Juan Soto - EL GARABATO DEL TORREÓN

A favor de los/las imbéciles Juan Soto

No es fácil ser contundentemente imbécil y, sin dejar de serlo, alcanzar el grado de alcalde, ministro, delegado del Gobierno o miembro de las Cortes generales. Más bien, al contrario, es muy difícil

Antes, admiraba a los políticos inteligentes y a aquellos otros que, sin serlo tanto, trabajaban por el bien común con entrega tenaz y desinteresada. O sea, políticos inatacables por los ácidos e infusibles al soplete, como dijo Castelao de algunos galleguistas, cuando en Galicia había galleguistas, especie extinguida hace ya muchos años.

Ahora, en medio de este erial, los únicos políticos que no me aburren y consiguen activar el resorte de mi curiosidad por la zoopatología en general son los/as imbéciles. Y más aún, los/as rematadamente imbéciles.

No es fácil ser contundentemente imbécil y, sin dejar de serlo, alcanzar el grado de alcalde, ministro, delegado del Gobierno o miembro de las Cortes generales. Más bien, al contrario, es muy difícil. Ladrones, caraduras, sinvergüenzas o tontos de bolígrafo y mandilón hay muchos, pero imbéciles, lo que se dice imbéciles, rematadamente imbéciles, imbéciles categóricos y de vocación, no hay tantos. De ahí mi exultante admiración por esa senadora de En Marea y coordinadora de Esquerda Unida por Pontevedra, que responde al hermoso nombre de Vanessa, así, con dos eses, nada menos. Anda estos días la chica en los papeles.

Empecé a admirarla el pasado 25 de julio, cuando transmitió su apoyo a Maduro «en nombre de todo el pueblo gallego». Le agradecí que me incluyese en el paquete. Ahora, nuestra Vanessiña, acaba de afirmar, luego de meditarlo mucho, que la culpa de la muerte de los trece venezolanos asesinados en la jornada del pucherazo de la Asamblea Constituyente la tienen ellos mismos, por meterse donde nadie les llamaba. Como cuando Franco (el Caudillo, que diría la señora senadora). Entonces, en aquella Edad Dorada, la Policía disolvía las manifestaciones con algunos disparos al aire (por supuesto) y daba la fatal casualidad de que siempre había volando algún obrero de la Perkins o de la Pegaso, haciendo el tonto junto a una nube. Y claro, ¡zas!, el muy infeliz se tropezaba con una bala perdida y caía a tierra como una perdiz en jornada de caza. ¿Quién coño manda a los obreros que vayan a su casa volando por el aires, en lugar de ir con los pies en el suelo, como todo el mundo?

Vanessiña es el único consuelo que nos queda a los nostálgicos de otros tiempos, de otros regímenes y de otros chalecos antibalas. Me encanta. Que cuente con mi voto

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