González, en su casa, rodeado de trofeos
González, en su casa, rodeado de trofeos - ANA PÉREZ HERRERA
Atletismo

José Luis González: «Estoy más orgulloso de inventar los mánager y los fisios que de mi carrera»

ABC habla con el mejor atleta toledano de siempre cuando se cumplen 30 años de su medalla de plata en los 1.500 metros del Mundial de Roma

YUNCLERActualizado:

A sus casi 60 años José Luis González Sánchez (Villaluenga de la Sagra, 1957) sigue saliendo a correr. Cuatro días a la semana, más otro que dedica al golf. Dice que es saludable, que prefiere correr a medicarse con pastillas; y a la vez «frustraste»: el tiempo no perdona y cada año disminuye la velocidad, aparece antes la fatiga.

González sigue viviendo en Yuncler, el pueblo de su mujer, la misma casa desde los años ochenta. Quizá, la mayoría de los jóvenes no sepa quién es: el deportista toledano más importante de la historia junto con el ciclista Federico Martín Bahamontes.

El motivo de la entrevista son los 30 años (se cumplieron hace unos días, el 6 de septiembre) de su medalla de plata en la prueba de 1.500 metros del Mundial de Roma de 1987. La primera presea de un atleta español en la pista.

«Falta de cultura deportiva»

Parte de la prensa, con la que nunca se llevó bien, dice que González (casi) siempre fallaba en las grandes competiciones. Él contrarresta: «Gané el 66 por ciento de las pruebas que corrí. Lo que pasa es que en España hay una falta de cultura deportiva tremenda. Y esto remárquemelo: la información deportiva de ahora es lamentable. Es todo fútbol, con tres excepciones: Nadal, Gasol y Alonso, y en verano hacen caso al Tour porque están aburridos. El atletismo no existe. Solo importan los Juegos Olímpicos, el Mundial o el Europeo. En 1983 gané a Sebastián Coe (doble campeón olímpico), que llevaba siete años imbatido. ¿Qué pasa, que ganar la milla de Nueva York o la San Silvestre vallecana no vale?».

Los que le conocen, le reconocerán en este reportaje. Es el mismo González de siempre. El que nunca se calla nada. El que da un titular detrás de otro. A esto, sus críticos lo llaman soberbia; los que le aprecian, en cambio, utilizarían una expresión taurina: «Ir por derecho». El protagonista dice que ya de crío era igual: «Era bastante malaje, travieso, no era buen estudiante porque no ponía voluntad».

El primer nombre que menciona es el de Fernando Aparicio, un profesor del colegio de Villaluenga, ya fallecido. Aparicio fue su descubridor y el que le puso en contacto con Martín Velasco, su entrenador de toda la vida: desde los 15 hasta la retirada, con 35 años. González enseguida sobresalió. Campeón de España infantil y juvenil, con 17 años quedó subcampeón mundial de cross en categoría junior.

González posa con la medalla de plata conseguida en la prueba de 1.500 metros del Mundial de Roma de 1987
González posa con la medalla de plata conseguida en la prueba de 1.500 metros del Mundial de Roma de 1987- ANA PÉREZ HERRERA

En aquella época, aclara, no era como ahora: a los 15 años entró a trabajar en un taller mecánico y luego en la fábrica de cemento de Villaluenga. Primero de tornero, luego de delineante. Así estuvo, combinándolo con el atletismo y entrenando solo una vez al día, hasta los 25 años. «Nosotros no éramos profesionales. Mi primera beca, con 16 años, fueron 4.500 pesetas (27 euros)», recuerda. Mucho han cambiado los tiempos, pero no todo ha sido para bien: «Entonces había algo que ahora se ha perdido: una cultura del esfuerzo, del sacrificio, del dolor».

Su primera gran competición fueron los Juegos Olímpicos de Moscú de 1980. «Me echaron en semifinales; por puestos quedé el doce, que ahora sería puesto de finalista. Era un crío [22 años] y cuando vi el estadio, nos acojonamos todos», cuenta. Un año después completó la milla (1.609 metros), en Oslo, en tres minutos, 49 segundos y 67 centésimas, la cuarta mejor marca de la historia. En 1982 ganó el primero de sus tres Europeos de 1.500 metros en pista cubierta y llegaba a los Juegos de Los Ángeles de 1984 como uno de los favoritos.

«¿Voy o no voy?»

Pero pasó algo antes: «Entonces la federación, por el tema de la beca, te obligaba a correr el campeonato de España, que a mí no me gustaba. Me di un golpe y me hice una fisura de rótula. Corrí con mucho dolor. En esa época no había fisios, ni mánager, ni nada. Quedaba un mes para los Juegos y tuve que mendigar al masajista del Real Madrid. Paré once o doce días, y había un fisio finlandés en Estepona que era fantástico. Al volver me dijo Martín Velasco que entrenara despacio y yo venga a darle. Se me hicieron unas contracturas y tuve que volver a parar. El finlandés me puso corrientes eléctricas. Yo tenía la duda: ¿Voy o no voy a los Juegos? Decidí ir. Llegué a Los Ángeles inseguro, sin competir desde junio. Con o sin lesión, lo tenía que haber hecho mejor, pero dudo mucho que hubiera estado entre los ocho primeros...», relata quien fue eliminado en primera ronda.

Un fracaso absoluto para la prensa, que le castigó con dureza sin saber de la lesión. Mas si cabe cuando en los 1.500 metros de esos Juegos José Manuel Abascal, su gran rival español, logró la medalla de bronce.

En su mejor época, González pesaba 61 kilos (mide 1’80) y tenía 15 milímetros de grasa. «No comía. A veces llegaba de entrenar a las diez de la noche y tomaba leche o un vaso de horchata, porque el cuerpo no me absorbía alimento. La gente no sabe el esfuerzo que hay que hacer, y no entiendo por qué son tan hirientes en algún fracaso que has tenido. ¿Cómo puedes pedir a un chaval de veintitantos con un nivel de estrés tremendo y a 180 pulsaciones que funcione como tú en tu casa mientras te tomas un pacharán?», dice resignado.

Con la distancia que da el tiempo, aquello le vino bien. Se puso a entrenar como un loco, ya entonces solo dedicado al atletismo. Hacía trece sesiones a la semana, solo descansaba los domingos por la tarde. Había días con palizas de 27 kilómetros. Los resultados llegaron y en 1985, además de ser subcampeón del mundo en pista cubierta en 1.500 metros, consiguió las mejores marcas de su carrera: 3’30’’92 en los 1.500 metros, 3’47’’79 en la milla y 7’42’’93 en los 3.000 metros. Antes de González, en nuestro país el récord de 1.500 estaba en 3’40 y el de la milla, en cuatro minutos. Él rebajó el primero en casi diez segundos y el segundo, en más de doce. En total, pulverizó 23 récords nacionales (estuvo once años imbatido en España) y uno mundial: el de los 1.500 metros en pista cubierta, con 3’36’’03.

Aprendió «a estar solo». Dice que hasta Ruth Beitia, ningún atleta español ha competido en más mítines internacionales que él: «Había años que cogía 80 vuelos». Le gustaba correr, sobre todo, en Inglaterra, Italia, los países nórdicos y EEUU: «Corría en el Madison Square Garden, que gané dos veces los 3.000 metros, y se llenaba con 19.000 espectadores...».

Y llegó 1987, sin duda, «mi mejor año». Ganó el primero de sus dos Europeos en pista cubierta en 3.000 metros, batió el récord nacional de 5.000 metros (13’12’’34) y, sobre todo, logró la medalla de plata en el Mundial de Roma. La intrahistoria de aquel campeonato merece contarla: «En julio me fui a entrenar a Ávila, a la escuela de Policía, y dormía en un colchón en el suelo. Luego estuve en Segovia y el último día me comí un cochinillo del que tuve ardor hasta el último día antes de la final. Yo me decía: ‘Como no consigas medalla, te matan para siempre’. Pero ya había madurado y dominaba la situación».

Pasó la primera ronda sin apuros y ganó la semifinal frente a sus dos grandes rivales: Steve Cram y Abde Bile, un somalí que en la final se coronó campeón del mundo. «En la final la carrera salió muy lenta, pero Bile hizo el último 800 en 1’46’’00, un tiempo extraordinario. El cambio de ritmo en el último 200 me dejó alucinado y llegué segundo», explica González, quien recuerda que entonces el Mundial era cada cuatro años y no cada dos, como ahora.

Eufórico, los Juegos de Seúl de 1988 suponían «mi gran oportunidad de ser campeón olímpico». Pero como en Los Ángeles, se lesionó poco antes y esta vez ni siquiera pudo viajar a Corea del Sur. Fue comentarista de este gran acontecimiento deportivo en la Cadena Ser y cuando vio que el campeón era un keniata de 21 años, Peter Rono, espetó: «Joder, qué oportunidad he tenido, pero las lesiones...». González piensa ahora que si volviera atrás «trabajaría más la flexibilidad. No estiraba lo necesario, pero tú te levantabas y tu ‘modus vivendi’ era la fábrica».

«Esto se ha acabado»

Su último gran éxito fue la medalla de plata en el Mundial de pista cubierta en los 3.000 metros en 1989. En 1992 se retiró después de los Juegos de Barcelona: allí fue el capitán de la selección y eliminado en primera ronda. Se iba un atleta «elegante, fluido y bastante inteligente, que tenía una cosa muy buena, que era un aura de pasármelo bien. Disfrutaba mucho. Corría atrás, empezaba a moverme en el 1.000 y en el toque de campana estaba cerca, pero no en cabeza, y ya hacía la progresión final», según sus propias palabras.

A pesar de su extraordinario palmarés, González dice que de lo que «más orgulloso» está es de «inventar los mánager, los fisios». En definitiva, de profesionalizar el atletismo. «El tema del dinero lo inventamos yo y mi generación. Los periodistas de TVE José Ángel de la Casa y Gregorio Parra nos ayudaron mucho. A Mariano Haro (el mejor atleta español de los sesenta y setenta) le pagaban con una nevera o una moto. Cuando llegué yo, dije: ‘Esto se ha acabado’».