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«Camarón no soportaba que le hubieran convertido en un dios»

Ante el 25 aniversario de su muerte, los herederos de Camarón, representados por Dolores Montoya «La Chispa», reivindican su legado. A ellos se une el productor de «La leyenda del tiempo» o «Soy gitano»

Ricardo Pachón, Dolores Montoya «La Chispa» y Luis, el hijo mayor de Camarón
Ricardo Pachón, Dolores Montoya «La Chispa» y Luis, el hijo mayor de Camarón - Rocío Ruiz

«Dicen de mí que me amenaza el tiempo, dicen de mí, que si yo estoy vivo o muerto», cantaba Camarón en «Soy gitano» (1989), como si fuera una premonición. En la portada de aquel álbum aparece apoyado en un pretil, con La Giralda de fondo. Por los avatares de la vida, su viuda, Dolores Montoya «La Chispa», y Ricardo Pachón, productor del disco que revolucionó el concepto del flamenco, se reencuentran minutos antes de subir a la azotea de la Taberna del Alabardero, donde se repite la misma estampa.

«Tendrías que ver los contratos de 40 páginas, redactados con muy mala leche –recuerda Pachón de aquellos tiempos, en los que se libraban duras batallas con la discográficas–. Se quedaban con todo. ¡Hasta con los calzoncillos de Camarón! Y dijeron: “Que este tío no esté por medio”. Pero nosotros enfrentados, nunca.».

«¡Ni contigo ni con nadie! Todos hicieron lo que les dio la gana sin permiso. Se adueñaron de él. Como mínimo deberían tenerle un respeto. Mis hijos tienen los mismos derechos que otros», reivindica con tono bajo La Chispa.

Ahora, ambos desean reivindicar la figura del cantaor de San Fernando (Cádiz), eternamente viva. «The dark side end», dice Pachón. Y hace, a su vez, referencia a la empresa que los ha unido en el reto de afrontar, a lo largo de 2017, los 25 años sin Camarón.

Aunque cueste creerlo, todavía hay material inédito y de gran calidad de su mejor época, cuando su voz era un quejío profundo y único. «Nos íbamos juntos a los festivales. Tenía una furgoneta con una cama deatrás, que le encantaba. Me compré un Nagra, que era como el Maserati de los magnetofones. Todo ese material está catalogado y digitalizado. Y nadie se ha interesado», cuenta Pachón.

La Chispa y Camarón, en una imagen de su álbum familiar
La Chispa y Camarón, en una imagen de su álbum familiar- ABC

¡La Chispita!

José Monge Cruz se crio al calor de las fraguas y al compás de la gente canastera. Empezó su carrera musical cantando en La Venta de Vargas como Camarón de La Isla. A los 13 años, se cruzó con Pachón. «Yo era viajante y paré en la venta. Él estaba llorando. Un americano se cayó encima y le rompió la guitarra. Se la compré por 2.000 pesetas. Me preguntó si le podía dejar en La Línea y así nos hicimos amigos».

«Toda su obsesión era venirse para La Línea», interviene La Chispa. «Él salía en pandilla con mi hermana. Una vez, le preguntó a Rancapino, que fue mi celestino: “¿Quién es esa niña?”. “¿No la recuerdas? ¡La Chispita!”, le dijo. Yo tenía 14 años. Iba con el uniforme. A la semana, vinieron a pedirme». Con 16 y 25 años respectivamente, La Chispa y Camarón tuvieron su boda de tres días. «Y me llevé 16 años casada y, ahora, 25 de viuda», explica ella.

«La leyenda del tiempo»

En 1979 se fragua «La leyenda del tiempo», quebrando las fronteras del flamenco. Camarón, ya sin La Isla, se atrevía a darle textura a los poemas jondos de Lorca, creando una simbiosis sublime.

En esa España que se sacudía 40 años de dictadura, el chalé de Ricardo Pachón en Umbrete (Sevilla), donde tenía un estudio de grabación, se convierte en un lugar de transgresión cultural. «“¿Cómo Camarón, después de nueve discos de flamenco con Paco de Lucía dio, ese salto mortal?”, me preguntan. Y con mucha ironía digo: “Tiene tres letras. Hubo un momento en Sevilla, en los 70, en que había más LSD que Cruzcampo. Estábamos a la vera de una base americana y nos llegaban los ácidos de California, los que tomaban los Pink Floyd. Camarón se encontró allí a los Smash, a Kiko Veneno, a los Alameda, a Raimundo Amador. Era feliz grabando, rodeado de gente. Tenía terror a la soledad», recuerda Pachón.

La viuda de Camarón corrobora: «Se sentía a su aire. Es el disco que José hizo como verdaderamente quería y donde, cantando malamente, cantaba bien».

El dios de los gitanos

El cantaor de ventas y de casetes en los bares de carretera se convierte, de la noche a la mañana, en leyenda viva. Aunque, por dentro, sigue siendo tímido y ensimismado. «Si teníamos dos Mercedes e íbamos todos ahogaos en un Panda a un pisito que teníamos en el Puerto, en Caballo Blanco...», dice La Chispa.

Le empiezan a imitar legiones de gitanos. Su forma de vestir, su melena de león. Y él va se aislando cada vez más. «No soportaba que le hubieran convertido en un dios. Le llevaban niños enfermos para que les impusiera las manos. Salía de algunos festivales dentro del maletero del coche», cuenta Pachón. «En una Feria de Sevilla, había unas diez gitanas con canastos llenos de flores. Una dijo: “¡Ahí va Camarón!”. Y tiraron los canastos, corriendo detrás de él».

Su viuda sabe lo que es vivir con el recuerdo de un mito. «Han pasado 25 años y aún vienen desde los lugares más insospechados. El otro día, llegó un chico desde Australia, que se había gastado todo su dinero para verme. Temes ir a una boda y ser la novia; a un entierro y ser el muerto...», explica riéndose, como quitándole importancia.

Una espinita clavada

«Yo, de quiénes he aprendido ha sido de los viejos», reconocía Camarón. Si hubiera vivido, tendría la voz plena, de los que se desgarran por dentro. Según Pachón, «quería hacer un disco de flamenco tradicional. Pero cuando nos pusimos a ello, los pulmones no le daban. Esa es su espina clavada: cantar un disco de tonás, martinetes, seguiriyas y soleares».

«Murió con la pena de grabar un disco a palo seco, con guitarra flamenca», asiente La Chispa. «Si preguntas: “¿Te gusta el flamenco?” Muchos dicen que no. “¿Y te gusta Camarón?” La respuesta es sí. Hasta mi nietecita Jimena va cantando: “¡Ay, como el agua clara”».

Su vida fue el galopar desbocado de «un potro de rabia y miel», hasta que se quedó sin aire el 2 de julio de 1992. El 5 de diciembre habría cumplido 66 años. «Siempre ha estado ahí. Fue un revolucionario», proclama Dolores Montoya.

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