Ignacio Miranda - Por mi vereda

Andanzas del buitre negro

«El celo reglamentista supone, si no existe flexibilidad, una rémora para el desarrollo rural»

Ignacio Miranda
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Hacía ya medio siglo que el buitre negro, con su imponente vuelo, no se dejaba ver de forma continuada por la Sierra de la Demanda. Unos paisajes de pino y sabina, de bosque mediterráneo, que fue abandonando hacia otros enclaves del centro y sur de la Península Ibérica. La rapaz más grande de Europa, que puede llegar a los tres metros de envergadura y que, a diferencia del leonado, anida en árboles, se ha visto perjudicada por la desaparición de masas forestales, el veneno y la normativa comunitaria. La que, a raíz del mal de las vacas locas, eliminó prácticamente los muladares para crear, cómo no, el negocio fúnebre en versión retirada de animales muertos.

Conocemos la fiebre legisladora de los burócratas de Bruselas, quienes siguen sin percatarse de que, en términos de campo y medio ambiente, no es posible uniformar legalmente los lagos finlandeses con los más genuinos ecosistemas hispanos. Porque el celo reglamentista supone, si no existe flexibilidad, una rémora para desarrollo rural. Por tanto, el querido Aegypius monachus, privado de su dieta de carroña -debe ser que algún pitagorín pensó que podía acceder a cadáveres animales por amazon o wallapop-, se tornó todavía más vulnerable.

En la localidad burgalesa de Huerta de Arriba, rayana con La Rioja, la organización GREFA acaba de soltar quince ejemplares, marcados con GPS para vigilar sus desplazamientos, tras un periodo de aclimatación en cautividad a esos parajes, que ya reconocen como suyos. A diario, con el apoyo de ganaderos y cazadores, reciben restos de carne. El objetivo es que nidifiquen para asentar una colonia, que aumentará el próximo año con nuevas aves, y así enlazar este núcleo con otro del Pirineo y los principales de la España meridional. Administraciones públicas, empresas y fundaciones aúnan esfuerzos para proteger y extender la población de tan singular especie necrófaga, e incorporar al quebrantahuesos. Nuestra fauna lo merece.

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