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Siete derrotas más humillantes para Cataluña que 1714 Salvador Sostres

Pegatinas de la «República Catalana» y un mapa que incluye Baleares y la Comunidad Valenciana
Pegatinas de la «República Catalana» y un mapa que incluye Baleares y la Comunidad Valenciana - INÉS BAUCELLS

La derrota que Cataluña conmemora el 11 de septiembre, en una versión como mínimo discutible de la Historia, ha sido superada en humillación y en despropósito por la incompetencia del actual catalanismo político. Siete derrotas, siete, han causado mucho más perjuicio y descrédito a la causa del independentismo que la supuesta caída de 1714. Han sido estas derrotas las que han llevado al independentismo al colapso, mucho más que un Estado que ha mantenido en esta confrontación un perfil muy bajo.

A veces acertadamente, para no caldear los ánimos y dejar que el independentismo se disolviera en sus propias contradicciones; y a veces consiguiendo la exasperación de los que han tenido que defender una idea de España en Cataluña sin ningún apoyo ni ninguna complicidad, como si fueran unos apestados. En cualquier caso, el independentismo ha perdido el partido contra sí mismo sin haber ni llegado a enfrentarse a España, y ello quedó plasmado en la Diada de ayer, mucho más folclórica que reivindicativa, y manifiestamente descafeinada respecto de la de los años anteriores.

Los líderes

La primera gran derrota del catalanismo ha sido la mediocridad de su articulación política, y su estrategia de tiempo muerto de entrenador de baloncesto de tercera regional. Una clase política que nunca ha entendido lo que es un Estado y que ha sido incapaz de tejer ni la más mínima alianza en la Unión Europea. El catalanismo político no se ha basado ni en el conocimiento ni en la verdad. Se ha deleitado en los sueños y se ha olvidado de vivir. Una letal mezcla de incompetencia y arrogancia le ha llevado a la parodia de la heroicidad sin otro resultado que el de dar vueltas en círculo y en descargar en el «pueblo» y en sus callejeras demostraciones lo que en cualquier país vertebrado asumen los políticos con valor, altura moral e inteligencia, conduciendo siempre a las masas y sin esconderse nunca tras ellas.

El pueblo

El pueblo catalán actual, tan simplón y naíf, tan conformista con la más burda propaganda, y que ha exigido tan poco a la clase política que al final se ha quedado con los peores representantes, ha sido la otra gran humillación que ha sufrido la causa del catalanismo. Esa atrofiante autocomplacencia de la clase media mental que destruye cualquier proyecto de país libre, mezclada con las más infantiles actitudes y unos sueños de muy poca calidad, han convertido a la facción independentista del pueblo catalán en carne de todos los engaños, de caída en caída hasta la gran decepción final.

Un hombre cuelga una estelada desde su balcón
Un hombre cuelga una estelada desde su balcón- AFP

Los intelectuales

La inspiración intelectual del independentismo ha sido tal vez la derrota más severa, la más escandalosa. Su argumentario de fiesta mayor, su pésimo gusto empalagoso, de cava semi, y sus articulistas y profesores universitarios de república bananera, han legitimado a unos políticos horrendos y las alas que han dado a las masas sedientas de referentes han sido de vuelo gallináceo. Hasta el punto que no hay nada que ridiculice de un modo más atroz a Pilar Rahola que la propia Pilar Rahola, con su infinita vulgaridad reflejada en sus artículos y relatada en directo a través de las redes sociales.

La inspiración intelectual del independentismo ha sido tal vez la derrota más severa, la más escandalosa

La mentira

La mentira ha sido otra de las grandes humillaciones del independentismo, como si los defensores de la causa creyeran que la verdad es contraproducente para convencer a más gente. La mentira del «España nos roba», la mentira de que por pragmatismo la Unión Europea aceptaría sin solución de continuidad a una Cataluña independiente, la mentira del desprestigio de España en Europa, cuando es uno de los socios más respetados y queridos. La mentira de la revolución socialista que pretende el independentismo, que ha virado dramáticamente a la izquierda de la izquierda, añadiendo demagogia a la demagogia y perdiendo cualquier credibilidad posible.

La provincia

La provincia ha pesado en el independentismo mucho más que la esperanza basada en el conocimiento del mundo. La provincia de creer que los países serios se tragarían que un referendo al margen de la Ley es democracia, la provincia de decir que estás en guerra y buscar siempre excusas cuando llega la hora de la confrontación. La provincia de ignorar la terrible zarpa del Estado cuando te cae encima. Y la provincia, tan extrema, de creer que «el mundo nos mira» y que se va a alguna parte agitando banderas los días festivos.

Los días históricos

Que los fastos de ayer pincharan era esperable después de tantas Diadas que tenían que ser la última antes de la independencia. Tantos días históricos se convierten al final en una rutina sin historia. El independentismo se ha pasado los últimos años bailando una gran sardana, siempre en círculo. Mas pudo hacer un referendo y no lo hizo, el Parlament tiene mayoría absoluta para proclamar la independencia y no la proclama. Siempre de farol, siempre amagando. Días históricos para evitar la Historia, incendiar la casa de Pedro para que nadie se fije en lo que pasa en la casa de Juan.

Artur Mas

Ha sido el mejor aliado que ha tenido el Estado en todo el proceso. Aunque algunos lo vean como el artífice del movimiento, él se lo ha cargado. Su capacidad para la destrucción ha sido y es antológica. Ha acabado con CiU y con Convergència, y ha refundado el partido con un nombre que le han invalidado los escindidos de Unió que él patrocinó, y la Ley de Partidos que él votó en 2002, junto al PP de Aznar cuando tenía mayoría absoluta.

El expresidente de la Generalitat Artur Mas, en la Diada
El expresidente de la Generalitat Artur Mas, en la Diada- INÉS BAUCELLS

Además, de su mano, lo que queda de su partido ha perdido su antes indiscutida hegemonía electoral, la vocación mayoritaria, la centralidad política, y tiene a unos nuevos dirigentes de campamento de verano. Mas se dejó matar por la CUP a cambio de nada, y los anticapitalistas no votaron ni los presupuestos y hoy Cataluña tiene a un presidente de Gerona. Su estrategia política destruyó a Convergència y alejó a Junts pel Sí (la coalición electoral de Convergència y ERC) de la mayoría absoluta.

Ahora, desde la sombra, intenta dinamitar los acuerdos a los que Puigdemont quiere llegar con la CUP, para pasar la cuestión de confianza del 28 de septiembre y aprobar a continuación los presupuestos. Mientras Artur Mas esté en activo, el Estado no tendrá que molestarse en pensar ninguna estrategia más allá de cederle al «expresident» todo el protagonismo. No ha habido empresa, ni partido, ni proyecto político que haya sobrevivido a su funesta influencia. Este hombre tiene un don para beneficiar a sus enemigos, constituyendo uno de los ejemplos más extremos de cómo Dios escribe recto en renglones torcidos. El proceso independentista empezó con él y morirá con él, no sin que antes se lleve minuciosamente por delante todo lo que a su alrededor creció, y que con él va a hundirse.

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