependen de ella».

Isaac Montiel llegó a EE.UU. con 13 años
Isaac Montiel llegó a EE.UU. con 13 años

Isaac cruzó la frontera a los 13 años, después de cuatro años sin ver a su madre, que había abandonado México tras ser incapaz de hacer frente a la hipoteca de su casa y perder todo. Lo hizo con «coyotes», los traficantes de personas en la frontera. Recuerda caminar horas por el desierto y después días de viaje en coche hasta encontrar a su madre. «Fue muy difícil. Lo único que me daba fuerza era volver a ver a mi mamá».

Cada historia de llegada a EE.UU. da para una película. Algunas, como la de María, de suspense. Ella pasó a los siete años, por el aeropuerto, con los papeles de otra niña. No supo mentir a la policía de aduanas cuando le preguntaron el motivo del viaje. La respuesta obligada era que venía de turismo. «Pero se me olvidó y dije que venía a ver a mi mamá. Por alguna razón, me dejaron pasar», recuerda.

Pura hipocresía

Otro «dreamer», Sheridan Lagunas, ni siquiera recuerda su experiencia. Solo tenía un año cuando llegó a EE.UU. Prefiere hablar con este periódico en inglés, donde se siente más cómodo. A los 18 años, tras graduarse en el instituto, no sabía bien qué pasaría con su futuro. «Llegué a tener resentimiento hacia mi madre, a odiarla por haberme puesto en esta situación», explica. Sin documentos, las opciones de trabajo son limitadas y el acceso a la universidad era una quimera. Era el verano de 2012, cuando Obama presentó DACA -que simplemente difiere en el tiempo la deportación de los indocumentados y les da una residencia temporal- como decreto presidencial, tras ser incapaz de que el Congreso aprobara un regularización más ambiciosa de estos jóvenes. «Estuve todo el verano esperando que apareciera la web para solicitar el ingreso en DACA. Me pegaba los días apretando el botón de refrescar la página», recuerda.

Sheridan Lagunas se expresa mejor en inglés que en español
Sheridan Lagunas se expresa mejor en inglés que en español

Ahora su futuro en el único país que conoce como propio -«es frustrante, esta ha sido mi casa durante más de veinte años»- es incierto. Considera que la decisión de Trump «es pura hipocresía. No tiene que ver con la economía o con políticas públicas. Es simplemente una concesión a los racistas que le votaron, a la América que piensa que el país es solo para un tipo de personas».

Los tres comparten una preocupación honda. Pero, como otros muchos «dreamers», están dispuestos a pelear por su futuro. «Justicia es lo que queremos y lo que vamos a tener», sentencia María.